No se alarmen, esto es solo una pausa. Nada de lo publicado ha sido borrado, solo está oculto hasta que nuevos tiempos motiven la continuación de las historias. Hay momentos para el relato vivido, otros para vivir lo que será relatado, volveré. Abrazos y besos.
Agradezco los últimos reconocimientos del 2011: a mi nueva amiga MEN por "Sunshine_Award, del mes de junio y por "Posteo veraniego" del mes de julio. Y a Rayén -amiga de dulce nombre- por su "Colores", del mes de julio.
Ocurrió a principio de los 80s cuando tenía un kiosco de golosinas y artículos varios; comercio con dos accesos de atención, uno con la tradicional bandeja hacia el exterior por la que la gente habitualmente pedía lo de atención rápida -golosinas, cigarrillos- y la otra, una puerta por la que se accedía al interior a mirar regalos y posters. En esos tiempos era común que la gente regalara muñequitos con frases amorosas, pequeños posters con poesías, obsequios que se obtenían con pocas monedas por lo cual tenía mucha gente de paso y lo atendía hasta altas horas de la noche. Yo rondaba los veinticinco años.
Un día una señora vecina, simpática y locuaz, entró al comercio y sin vueltas me dijo:
-Joven, conozco una chica que gusta de usted.
-Digame de quien se trata -respondí entusiasmado-, ¿es cliente mía?
-Pasó pocas veces por aquí, me contó que la otra noche no podía sacar una moneda del bolsillo trasero de su pantalón y que los dos se rieron por eso, tal vez ese detalle le haga recordar.
Se expresaba con gentil complicidad, me estaba ofreciendo una golosina, lo sabía y lo disfrutaba. Le dí mi teléfono y le pedí que la convenza de que me llame, cosa que hizo a los pocos días.
-Soy Mimí... -me dijo en un temblor de voz cálida, avergonzada.
Al día siguiente vino, lloviznaba, bajó de un taxi tapándose la cara con el paraguas, cruzó la vereda y al llegar a mi lado reveló en estallido un sol desde su rostro. Tenía un perfume fuerte sobre la piel y un cascabel de sonrisa entre los labios; pelo húmedo casi rubio, ropa ajustada como envoltorio de golosina, esplendor de treintañera. Era simple y extraña al mismo tiempo, sensual pero tímida, como si hubiera guardado durante muchos años en un cajón a la mujer que ahora ofrecía. Fuimos a un café, la charla era grata, diría que mutuamente afectiva y con dulzura, su sonrisa y mirar eran cálidos, tiernos, y creo que respondía yo de igual manera. Sin embargo presentía en ella una mezcla de deseo y fuga; notaba por su mirada que le atraía, pero al mismo tiempo un contenido impulso por alejarse.
Pasó algo de tiempo, no tenía la suficiente motivación para llamarla. Pero ella lo hizo.
-¿Qué pasa? -me dijo siempre agradable y temblorosa-, ¿no tenés interés de volver a verme?
Le confesé que no comprendía muy bien que esperaba de mí. Me dijo que no me preocupe, que yo le gustaba y que pasaría por el comercio.
A los pocos días volvió, era noche de estío y el viento disimulaba una tenue agresividad de pronta tormenta. Por entonces estaba de moda una canción del tano Fred Bongusto y al ver a Mimí cruzar la puerta de entrada la miré de arriba abajo susurrándole: Que bella idea, como el título de la canción que tenía en un viejo cassette ya perdido.
No tardé en abordarla, estaba a punto, si prolongaba más lo inminente se me derritiría como chocolate de enero. Desnudarla fue sacarle el papel a un caramelo, torpemente masculino intuía que algo de nuevo había allí para ella.
Todo venía bien, lo sensual crecía junto a la tormenta que afuera arrollaba en lluvia al asfalto. Comencé a deslizarme dentro suyo con la mayor sutileza posible, sentía que debía ser prudente, pero, a medio camino, ella me expulsó con un grito de no. Minutos después estábamos sentados sobre la manta que hacía de cama en un rincón oculto.
-Disculpame, no sé porque nunca puedo, creí que esta vez sería distinto, con vos estaba decidida, me gustás mucho -me dijo derramando algunas lágrimas.
No sentí la ternura necesaria como para comprenderla y ser paciente, no estaba en buen momento para eso, yo venía de una relación complicada. La invité a vestirse, salimos desde lo oscuro hacia la ciudad inundada y con un taxi la dejé en la puerta de su casa.
Volvió una tarde por tercera y última vez, no llovía. La noté más sensual que nunca, casi salvaje, dispuesta a reconquistarme. Pero era muy tarde, la manera en que me había empujado esa noche me dejó una marca incómoda, además había retomado mi antigua relación amorosa. Se dió una conversación melancólica, con forzadas sonrisas y un declinar permanente y suave en su ánimo, con dolencias por venir y una brisa que se alejaba para siempre luego de posarse clandestinamente en la piel.
Le dije con crudeza que ya no tenía interés, que estaba en pareja. En corto tiempo había desarrollado cariño hacia ella, un amor mínimo con sabor a golosina, me costó hablarle así. La miré como algo insondable, con una pizca de nostalgia por lo no vivido y mucho del arrebato que ya no sería.
Sonrió lánguidamente y ya no volvimos a vernos.
El viejo cassette quedó perdido al doblar alguna esquina de la vida, pero la canción se consigue fácilmente en internet. Fred Bongusto y el tema "Que bella idea":
Para Silvia aquello de naturaleza incontaminada del espíritu femenino apenas llegaba a ser un dogma o una postura filosófica, no tenía más valor que el de una frase cualquiera. Indiferente a todo tipo de teorías de vida, ella era directa y clara, dueña de una personalidad sin planteos, al menos en los primeros días que nos conocimos. Por entonces yo tenía veintinueve años y ella diecisiete. A Silvia la sonrisa le corría por la cara como el sol sobre la arena. No sabía de días ni relojes, ella habitaba otros espacios y transitaba la vida por una sola vereda: la del entusiasmo.Su espontaneidad abrumaba; sin esa virtud algunas mujeres carecen de ojos internos para ver la pintura de su alma, Silvia era una artista innata. No se planteaba la razón por la cual estaba en su lugar, simplemente estaba; al escucharla y al verla gesticular quedaba claro su naturaleza espiritual no contaminada. Paralelamente era idealista, buscaba afirmar su personalidad; tenía planes y proyectos, basados en ellos no se detenía a gozar porque sí. Pero sabía arder y no se quedaba quieta ante el fuego. Cuando la mujer pierde contacto con su alma libre, cuando su instinto está atrapado, vive en un estado cercano a la ruina y mantiene abolido lo visible de su imagen femenina. Pero Silvia no sabía de brumas, su pensamiento estaba tan despejado como su risa. Así era por aquellos primeros días, luego algo en ella cambió.
En lo referente a su aspecto tenía un solo defecto: no le daba importancia a lo elegante. Solo una vez en tres años la vi con vestido y tacos, fue durante el primer encuentro... Un salón, un piano a la espera del concierto, gente que se acomoda, piso alfombrado. Yo, en primera fila ya sentado; ella, pasando por delante mío -pocas cosas me resultan más bellas que ese momento en que la mujer se siente mirada-. Si, la miré, cosa que olvidé durante los meses siguientes-.
-Vos no lo recordás -me dice mimosamente desde sus ojos y mi hombro-. ¡Pero como me miraste aquella noche del concierto cuando entré y pasé por delante tuyo...!
En 1983 corría por las calles de Buenos Aires esa felicidad propia del retorno a la democracia. Bullía el fervor creativo, la agitación de las musas incitaba el aire y caminábamos contagiados. Con Silviacompartíamos un taller abierto de literatura. Y, como ocurre naturalmente, teníamos en común un grupo de amigos de variada edad con los que nos reuníamos durante la semana a disfrutar de la libertad, era muy común encontrarnos en algunos de los bares de la ciudad para luego ir al cine, vuelta al bar a debatir sobre lo que habíamos visto, continuar en la casa de alguno de ellos con charlas sobre arte para luego vagabundear por la costanera mirando el amanecer sobre el Río de la Plata. Muchas veces la jornada terminaba con un nutritivo desayuno en un tercer o cuarto bar. Éramos todos muy amigos, pero entre Silvia y yo había una empatía que iba más allá de eso. Debo confesar que no la veía con ojos de hombre, para mi era un indispensable eslabón en esa cadena de amistad. Lo que ocurría entre nosotros -más allá de lo grupal- surgía de parte de ella, me miraba con apego, festejaba cualquier broma mía. Durante las horas de taller era habitual que se diera vuelta en su asiento para regalarme su sonrisa infinita.
-¿Vamos a la avenida a sentarnos en el pasto y charlar? -me propone por teléfono. Y allí estamos, en una tarde preciosa, recostados de cara al sol, uno al lado del otro. -Te propuse este encuentro -me dice apoyándose en un codo e inclinada hacia mi en insinuante postura- porque ya no puedo más, vos no tenés idea de lo que siento cuando te veo... no duermo, mis amigas me dicen que así no puedo seguir. Ando reloca y necesitouna respuesta tuya, me muero de vergüenza, pero es lo que me pasa. -Te quiero mucho Silvie -así la llamaba- pero yo no siento lo mismo...
Ocurrió por aquellos días -socialmente hablando- algo que requiere un análisis impropio para este espacio. Me limitaré a decir que la dictadura militar estableció una atípica pausa cultural, la gente guardó su creatividad para continuar luego con lo que se venía desarrollando. Doy un ejemplo: hacia el año 1976 se interrumpió el empuje creativo que habían concebido un grupo de músicos pertenecientes al género conocido como rock nacional, pero continuó en el año 1983. Mencionaré aquí una canción que circulaba entre los jóvenes y que 7 años más tarde -luego de sufrir la censura- volvió en todo su esplendor como si el tiempo no hubiera pasado. Esa canción se llama "Catalina Bahía". Aquel vacío de facto hizo, luego del retorno democrático, que gente de más de treinta años compartiera vivencias con quienes aún no tenían veinte. Durante las reuniones era una de las más cantadas, guitarra nunca falta. Y a Silvia le dibujó profunda huella en su mente, su argumento se transformó en algo que quería vivir. Y lo quería vivir conmigo.
Pasó más de un año para que ocurra algo con ella, no era indecisión, simplemente no me veía como pareja suya, aunque la adoraba como persona. Me resistí hasta donde pude, pero me venció en lucha franca, incondicional, una verdadera batalla por amor fue la suya. Ocurrió rápido e imprevistamente, aún para mí. Estábamos en el octavo piso de mi departamento luego de una noche de reunión grupal. Habían llegado de a uno los amigos, charlamos, bebimos y al finalizar la noche de a uno se fueron... menos ella. Sentados en un sillón le tomé la cara y la besé; jamás sentí un cuerpo tan paralizado entre mis brazos. No reaccionó al principio, estaba incrédula, muda. Recién al quitarle su última prenda pudo decir algo, monótono, bello, altamente estimulante para mi ego: -¡No sabés lo que siento por vos, no tenés idea! Tal vez yo no supiera el grado exacto de su sentimiento, pero aún así lo disfruté intensamente. Este era el verdadero motivo por el que me relacioné afectivamente con ella: lo que sentía por mí. Su ardor, su manera de besarme, el brillo urgente de su mirar eran mi placer.
- ¡Decime que soy tu Catalina, decímelo! -gritabaenlazando gemidos con ansias, forzando sus manos pararomper la sábana, como en la canción.
Si a alguien recuerdo, de entre mis amores, que me haya hecho sentir único, esa persona fue Silvia, Silvie, Silvia Bahía. No era para mí una cuestión de deseos -aunque la amaba en un plano espiritual- si no de rendición ante al amor que ella me profesaba. Fue por ese anhelo que clareaban sus ojos al mirarme, esa entrega total al tiempo que repetía con terquedadno sabés lo que siento por vos. Su amor fue incondicional, me aceptaba tal cual era, sin pretensiones, sin pedidos, creo que llegó a disfrutar hasta de mis defectos, que no son pocos. Todas las actitudes que hasta mí llegaban eran gestadas desde su cristalina inocencia. Me había convertido en su objetivo de vida, a través mío quería aprenderlo todo, lo cual vi con claridad el día que me confesó no haber experimentado nunca un orgasmo, me pedía le explique que se siente. Le contestaba que disfrute sin pensar, que la sensación llegaría con naturalidad.
Llegó el verano, y con él un proyecto de viaje juntos. Tomar un tren hacia el sur, salir a la aventura por las rutas cordilleranas, pedirle al viento nos lleve hacia donde fuera. Aire nuevo de otra latitud, libertad en las manos, cielo abierto... y una noche a orillas de un lago. Luego de sumergirnos en él, volver juntos a la superficie simbolizó ser paridos por el planeta, comenzar la vida jugando a besos húmedos con piel de agua nueva. Lenguas cálidas en labios frescos, fervor en los poros secándose al sol. El lado aventurero fue alternado con la comodidad del hotel, sábanas limpias, lugar propicio para ofrecerle aquello que nunca había sentido. Silvia gozaba mucho en el encuentro de nuestros cuerpos, pero le faltaba la explosión final. No lo niego: conseguir que ella aprenda conmigo a alcanzar su cumbre fue uno de los estímulos más intensos que tuve en mi maduración de hombre.
La noche flotaba silenciosa entre las cuatro paredes; el calor era elevado y le daba grosor a la penumbra. El clima emotivo que surgía del roce de una piel con la otra crecía sin pausa.
-No lo pienses, no lo busques -le susurraba al tiempo que me movía sobre ella-, date permiso para que el gozo conmueva tu esencia, no te esfuerces. Cerrá los ojos, sentime. Imagináte dentro de vos misma, en tu vientre; observá como llego hasta vos, como salgo de tu ser para volver a entrar. ¿Me ves? -¡Si mi amor, te veo desde dentro mío!.
Durante largos minutos percibí en ella algo distinto, la vida dibujó en su boca una sonrisa nueva, no era un gesto espontáneo, era algo construido desde los orígenes de la humanidad, una mueca elaborada por ángeles y demonios para volvernos locos y perpetuar la especie. Estaba viendo en su rostro la transformación de su sonrisa en algo salvaje, inefable, en un gesto desesperado ante lo imprevisto. Su boca comprimida y sus ojos apretados mutaron en capullos abriéndose atónitos ante el descubrimiento de una nueva luz... y su grito fue primitivo, dragón en alma de alondra. Agitación, asombro, regocijo, primer clamor de mujer.
Con Silvia recorrí tres provincias argentinas. Lagos, cerros y playas dieron contorno a una relación nacida para durar una sola cifra de calendario. Me resistí durante largos meses a iniciarlo, pero fui vencido por amor, por un amor incondicional, tal vez el más puro que me ofrecieron. Me entregué porque ella lo merecía y cuando menos lo esperaba. Y le di fin al advertir que ya no era la misma, al comprobar que ese brillo en su risa y su mirada se habían fugado, había dejado de habitar su alma aquello que mató la experiencia. Fuimos muy compañeros, nos divertimos mucho. Teníamos un sinfín de actividades en común, fui feliz con ella y sé que ella lo fue conmigo. Supimos llenar el tiempo que pasabamos juntos, no hubo vacíos. Realmente disfrutaba de su compañía, pero la diferencia estaba en lo que cada uno significaba para el otro, aún dentro del gran cariño mutuo. Los finales tienen siempre un toque de surrealismo. Esa mujer en la que se había convertido podía llegar a ser un eslabón más en la cadena de vida de nuestra pareja, en otras circunstancias no hubiera desechado un proyecto conjunto. Pero la necesaria coincidencia del amor no existía entre nosotros ya que nunca estuve enamorado de ella... Su risa original seguirá habitando mi corazón como el sol en la savia, como la sed en el agua.
He parido mil brumas. Me habitan peces, me beben aves. Innumerables mujeres se bañan en mí soñándose sirenas y los niños construyen, al mirarme, fantasías de madera en aventuras sin final. Anoche hice el amor con la luna y este amanecer di a luz dos cuerpos. El de ella, jovial y entusiasta, con risa que copié del sol en días sin nubes. Piel amanecida de silencios blancos; voz que va de asalto por las ventanas del mundo a robar oboes y violines; manos furtivas como eco de fantasmas forasteros. A ese cuerpo le otorgué la virtud del cardumen: ágil y vivaz en ronda de fiesta y de anhelo, con futuro en los ojos y ternura escrita entre los pechos. El de él, cuerpo a media jornada entre lo anhelado y lo aprendido, en cada ojo suyo cabe un camino. Piel que sabe a nostalgia y a periplos; pecho de roble en tormenta ajena; brazos de molino. A su andar le di la fuerza del agua: tenaz al mirar diques por romper; con metáforas en el aliento y un caballo alado bordado en la sien. Esta noche se amarán sobre mi orilla, ella bahía, él península. Y arriando gemidos rumbo al viento, dejarán atrás las cosas del morir para temblar con los sueños puestos.
"... sabía el argumento de la sábana rota por amor...":
Estoy en la cumbre de mi madurez como hombre. Y debo confesar que llegué hasta este punto de mi vida no solo gracias al aire y la comida: cada mujer que me amó prolongó mi existencia -también he amado, claro, que nadie se equivoque-. Esto no busca ser literatura, no encontrarán aquí tramas complejas ni finales inesperados; el toque poético ha sido agregado para no aburrir. Son historias simples de simples seres humanos. Es que no se me ocurre otra manera -más que con el recuerdo- de agradecerles a ellas todo lo que me dieron. Las historias son reales hasta en sus mínimos detalles con excepción de los nombres y los lugares. Por motivos obvios ambos datos se ocultan. Si por esas vueltas de la vida alguna de estas mujeres pasa por mi rincón virtual y se reconoce en su historia, le dejo mi más profundo beso agradecido.