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Resumen del alma

El presente es sólo un resumen de lo publicado aquí agrupado por temas.
En la etiqueta Las mujeres que me amaron me he ocupado de relatar con la mayor precisión posible las historias más valiosas desde mis afectos. Son 9 relatos:


La etiqueta Signos está relacionada con los 7 elementos que contienen las portadas aunque no todos aparezcan permanentemente. Ellos son: Figura de mujer, Luna, Lobo, Flor, Barco, Reloj y Caballo alado. He publicado en esa sección estas prosas:

Ultramar (de signo Barco)
Lobo soy (de los signos Lobo y Luna)
Esa otra flor (del signo Flor)
Ser alado (del signo Caballo alado)
Dueña de la luz y Sonrisa de mujer (del signo Figura de mujer)
Quedás avisada (del signo Lobo)


Algunas de mis entradas son el resultado de lo que veo con los ojos, con el alma, o con cualquier sentido que me permita ver. Es todo aquello que se me hace pensamiento, se convierte en caballo alado y se larga a volar hacia la nada, o el infinito. 
Son 5 publicaciones y las tengo reunidas bajo la etiqueta Suburbios:

Suburbios de mi piel
Utopía y Utópico
¿Qué es amar?

Finalmente, en la etiqueta Amores mínimos he desarrollado un par de historias pequeñas, pero tan valiosas desde lo vital como las otras:


Quien sabe si algún día las musas me obligarán a escribir algo nuevo, por ahora este es mi límite.
Quien quiera dejar algún comentario deberá hacerlo en alguna de las entradas. Saludos agradecidos.

María, selva y mar

 
María selva

Para mi gusto, María era perfecta.
No poseía ese tipo que según el parámetro establecido determina lo que debe ser o no bello en una mujer. No. Su belleza consistía en algo que estaba más allá de lo físico. Sus formas eran normales, gratas; sin exageraciones carnales ni carencias de curvas su perfección consistía en el encuentro justo entre el cuerpo y su actitud. Era bonita, si, de típico aspecto sudamericano, piel trigueña, rostro de sonrisa sensual, abundante y renegrido pelo y una contextura muscular generosa y femenina, de esas que revitalizan la piel de quienes la rozan. Y yo tuve la suerte de ser rozado por ella.
Desde esa perfección de la que hablo María sabía dar a luz aquello que no es caricia ni sensualidad, sino más bien ambas cosas en una para lo cual no existe palabra que la defina. Lo perfecto era su manera de sonreír al rodearme el cuello con sus brazos y danzar su mirada abismal al tiempo del contacto con su piel de calidez irrevocable. No era seductora ni bondadosa, era las dos cosas al mismo tiempo, un desafío para cualquier poeta que buscara la palabra justa que defina ambas en una.
Su personalidad era indivisible, las mismas manos que amasaban el amor sabían deleitar el paladar con sus artes culinarias. En cambio su cuerpo podía ser imaginativamente dividido: por encima de su cintura selva y por debajo mar. 

Creo dominar mis vigilias y también mis sueños. Pero hay un estado intermedio que no domino, es aquél que se desliza entre ambos. Es allí donde se mezclan mi pensamiento real con mi quimera y no alcanzo a determinar cuál es cual. Eso sí, mis impulsos son allí el verdadero protagonista.
Es en la selva de mi mente donde viven los recuerdos ocultos o visibles y rugen en el momento menos esperado, desde la pasión, desde el deseo incontenible. En ese estado de ensueño me perdura la frondosidad de su imagen.
Ella es la humedad que invade mis estados. Porque el sol madura allí en su piel, y su boca despeja bostezos a las aves. Bajo la placidez de su pelo arbolado duerme el jaguar y la bromelia; y un río fluye entre sus pechos mientras el aroma milenario de los pétalos emana de sus pezones rosados.
Desde la selva profunda de sus virtudes, vuelvo a despertar.


María


El recuerdo que conservo de María es el de calidez convertida en movimiento, una figura desplazándose por el cristal de los relojes.
Su forma de caminar atravesaba las horas de su cuarto, con un deslizamiento gracioso sobre el cuadriculado del piso; se movía como el tiempo que viví allí entre sus cosas: con gracia, distendidamente. Las horas eran ella.
La conocí en una reunión, no importa cual. Solo diré que busqué acercarme a ella permanentemente, pero no se dio -tres años más tarde me comentaría que ella buscó lo mismo, poca gente puede ser mucho estorbo-. Al final de la noche nos fuimos caminando en grupo, entre ellos, ella. Y poco a poco nos buscamos hasta encontrarnos para caminar juntos. Pero fue solo una charla, suficiente para que vea de cerca sus ojos, y ella los míos. Algo me decía que permitiera intervenir al destino y me despedí sin epílogo.
Tres años más tarde ya estaba casado, y con un hijo. Volviendo a casa me cruzo al caminar por la vereda con unos ojos negros, metros más adelante me vino a la mente el resto de su figura, pero no retrocedí. Sin embargo no se me iba de la mente, su delicadeza trigueña me rebotaba en todos los rincones del cuerpo, pero nada debía hacer, mis tiempos habían cambiado y ni siquiera sabía dónde y cómo ubicarla.
Pasaron algunos meses y otro cruce en la vereda provocó el encuentro, esta vez ella se detuvo y yo también. Me contó que visitaba a sus padres, justo unos metros más allá de donde vivía yo. Le conté que estaba casado, le señalé para su curiosidad cual era la entrada de mi casa y nos despedimos con una frase casi al unísono:
-¡Qué coincidencia… ¿no?!
Una mañana de la semana siguiente golpean a mi puerta… era ella (tiempo después me contaría que no había creído lo de mi casamiento, que era una artimaña mía para que viniera a visitarme, cosa que me dejó con todos los enigmas puestos ¿así funciona la intuición de una mujer?). Llegó mi esposa y no sabía dónde meterme, sus miradas se cruzaron durante unos minutos con sutileza tan elevada que me sentía en la más honda de las ignorancias, mientras ellas allí arriba se debatían en duelo de diosas. Luego de mates y trivialidades se fue con un “volvé cuando quieras” por parte de mi esposa que perfeccionó mis desconciertos.
Pasó otro tiempo corto y la casualidad causal me tropezó con alguien en la calle, un muchacho que había estado en la reunión donde la conocí. Se dio una extensa charla, que yo estiraba para poder llegar al punto: preguntarle por María. Me dijo que conseguiría su teléfono para dármelo. Y así fue.
El primer encuentro con María en terreno neutral y a solas fue en un bar, lugar que me dio uno de los momentos más románticos que haya tenido. Fui sincero, le dije que estaba bien con mi esposa, pero que no podía evitar mis impulsos hacia ella. Así me recibí de infiel, inevitablemente.
De ahí en más nuestras citas se daban en esquinas céntricas, bares ocultos o bancos de plazas para -luego de dulces charlas afectivas y pícaras miradas- derivar en el amor de alguna cama de hotel. Durante dos años.
Tuvimos un período de encuentros en un departamento que ella había alquilado, esa fue la época más tierna. Largas horas de amor de la mañana a la noche dejaron en mi piel sabrosa mezcla de selva y mar, única en ella. La miraba en su ir y venir, la tomaba de un brazo y la traía hacia mí para decirle reiteradamente que amaba su belleza clásica sudamericana, que me recordaba a esas mujeres de película en las que se deja bien en claro el tipo mestizo de estos lugares (cuando se lo decía me retumbaba en la cabeza una canción de Chico Buarque).
Asumía ella mi matrimonio y solía hablar de mi situación con la más absoluta naturalidad.
-Debés estar pasando por un gran momento en tu vida… tu primer hijo es varón, te sentís bien con tu mujer… y me tenés a mí-, me dijo una tarde de café, taladrándome el cerebro con su urgente mirar.
Dos o tres encuentros semanales de gran intensidad con una mujer (como ella) son suficientes para que un hombre (como yo) aún reviva su calidez sobre la piel. Una tarde nos desencontramos, no intenté descubrir jamás si hubo un malentendido con los horarios, pero luego de esperarla lo suficiente me alejé como quien baja de la montaña tras haber disfrutado de su cumbre. 

María mar

María sabía sumergirme en el mar de sus piernas, en la profundidad de su cavidad salada hasta apoyar mi boca en sus labios marinos, salados de vida y de aletas como mantarraya. Existe una imagen real que me lleva a un simbolismo: arrojarse al mar, primero tocar el agua con las manos, luego sumergir la cabeza, finalmente el resto del cuerpo. Simbolismo poco poético, lo sé. Pero algo similar se ejecutaba en mi cuerpo, primero llegaban a su centro mis manos y ella me devolvía su oleaje estremecido, luego sumergía mi rostro en sus aguas, llenaba de sal mis labios en esos otros labios, los marinos; para finalmente penetrar en el misterio abisal de su interior.
Ese habitante de las profundidades oceánicas de majestuoso movimiento, la mantarraya, es la imagen más cercana a lo que tenía ante mis ojos cuando con mis dedos atrapaba sus labios y los abría (aún hoy, a unos 20 años de aquella relación y en medio del mundo virtual que nos acerca todo tipo de imágenes, no he vuelto a ver labios vaginales tan abundantes como los suyos). 

La marea dibuja finas líneas entretejiendo  mensajes que lentamente aprendo a descifrar. Y presiento nostalgias del futuro, rumores oídos que van y vuelven sin dar explicaciones, pero con señales precisas de este universo abierto.
Más allá de los pescadores, la luna se insinúa pálida. Mientras, detrás de mí, los médanos crecen en oscuridad y las gaviotas se apoderan del viento, cosechando neblinas.
Vine a buscar lo que siempre vuelve, pero nunca termina de pertenecerme.
Respiro una brisa abisal, de mundo sin aire, te respiro.
Respiro todo lo que tengas por ser respirado, hasta colmarme, hasta quedar desbordado de tanto vos. Y no es el ahogo lo que me anula; es la lenta certidumbre de esos labios marinos tuyos, los profundos, los que por debajo de las aguas se abren en arquetípica mantarraya de color salado.
Desde el mar palpitante de tu entrepierna, hoy vuelvo a nacer. 


María siempre. 


Pasaron cinco años de aquel desencuentro, yo me había mudado a otra ciudad.
De trámites por Buenos Aires otra vez los dioses movieron las piezas con total dominio. Necesitaba un profesional que me ayude en determinados trámites y pensé en un abogado conocido, el dueño de la casa donde se hizo aquella reunión ya legendaria. Le pregunto por los viejos amigos, por sus hijos, por María. Me da su dirección porque teléfono ella ahora no tenía (tiempos difíciles para las comunicaciones, no existían celulares ni computadoras).
Llego hasta su edificio de departamentos a la insólita hora de la medianoche y oprimo el botón del intercomunicador que indicaba el 5C.
-¿Quién es?-, atiende ella.
-¿María?
-Sí, ¿quién es?-, insiste incómoda.
-Disculpá la hora, pero… ¿te suena conocida mi voz?
Una pausa de pocos segundos y luego del corte del intercomunicador un silencio absoluto.
Me asomo a la vereda, desconcertado. Miro hacia el pasillo vacío de la entrada al edificio tras el vidrio del portón, miro hacia ambos lados sin saber qué hacer. La calle en penumbras era el único paisaje posible. Casi a punto de irme escucho detrás de mí el sonido del portón que se abre. Me doy vuelta, es ella. Presurosa y sonriente se desliza hacia mí, invariablemente delicada. El cálido abrazo del pasado nos envuelve un largo minuto.
-¿Qué haces acá y a esta hora?, vamos al bar de la esquina-, me dice intrigada y sorprendida.
Ella se había casado, en ese momento el marido por suerte estaba en viaje de negocios, que locura la mía. No había lugar para ningún nuevo acercamiento, tampoco lo buscaba yo, y de ninguna manera ella. Era solo volver a vernos a los ojos, esos que poníamos a la mínima distancia unos de otros en aquellos días en que recostábamos las cabezas sobre la almohada, frente a frente, en instantes de amor pasado.
Un café, otro café. Me mira fija y profundamente. Sonríe y me dice:
-Hay cosas que sólo vos conseguiste-, en referencia a un detalle íntimo que jamás contaré.
Ya en la calle, al despedirnos esta vez definitivamente, la tomo del cuello para acercarla a mí y luego de ver por última vez sus ojos y ella los míos, le beso la mejilla… casi en la boca.


La canción que sonaba en mi mente al estar con María
O que será, Chico Buarque con Milton Nascimento
 

Amores mínimos: Bianca

Si hay algo que disfruto
del Buenos Aires nocturno
son las luces callejeras.
Y el verde plateado
de esas luces
sobre los árboles…

Salí con Bianca porque me gustaron sus piernas.
Bueno… no. En realidad me relacioné porque fue la única luz que vi allí arriba en días de profundos abismos. Había nacido en Italia, pero vino con su familia de muy chiquita y por su manera de hablar era tan porteña como yo.
Apenas rellenita, ni alta ni baja, pelo corto y enrulado, ojos pardos y vivaces, sonrisa típica de mujer simple. Y piernas cortas -piernas que cada vez que las recuerdo me gustan más-. Tenía yo veintiséis años y ella me llevaba tres.
Seguramente este relato me define más a mí que a ella porque se me hace complicado definir la manera de ser de una mujer simple, de modales discretos. Apenas puedo decir que tenía una sonrisa cristalina y una mente sin rasgos de ironía ni malas intenciones. Se ubicaba en el rincón de la vida que le tocó con el ánimo dispuesto a lo bueno y acatando lo malo con naturalidad.

Por aquellos años las cuestiones del ánimo y del afecto no me iban bien. Tiempos de soledad, casi al límite de la limosna de amor, estaba yo tan perdido que me costaba diferenciar algún ocaso de su amanecer.
Hay un tejido muy complejo entre la mente y el corazón, eso que hace que uno se entregue a la no-felicidad con tal de llenar los vacíos, error que casi nunca cometí pero que me llevó a lo más bajo de mis desesperanzas. Y en uno de esos pozos me encontraba cuando algo se movió allí arriba y dirigí la vista.

A Bianca la conocí en una reunión de desconocidos -que bien sintonizan algunos términos contradictorios-. Por entonces era habitual, hasta se publicaban en diarios y revistas avisos invitando a solas y solos. En tiempos no virtuales, en los que no existía la telefonía móvil, los recursos no faltaban. Y allí fui con mi tristeza puesta, dejando espejismos y afanes en el ropero, nada esperaba más que matar el tiempo de otro sábado horrible de soledad.
Al entrar vi dos piernas ahí solitas. Al recorrerlas con la vista algo me invitó a seguir el camino ascendente; y así llegué hasta su sonrisa buena, cálida. Busqué el momento para sentarme a su lado y finalmente llegó.
-Habría que hacerle un monumento a la mujer con la forma exacta de tus piernas- le dije, con la mirada más firme posible.
Sonrió buenamente, una vez más.

-Me gustaste por tus ojos tristes- me dijo un atardecer derramado sobre el banco de una plaza en el que estábamos sentados, con su pierna derecha cruzada sobre la otra balanceando la sandalia floja en la puntita de los dedos. Al ver una vez más la intención de mi mirada, se sacó por completo la sandalia y estiró en el aire la pierna.
-Para que se alegren tus ojos- me dijo sin picardía.          
Llevábamos un par de meses viéndonos, pero aún sin intimidad. Bianca venía de una relación tortuosa que le había dejado un hijo aún pequeño y llevaba tres años sin relacionarse.
-Y para que se alegre mi cuerpo ¿no hay nada?- respondí haciéndome responsable de la tonta pregunta.
-Será en tu cumpleaños-.
-¡Pero falta más de un mes!- agregué con queja infantil.
-Si- dijo con la más absoluta simpleza.
Y llegado el día, cumplió.

Cuando el alma se expande y se hace piel, se gestan picardías más allá del instinto. Lo que digo es simple: lo íntimo es maravilloso y natural, no es novedad, pero hay otras hambres que atender, lo lúdico por ejemplo.
Con Bianca frecuentábamos un bar que tenía sillones, pantalla gigante para videos y la penumbra justa -no era aún el tiempo del desparpajo que se instaló en los 90’s, por eso era imperioso la discreción y en eso radicaba el placer por lo que nadie debía ver-.
Me gustaba llevarla allí para desarrollar un juego erótico muy preciso. Por esos días estaba de moda la banda The Police y su tema Cada vez que respiras. Cuando aparecía en pantalla y empezaba a sonar acostumbraba a susurrarle frases comunes:
-Permitime homenajear tus piernas poniendo un toque de placer entre ellas…
Con mi susurro acomodaba su cabeza en mi hombro mientras le aflojaba el botón del pantalón para luego deslizar mi mano por su pubis hasta llegar al otro botón, el del placer.
Los sillones estaban uno detrás del otro en fila y contra la pared. Esto otorgaba una mínima reserva y daba cierta emancipación al movimiento de mi mano.
A veces Bianca llegaba pronto; otras tardaba más, larguísimos minutos durante los que sentía en mi pierna el hendir de sus uñas y sobre el costado de mi cara una creciente respiración.
Cada vez que respiras…
Cada vez que respiras…
La placidez que seguía al gemido final en descarga contenida me dejaba un éxtasis particular y propio. Grito silencioso de penumbra bien parida.

Bianca simbolizó esa luz que me elevó desde el fondo del pozo en un momento muy oscuro. Ella lo sabía, yo me encargaba de que le quede bien en claro, mi agradecimiento era permanente. Pero lo cierto es que a pesar de lo positiva que fue su presencia entre mis cosas no me sentía pleno; no fue un gran amor, solo el necesario. Y luego de un corto tiempo perdí la atracción inicial, la miraba y me parecía ajena.
Un amigo de esos sabios que nunca faltan me dijo que Bianca seguía siendo la misma, que lo que había cambiado era mi mirada sobre ella –resultado cruel, ya que mi ánimo se había recuperado gracias a su presencia y como consecuencia de ese repunte me alejé-.
Más allá de los momentos tiernos que me dio, mi acercamiento se debió sin dudas a un acto de no-felicidad; sentía afecto por su persona y su compañía me fue indispensable, pero si no hubiera sido por la soledad que me habitaba tal vez mi mirada no se habría posado más allá de sus piernas (se hace aquí necesario un gran paréntesis: nunca sentí deseos de sexo ocasional en mis momentos de soledad, aunque suela ser lo más común en esos casos; la intimidad para mí se dio siempre en base al afecto, en esto radica la explicación del porqué elegí a Bianca en esos días).

Durante la etapa en que me relacioné con Bianca tuvimos gratos momentos íntimos.
Hay una poderosa fuente vivificadora en ciertas palabras dichas por una mujer en el momento preciso… como cuando ella sobre mí, al acariciar con energía mi pecho, me decía ¡qué hombre!...
Por otra parte, con su personalidad no manejadora solía consentirme ciertos caprichos. Una noche la invité a mi departamento del octavo piso con la intención de hacer el amor en el balcón, de pie, para ver el paisaje urbano que más amo en el momento del éxtasis. Y entre la ciudad y yo, ella con su sonrisa buena, ella con sus ojos brillosos de luz barrial, ella con sus piernas.

…A ciertas horas de la noche se despliegan por fuerza natural alas que durante el día fueron escondidas bajo las alfombras; ellas sobrevuelan los patios, los empedrados, las terrazas. También las sombras, y los afanes escondidos bajo esas sombras…
Era en mi ciudad el brillo de tu boca de tormenta, la saliva rio en las esquinas de tus temblores, tu mirada luz de gas.
Te atropellé entre gestos y rumores noctámbulos más allá de los techos de luna, al final de tus piernas como veredas paralelas tocándose en el infinito. Allí -en ese infinito que da rumbo a mis pasos de viento- poso esta apetencia de extramuros con sueños de bulevar.
Y voy hacia tu luna proyectada en las baldosas de mi pecho patio, dejando atrás faroles bajo los cuales ya nadie silba un tango; voy en ritmo acelerado por mis callejuelas empedradas... voy contra tus muros, voy gorrión, aljibe, zaguán, ventana, reja, cancel, ochava, voy trovador urbano a derramarme bajo el jardín de tu pubis geranio.
Voy y llego, principio y final.
Llego por vos, porque ahora sé que tus piernas, la ciudad y tus ojos son una misma cosa.

Cada vez que respiras, The Police

El verdadero sabor de las uvas

Victoria era el producto típico de una tierra con los mejores vinos sudamericanos. Nacida en la región cuyana se dedicaba con orgullo a la venta por internet de bebidas allí elaboradas. Tenía 35 años, diez menos que yo.
No suelo beber seguido, pero me gusta el vino fino añejado en roble. Y ella, en su treintañera pureza, resultaba como una fina bebida cuidada en toneles con sensiblería de máxima calidad, pero dejaré su descripción para más adelante.
La conocí consecuencia de una consulta, internet permuta una distancia de mil kilómetros en pocos centímetros de pantalla. Un intercambio de correos electrónicos de interesante descripción comercial en respuesta a mis preguntas me permitió degustar una dulzura anticipada. Mi interés crecía –no en los productos, más bien por ella- y tal vez ocultaba yo una pronta curiosidad por conocer el verdadero sabor de las uvas. Seguramente por eso me nació la impetuosa propuesta, cansado yo mismo de tantas preguntas para prolongar la comunicación.
-Ganaríamos tiempo si chateáramos ¿no te parece?, escribí sin mucha esperanza una tarde, mentalmente preparado a no insistir luego de su probable negativa.
No respondió de inmediato, flotaba en el éter digital un algo de ruptura protocolar inquietante. Pero luego de un par de días, al abrir mi correo me atropelló los ojos la clásica invitación: “Victoria quiere tenerte en su lista de contactos…”

Ella llegó hasta estas sábanas desde una tierra hacedora de vinos de toda la vida. Y sabe que gracias a la perfecta trilogía de sabor, color y aromas las vides de la piel desarrollan sus mejores calidades, lo sabe y me ofrece su copa, llena de taninos y frutos inesperados.
Es que esa uva cosechada en su punto justo de madurez, aporta condimentos que evolucionarán en el tiempo hacia recuerdos suaves y untuosos.

Hubo onda, complicidad, química fermentada noche tras noche de charla virtual. Victoria tenía en su expresión vestigios claros de una pureza milenaria, maneras de escribir que hacían imposible el mínimo clima de discordia, virtud que luego se trasladaría a lo cotidiano, jamás tuvimos una discusión, con ella era imposible lidiar.
Nuestros intercambios chateros eran afectivos al máximo, pero nunca me dio pie como para levantar el tono de la comunicación llevándolo a lo íntimo. A pesar de ello presentía una mujer con interior muy pasional aunque sin filosofías ni prácticas liberales; era evidentemente el tipo femenino que solo se entrega por amor.
Afuera ocurría el otoño ya avanzado. Ella era mi café, mi bebida espirituosa. Su calidez nacida en la tierra del sol se imponía dentro del pequeño altillo en el que tenía mis noches, mis libros, mi música, mi computadora.
Naturalmente hablábamos de vinos, de cosechas. Y los extensos viñedos comenzaban a tomar forma sobre mi pequeña mesa, líneas paralelas de racimos colgantes proyectándose en rara perspectiva contra la pared, sobre un terruño sin humedad y un cielo de atemporal celeste. Magia milenaria que sin aditivos químicos contiene aromas y sabores de maderas, frutos, hierbas según el suelo donde cada uva es criada. Eso me fascinaba.
Consecuencia lógica de tanto vino imaginado: le pedí su foto.

Una crianza de quince años bajo sol cuyano sumados a dos décadas de reposada madurez son los fundamentos de la rústica sensualidad característica de esta mujer que, ante mis ojos, pasea sus pechos de uva por la alfombra de la habitación.
Irradia su cuerpo un desnudo púrpura con matices rubí. Y su piel me acerca aromas de frutas negras, añejadas desde sus ancestros femeninos con un toque elegante de canela que me ha dejado un final de boca prolongado luego del amor.

Recibí como respuesta una franca artimaña femenina. Mandó foto, si, pero ella aparecía lejana, con imagen de rostro indefinido. Aún así pude apreciar un delgado cuerpo y un pelo como si de él surgieran en cascada todas las noches del mundo. Pese a todo jamás le pedí me permitiera verla por cámara, eso debía surgir de ella… pero nunca surgió. Si algún día nos encontrábamos en persona la primera sensación gestaría euforia o decepción. Valía la pena el desafío que me proponía aquella mujer de rostro anónimo.
¿Cuál era el momento justo para pedirle un encuentro? Yo no dudaba, era evidente que Victoria tenía interés en mí, pero una propuesta apresurada podía arruinar todo. Ese instinto ajustado a mi ser masculino me alertaba: un paso mal dado frecuentemente le roba a la mujer ese halo de magia que necesita.
Dejé que las noches deriven como vino tinto hacia la copa. Y sin quererlo ni tramarlo hice algo simple que despertó encantamiento. Tuve un pequeño gesto, algo que yo creía común dentro de las actitudes masculinas, que sin embargo desencadenaría -sin proponerlo- lo deseado, la posibilidad de un encuentro.
No sabía lo que obraría en su esencia de mujer soñadora cuando con gentil naturalidad le mandé la imagen de una flor.

Este cuerpo entre mis manos es de piel dura, como la de la uva que produce vinos aromáticos, sabrosos. Las emanaciones provenientes de esa piel han permitido al resultado vino madurar durante cierto tiempo, logrando excelencia al pasar por soles y lunas, para dejar ahora en mi paladar un bouquet de perfecta realización.
En ciertos vinos la mezcla de cepas resulta la solución habitual para aligerar su rudeza, esa que otorga el carácter severo durante su juventud. Y sin dejar de ser joven el aporte de una uva distinta deja una bebida suave a lo gustativo.
No sé que mezcla ha producido la naturaleza en el cuerpo de esta mujer, pero sus colores y sus perfumes de frutos con notas de vainilla y canela desequilibra la regulación de agua en mi organismo y me obliga a beberla toda.

Victoria provenía de una familia muy católica, creyente al máximo de aquello llamado “milagro”. Y acostumbraba a realizar promesas ante su dios, a quien le rezaba permanentemente pidiéndole cosas.
La imagen que le había mandado junto a un texto romántico tenía un color y formas un tanto diferente de las convencionales. Ni sabía yo que tipo de flor era, simplemente me gustó, la sentí para ella -y eso que sentí resultó estar en sintonía con algo que ella esperaba religiosamente, cosa de lo que yo no tenía la mas mínima idea-.
Con ingenua pureza me relató en un correo muy emocionado y vital su fuerte emoción al recibir mi regalo. Tuvo suerte ya que no soy hombre de aprovecharse de las esperanzas ajenas: en su simpleza de mujer alejada de las calamidades de las grandes ciudades, ella había pedido en sus ruegos una señal del hombre que la amaría con respeto, esa señal debía tener la forma y color de una flor no muy común, casual o causalmente la que yo le había enviado.

A la vista presenta tornasoles con finos rayos de luna en sus bordes; en nariz entrega aromas jóvenes y en boca una dulce acritud de larga resolución.
La mística que envuelve su presencia emana del lugar del que proviene. Ella pertenece a otro universo de mujer, diferente en todo a la habitante de las metrópolis.
Puedo apreciar intacto al inmenso Cuyo Argentino -región de contrastantes bellezas- en esta piel suya donde la creación ha dejado sus últimas huellas.

Apenas soy el dueño de una verdad chiquita, la mía. Me muevo como puedo por este mundo lleno de acontecimientos insólitos, pero si una virtud me acompañó en esa etapa de mi vida, era la que alentaba a entregarme sin mucha vuelta a toda inesperada situación que se presentara gratamente; si el viento empujaba allá iba, por algo empujaba.
Inmediatamente le comenté el interés que tenía en ella, me ofrecí a intentar una hermosa historia ya que el universo parecía acomodarse a favor nuestro. Y sin pausa le di mi parecer sobre aquella señal, le dije que quizás la direccionaba hacia algo de valor, pero no necesariamente definitivo.
Surgió desde esas charlas que se dieron sucesivamente y con mayor asiduidad, una serie de confesiones sobre su vida familiar -un ambiente hostil como el de su tierra- y sobre sus sentimientos íntimos. Como era de esperar ella pasaba por ese momento de vida en el que la necesidad de ser madre y formar una familia la empujaba con fuerza de alud.
Confieso que impulsado por el fuerte deseo de encontrarme con ella tuve la tentación de prometerle cualquier cosa, pero no lo hice, no es acorde a mi naturaleza esa clase de engaño cretino. Y me jugué diciéndole que veía muy difícil un proyecto así conmigo debido a ciertas cuestiones muy personales –se las conté pero decido ocultarlas en este relato-. Además le pedí adultez mutua para comprender que primero deberíamos conocernos y pasar unos días juntos antes de cualquier impulso apresurado. Pero que yo no prometía nada.
Mi gesto la sensibilizó aún más justo cuando yo calculaba que todo se desmoronaba. Y a partir de ese momento la charla tornó muy pasional, a tal punto que quedamos en encontrarnos y no solo eso, la esperaría yo dentro de la habitación del hotel convenido: si nos gustábamos nos quedaríamos tres días para entregarnos y conocernos. De no ser así, tomaría yo otra habitación y avanzaríamos más lentamente.
Esta segunda opción no hizo falta.

Sobre mi cuerpo ella sabe equilibrarse. Con piernas raíces a mis costados metidas en el fango de un río de aguas tornasoladas cuyos límites se pierden en la resonancia de la tarde.
Sé que esto es pasajero, ella también lo sabe. Y por eso bebemos el vino del ardor con deleite de catadores expertos. Es que aquí dentro el tiempo se rige por normas rebeldes: es posible ir hasta el fondo abisal de los mares y volver en pocos segundos; y un destello en su pelo arracimado puede durarme en la copa toda una vida.

Tirado en la cama de la habitación miraba el techo, alucinaba viendo viñedos estampados contra el cielo blanco. Habíamos planeado el itinerario cuidadosamente: nos encontraríamos en la ciudad de Buenos Aires -soy nacido porteño pero en esos días vivía en el interior- y buscaríamos los horarios de micros de manera tal que llegara antes que ella, para esperarla en la habitación como habíamos quedado.
Llegué muy temprano, de madrugada y casi no pude dormir hasta la hora en la que ella arribaría. Me duché y cambié de ropa un par de veces, torpezas de una coquetería que solemos a veces tener los hombres.
Llegada la hora, sentado en la cama me preguntaba si se habría arrepentido. De pronto suena el interno, atiendo y el conserje me dice:
-Señor, su compañera está subiendo.
La habitación tenía la puerta de entrada en un sector no recto y escondido a la vista desde la cama. Según lo establecido mutuamente ella entraría sin llamar, pero tardaba, ya debería haber entrado decía yo en voz baja. Más tarde me confesó que temblaba frente a la puerta, que había tomado el picaporte varias veces sin atreverse a abrirla. Pero finalmente lo hizo.
La vi entrar de perfil. Apareció ella con su delgadez bien formada, sus dos brazos cargados de bolsos y su pelo infinito tapándole la cara. Se agachó para dejar su carga, siempre de perfil a mí se irguió corriéndose el pelo hacia atrás, giró su cuerpo y me miró. ¡Al fin veía su rostro! Su piel clara se coronaba con una melena que ya describí pero que ahora, de cerca, comprobaba que se trataba de un auténtico racimo de uvas al sol. Sonrisa de blanco perenne, ojos negros, finos labios carmín y una curvada delgadez de libélula serrana. Un rostro en general no muy típico, de rasgos bastante personales sin ajustarse a un patrón de belleza o fealdad. Era ella misma y me gustó.
Se quedó inmovilizada por un segundo hasta que le abrí los brazos, -vení preciosa, vení urgente- y corrió esos pocos pasos hacia mí y la temperatura del encuentro fue tan alta que no deben haber pasado más de cinco minutos sin estar unidos, tal vez menos, lo que se tarda en arrancar las ropas con frenesí.

Si el vino es bueno permite sabores terciarios, es decir un primer sabor repentino, otro que viene de rebote y un tercero definitivo. Su descubrimiento es el premio a la paciencia en la degustación. Y esta mujer es así, tal cual.
Ella tiene sabores que vienen luego de los primeros tragos. Los flujos de su boca y de su sexo derivan en fina burbuja, alegría del paladar, fiesta de la vida.
Sin dudas ella procede de todas las riquezas de una gran cosecha.

El cuerpo habla, a través de sus poros, desde sus colores y temperaturas. Habla en un idioma universal, en una sola lengua comprendida desde la no palabra.
Quitarle valor a cada verso que el cuerpo recita reduciendo la belleza de su palabra, es robarle el alma. Ese lenguaje es la esencia misma del cuerpo, que nos permite distinguir la vida de la muerte, nada menos.
El lenguaje corporal de Victoria era idéntico al de su palabra oral, sin rugosidades ni aristas.
Es habitual en la mujer una participación amatoria pasiva, deja hacer permitiendo que el ritmo sea llevado por el hombre, al menos así me ha pasado generalmente salvo cuando he pedido algo en particular. El hombre besa, palpa, toca, lame, recorre todos sus rincones, esa era la ley que yo conocía y respetaba; hasta ese día no sabía yo lo que era ser recorrido por completo, lamido, tocado. Victoria llenó ese vacío con el agregado de algo similar al amor, no lo hacía con furia pasional o de hembra en celo, no, lo hacía con candidez, como atendiendo algo valioso.
-¡Cuánto te deseo!, me dijo una sola eterna vez ya de trasnoche, casi entre sueños.

Conocer su orografía, contemplar la labor de los cultivos y la siembra, dominar una tierra desértica expuesta a los rigores de la escasez de lluvia da por consecuencia precisa la mejor cosecha.
No hablo del vino, hablo de ella.
He celebrado en el reducido espacio de esta habitación los relieves de su cuerpo y de su alma. He contemplado el resultado de la siembra que sobre su espíritu hizo desde los primeros días de su vida bajo el clima hostil de una tierra sin lluvias, logrando por cosecha una personalidad luminosa y un cuerpo delicioso.

Tuvimos tres días intensos, bares, conciertos, librerías, disquerías… no todo fue sexo, obvio, además mucho diálogo. Recuerdo una cálida velada de tanguería, café de por medio, penumbra, una mesa pequeña junto a la ventana y un dúo haciendo versiones tangueras melodiosas y sensuales en saxo y guitarra. La noche fue rematada en la habitación con el disfrute de un vino que había traído desde su terruño especialmente para disfrutarlo conmigo.
Tres meses luego, con un lógico intermedio de chateo y muchos llamados telefónicos a su trabajo y a su casa, repetimos el encuentro. Naturalmente no hubo la pasión de la primera vez, pero se gestaron pequeñas maravillas íntimas y paseos renovados.
En el último momento de esa segunda vez, antes de abandonar la habitación para dirigirnos a la terminal de micros dispuestos a viajar cada uno en su retorno, nos paramos frente a la ventana que revelaba techos desgreñados y una ciudad abrumadora. No se me había pasado por la mente la sensación de que esa sería la última vez que mi brazo rodeara su cintura. Ella quería continuar con la relación, estaba en la etapa llamada enamoramiento. Sin embargo, luego de un largo silencio contemplativo me mira y me susurra:
-Algo me dice que no volveremos a vernos.
¿Si yo la quise? Claro que si, además me encargué de que lo sepa al despedirnos. Pero su intuición se hizo realidad, no volvimos a encontrarnos. No hubo nada oculto detrás del distanciamiento definitivo, se dio como se da lo natural.
Mi sed y su entrega fueron el resultado de una amalgama perfecta. Y la armonía resultante de esas dos variedades del espíritu dejó sobre mi pecho una invalorable sensación de juventud recuperada...

Una noche -navegando la web- me encontré con esta versión del tango "Como dos extraños" interpretado por Carlos Acosta y Andrés Lima, quizás eran el dúo de aquella tanguería, pero eso no importa.

La desnuda piel del otoño

Aquella noche en la que te dije que amo el otoño de esta ciudad se gestó en vos la decisión de regalarme uno, a tu manera.
Fue así como en lo más profundo de mis ojos provocaste el primer relámpago de desvelo, desde tu escote en ocres de sol, desde el follaje vacilante que allí apremiaba la primera caída, provocada por tus manos al correr un bretel y luego el otro por el borde de esos hombros tuyos, como parques.
Así cayó la primera hoja, como una reina. Cayó para que se animen las demás, en ese punto de la habitación coordenada de mis ojos, donde con suavidad mitológica se deslizó tu vestido y llegó al suelo para preparar el espacio que ocuparían las hojas siguientes. Allí se concentró en una fracción todo mi tiempo vivido al deslizarse la prenda a la velocidad justa como para elevar mi temperatura otoñal. Y esperé más hojas por caer, porque la caída de todas ellas me despojaría de las dudas sobre el amor y la vida.
Fuí un privilegiado. Desde mi quietud observé el desarrollo de tu desnudo, lento, lánguido, el que me prometiste a pesar de tu timidez, el que cumplías a pesar de tus temores. Alguien dijo que el hombre que careciera de ese regalo no debería considerarse realizado, pensé que exageraba, pero en mi piel se abrieron poros negados al ver la escena que creabas, mis ojos potenciaron su visión, mis manos volvieron a nutrir fogatas y me proyecté por el tiempo en forma inversa, repleto de vestigios de masculinidad pura.
Tus manos acopiadoras de vientos amasaban un prodigio, y en su misión de provocar temblores arremetían contra la penúltima hoja. De ser cierto que existe eso llamado amanecer, entonces fue depositado en tus manos, que es donde nacen todas las cosas. Manos que allí y entonces se arremolinaban por los arrabales de tus pechos y sombreaban deseos sobre las curvas de mi destino. No era sólo el desnudo de tu cuerpo, era también el de tus ganas.
Cuando el eco de un tango crepusculado se te convirtió en jadeo para trotarme en la rea ternura de una ofrenda, desde un distraído silencio la penúltima hoja cayó en pirueta junto a tus pies. ¿Cómo escuchar la melodía muda de tu savia si yo sé que, en tus rincones, ha quedado depositado el silencio maestro del universo previo a este universo próximo a mi, heredero de todas aquellas cosas creadas para germinar -bajo la piel de un hombre- el único impulso posible que es el deseo definitivo por las formas de una mujer? De esa mujer que ahí eras vos. De este hombre que era yo al mirarte.
No percibo en el otoño la decadencia que los poetas tejen en versos con hilos de amargura; frente al árbol casi sin hojas se intuye la magia de lo latente. Como aquello también latente que dejaste en mis rincones con sabor a mañana siendo ancestral.
Goteaban los almendros fugados del verano tu melífero empeño. Entonces sentí, con versos atorados en mi boca, el punzar de una flecha. Con hambre fatal en los brazos, clandestino y bravo en afanes, este instinto mío se desbocó en galope interno cuando el ángel renegado de tu rutina dejó caer la última prenda que descifraría, al fin, mi futuro. Anhelo deshojado para siempre, pesadumbre del pasado para nunca.
Así como te ví, te veré: porque tu imagen quedó tallada en mis ojos.

Ultramar








Esa boca tuya.
Boca tuya, esa.
Tuya, esa boca.

Veo una boca.
Es una boca, si, estampada en el medio de la noche. Aunque no sé si es la noche o su pelo, el de la dueña de la boca encima de mí y que no creo imagine todo esto que pienso; tampoco sé si eso allí arriba son estrellas o sus ojos estrellados. Eso sí: la boca es una boca, de mujer, suya, lo sé porque es la boca que siempre esperé tener así de cerca algún día, o alguna noche. Como esta noche de boca suya allí arriba.
 
Por mi piel no han pasado muchos amores, ni pocos. Pero han sido suficientes como para comprobar que hay una relación entre la boca de una mujer y su vagina; lo que estoy diciendo es que algo existe naturalmente en sintonía entre una y otra . O mejor dicho combinan entre sí, como cuando esos zapatos quedan bien con esa ropa, que, aunque no se parezcan, a unos le va bien lo otro. No tengo dudas de que un cuerpo con determinada boca admite solo una determinada vagina.
 
Su pelo cae sobre mi cara, boca tuya, esa, la que me anticipa tus otros labios, le digo sin decirlo mientras la miro, aunque no pueda escucharme.
 
Aún no conozco su vagina, la de esta mujer digo -el momento es inminente aunque no ha llegado aún- pero la imagino a partir de los contornos de esta boca suya, la que encontré allí en medio de su pelo, negro como la noche ahí arriba. Primero su boca, luego su vagina, ese es el orden de encuentros, todavía no vi su vagina, pero la intuyo, porque ya conozco su boca.
 
Pongo rumbo hacia tu boca, dije en aquella primera tarde de café compartido junto a la ventana del bar. Los dos sabíamos que su boca era un puerto intermedio en el que yo recalaría para llegar al otro lado de su piel, en el otro puerto, el más oculto, el que otorga gloria cuando se abre para uno. Ultramar su otra boca, más allá de donde habitan todos los mares.
 
Mi punto de placer sos vos, me diría luego, convirtiendo las palabras en un océano interior por el que navegaría más lo perceptible que lo aparente. Palabras. Como las que suelen salir de las bocas, boca tuya, esa, que pronunciará palabras, como las que luego me dirás.
 
Soy hombre y suelo indagar el cuerpo de la mujer en busca del mayor placer que pueda proporcionarle. No es altivez, conozco mis limitaciones, por eso suelo dejar que el instinto sea quien timonee mi barco. Pero como hombre que soy, la razón se acomoda casi siempre entre los pliegues de mis acciones, disparando desde allí planteos casi científicos que la mujer pulveriza de inmediato con pocas palabras, con salvaje pureza, con su boca. Palabras salvajes y puras, tuya esa boca, la que pronuncia pocas palabras, justas, húmedas del aliento de esa boca tuya.
 
Pongo rumbo, si. Mi mascarón de proa lleva un caballo alado, surcar estas aguas será cruzar el rubicón de la piel acompañado de sirenas buenas; será como bailar descalzo sobre un rayo lunar, o elevar en espiral las semicorcheas de una canción marinera.
Navegaré nocturnamente, con el pecho desabrochado. Y los grises vientos que desparraman furias en vano, no impedirán este ramo de ganas que llevo por velamen, ni este aliento atrevido que deja sus miedos en la sentina del alma.
Y su beso primero y el otro beso de sus otros labios tendrán un algo de fruto prohibido y otro algo de salino regalo. En las setenta líneas de mis manos llevo el pasado arrugado, lleno de gaviotas como arrebatos que aún no han volado.
Más allá de todos los mares, más cerca del infinito que de mis horas, atraparé la gloria de un prodigio que aún no ha cesado y me vestiré de vanidades a la hora de su agasajo. Ahora dos temblores marcan mi brújula mirada: el norte carmesí de su boca visible y el oculto sur de sus prometidos labios...

¿Qué es amar?


¿Qué es amar?

Es como cuando te veo y verdeo, porque estas muy petalosa hoy, como flor en la neblina. Con tus manos tremendamente molas, voloteando al viento, mojadas de placebo lindo, dubulce, aromatical.
 
Como cuando tu mirada me barre todo y me tembleco; eso es amar. En cambio, es amor cuando me manoto desde tu caracola pura, lubricosa. ¡Que mujer! Aleteo de amor, morí varias tertulias al amarte, tertuliado de vos. Amor y amar sin mar, rompedazando las aguas.
 
¡Ay tu mirada! Cuando alli están todos tus dos ojos me calcino de tiempo completo. Y me sulfuturo, porque eso es amor, y amar. Y al revolotearme gaviotamente se me parte el instinto en diez pensámetros y floto, broto, exploto.
 
En fin, siento que amar es inverso a rama, de la que penden racimos de grisuvas que al llegar a mí desde tu boca, el ego no se equivoca.
Solo un besímetro puede calcular el peso de este beso que ya viaja hasta vos.