Este sitio contiene una serie de relatos sin orden. No es de actualidad y por eso lo anterior es tan válido como lo último. En la columna de la derecha, en la sección "Para leer" están los enlaces a cada texto. Espero les gusten, gracias.

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Lo que no fue, última parte



Soy un ser complejo, lo acepto. Podría haber construido una vida más cómoda, intentando tener los placeres a mi alcance. Pero no, pertenezco al grupo de hombres que rechazan lo común porque allí no está la verdad del universo -que no sé cuál es, pero no importa-. Y luego de todo lo vivido a veces me pregunto por qué hay cosas que dejé inconclusas, al menos las que dependían de mí. Tal vez por la sensibilidad de mi piel: no creí nunca en aquello que no lastima un poco.

Graciela abrió la puerta del instituto y pisó el interior con tal elegancia que me obligó a observarla comenzando por los pies: bien vestida, bonita, lindo cuerpo. Por entonces yo atendía la mesa de entrada de un centro de estudios y mi función era informar de todo lo que se hacía en el lugar. Mientras la ponía al tanto noté que con disimulo -o como mensaje- observó un alfajor que tenía sobre el escritorio. Se lo ofrecí. “Gracias, estoy muerta de hambre, no comí nada en todo el día”. Le pedí para la planilla los datos y un teléfono, lo habitual. Al finalizar fui sincero: “ya no está funcionando bien este centro, no te conviene anotarte, corro así el riesgo de no volver a verte, pero tal vez me permitas usar el número que dejaste para invitarte a un café”. Aceptó que la llame, “pero sin compromiso de café”, picardía muy femenina. Unos días después nos encontrábamos de charla en un bar; beso de despedida en los labios. Algunos encuentros más sin que la relación avance en lo íntimo. Más encuentros, más besos, pero nada. Cierta inquietud constante había en ella, algo pasaba, jamás supe la razón. Imprevistamente se me presentó un viaje de unos cuantos días, se lo comenté en otra charla de café, le propuse intimar, "por ahora no, a tu regreso", al despedirnos en la vereda del bar me rodeó el cuello con sus manos y me dio un largo beso en la boca. Al regresar lo único que hubo entre nosotros fueron desencuentros.

Anabela era una compañera de estudios terciarios, integraba un grupo de amigas y amigos que se había formado en ese establecimiento y al cual yo pertenecía. Bella época de charlas sobre filosofía, teatro, arte. Solíamos ver películas de Bergman o de Wender para luego ir a un bar a debatir lo visto, más tarde dirigirnos a la costanera del Río de la Plata a contemplar la salida del sol y terminar la jornada desayunando juntos. Tuve amores en ese grupo, pero con ella no ocurrió, quedó trunco dejándome un enigma más de los varios que tenía sobre su persona. Nos veíamos por nuestra cuenta, para ir al teatro, a un café concert o simplemente a reunirnos en mi casa a escuchar música y charlar largas horas de arte y de vida. Teníamos unos veintiocho años. Recuerdo una frase suya que me viene a la mente y tal vez devele algo del enigma de lo que le pasó conmigo. Hablando del futuro y de cosas por hacer una noche me dijo "Voy a anotar en un papelito todo lo que me gustaría hacer así lo tengo en cuenta en la otra vida". Vale recordar aquí que en ese centro estudiábamos diversos temas, entre ellos teorías de la reencarnación. Un atardecer la llevé a un bar con luz tenue, la sorprendí con una rosa y sin dejarla reaccionar por fin la besé. Pasamos un tiempo bello en ese lugar, aunque no muy extenso. Al salir la acompañé hasta la parada del ómnibus y cuando éste se acercaba se puso a llorar. "Perdoname, no sé por qué, pero no puedo entregarme a nadie". Volvimos a vernos en las reuniones del grupo, pero a solas nunca más.

Ailén era una chica de suave color de piel cordillerana. “Mi nombre significa Lucero” me dijo al conocerla. Por entonces yo había dejado de viajar con mis padres ya hacía casi una década. De chico visitaba con ellos a los muchos parientes que teníamos repartidos en dos provincias de mi país: Corrientes y Chubut. Por ese motivo mi madre un día me dijo “hace mucho que decidiste dejar las vacaciones que hacíamos juntos, es comprensible, ya creciste; pero quiero pedirte un último viaje con nosotros”. Acepté y el lugar indicado fue Catamarca. Una vez allí, la acompañé a comprar regalitos para la hermana; una de las vendedoras era Ailén, así la vi por primera vez. Horas más tarde volví al comercio y le dije que me encantaría conocerla. "Esperame afuera a las ocho". La esperé, me dijo que podíamos vernos al otro día en su intermedio laboral, en la plaza. Puntualmente la esperé, puntualmente llegó. Era hermosa, menuda, cuando se acomodaba el pelo parecía como si una bandada de pájaros huyera de sus manos. Nos sentamos en un banco; la tarde había puesto todos los colores en su piel. Nada fuera de lo normal, charla y un pronto beso que me dejó un sabor como de miel. Tres horas llenas de vida, nos despedimos con la promesa suya de llevarme al otro día a conocer un lugar muy bonito. La esperé, no llegó. La estadía fue corta, debíamos volver, más de mil kilómetros de viaje nos esperaban. Pocos minutos faltaban para partir. De pronto la ví llegar, sin yo saberlo ella había encontrado a mi mamá nuevamente en el comercio y así se enteró del horario de partida. Apoyados en la baranda de protección delante del ómnibus nos dimos un largo beso. Tenía el pelo atado con una cinta, se la sacó y volaron más pájaros. "Volveré para verte" le dije. "Tu mundo está allá, no volverás" me respondió y se alejó con aire donoso, con el pelo suelto y la larga cinta en su mano. La vi alejarse como a aquellos barquitos de papel que fabricamos con dedicación y que depositamos en el agua de un arroyo mientras vemos su lenta marcha para, más allá, perderse en un remolino de tiempo.

Mis fantasmas se resisten a tomar distancia. Están ahí siempre, rondándome convertidos en una sombra de lo que ya no es, sin darse cuenta que supe transformarlos en recuerdo.
He conocido aquello llamado felicidad y sé que no es algo perpetuo, se parece más bien a la brisa que roza la mejilla cuando se camina por una vereda, pero se pierde al cruzar hacia la otra.
Busco pistas en lo imposible, porque lo imposible contiene lo ideal. Señas que me alienten a creer en mucho más de lo que se ve o se toca; es ir a contramano de casi todo, pero como otros incorregibles humanos sé que en los rincones oscuros puede haber magia. Y que bajo una intensa luz las trampas acechan.

Fui lo prohibido


Soy la aventura que llegó
para ayudarte a continuar
en tu camino.

Lo que aquí relato no es una historia, sino un recorte de ella; ocurre que la vida carece de una hilvanación prolija. Y así fue mi relación con Eme, un puñado de momentos alternados dentro de un período de tiempo determinado. Aquí el más valioso de ellos.
Mujer simple, bella persona, buena compañera y muy femenina. Se movía con sigilo entre las cosas; voz amable, suave, cálida. Le gustaba dibujar y escribía poemas de una creatividad notable. Pelo negro rizado y salvaje, bonita, su cara me despertaba ternura, mejillas amplias, gestos  de cierta timidez, ojos negros con ese leve velo de tristeza que define al pensador, al ser sensible ante el mundo.
También en lo sexual era simple. Desde un comienzo fuimos muy confidentes, por eso no tardó en contarme que jamás había tenido un orgasmo a pesar de estar en pareja desde hacía diez años, la única relación de su vida hasta entonces. Y con el tiempo me confesaría que desde un principio sintió algo distinto cuando hablaba conmigo, algo que describiría como un palpitar en su entrepierna. Y, precisamente por estar en pareja y sentir algo fuerte por mí, es que fui lo prohibido.
A su mismo ritmo, desarrollé una pronta calentura por ella, término fuerte pero es el justo para definir lo que pasaba durante nuestros encuentros. Me gustaba, esa personalidad de mujer con cierta honesta simpleza y dispuesta a pasiones intensas con quien conquiste su mente, entra en mi tipo de mujer -como se dice comúnmente-.
Por entonces y siempre ella en pareja, tuve una encantadora experiencia. Una tarde me pidió encontrarnos –no importa dónde, no hace al relato-; llegado el momento y luego de una corta charla, dirigió su mirada hacia mí y, en un impulso liviano pero dentro de un nerviosismo evidente, se levantó la ropa y me mostró sus pechos. Existe una película argentina que tiene una escena similar, aunque allí la protagonista los muestra con una sonrisa en la boca, en cambio Eme lo hizo con tensión en sus labios y un brillo de cortedad en la mirada fija hacia un costado.
No tenía en absoluto un perfil de mujer infiel. No era premeditado lo que hacía, eso me gustó ya que estaba siendo arrastrada por lo inevitable, por el fervor que se gestaba en su cuerpo y mente. Y durante ese tiempo de ingenua infidelidad escapaba de mí como quien huye de un espectro; pero al tiempo regresaba. No dormía bien, yo habitaba sus pensamientos con persistencia, situación que llevó a la separación de su pareja; a pesar de esto seguí siendo lo oculto, lo prohibido, nada comentaba a sus amigas o a su familia, quizás por el temor al que dirán teniendo en cuenta los muchos años que yo le llevaba, o quizás por ser introvertida.
A pesar de esos tiempos atormentados para ella, aunque dulces para mí, me regaló un desnudo memorable, lento y sensual, el único que una mujer llegó a dedicarme. Otras se desnudaron delante mío, sí, pero como preludio a un normal episodio amoroso; lo de Eme fue decisión libre y personal, algo que ella quiso ofrecerme por haberle despertado nuevas sensaciones. A ese acto de entrega voluntaria lo conservo como una de las caricias más intensas que mi ego ha recibido. Las aventuras realmente poderosas son aquellas que enriquecen el alma de sus protagonistas; sentí que esos momentos de nuestra relación eran precisamente una aventura que me mejoraría como hombre... y así fue. Este recorte de la historia duró corto tiempo, pero dejó marcas en mi piel.
La memoria a veces nos hace trampa, sin embargo creo recordar bastante bien su cuerpo nutrido pero de buena figura: piel rosada, piernas derechas, espalda y hombros sensuales, lindo trasero, pezones de un suave morado dentro de pechos que, vistos de frente, sobresalían tenuemente por los costados en semicírculo. Me gustaba, me hacía bien su desnudez.
En esos días tuve de Eme la vivencia de la entrega total, absoluta, que no moría en su desnudo voluntario, porque ya sin ropa se recostaba y abría las piernas para llamarme desde el abismo de cielo de su vagina abierta. -Es para vos- me decía mientras sus dedos dibujaban allí una constelación de cinco estrellas, una para cada uno de mis sentidos.
Pensé por entonces que me consideraba sólo como al hombre justo para provocarle la explosión -según una definición que compartíamos-, porque eso daría forma a la necesidad que latía en ella y que se empezaba a manifestar con la fuerza de un volcán. Por fin pude estimularla para que llegara a su primer orgasmo y pensé que allí finalizaría su interés por mí, pero no, a partir de ese momento comenzó a manifestar expresamente un amor intenso. Y también disfruté eso, es hermoso sentirse amado.
Un recorte de la vida, vertiginoso y de encuentros furtivos. Ella se ofreció con transparencia, con el fin de generar en mí el mayor placer posible; indudable acto amoroso. En un mundo en el que se busca egoístamente la satisfacción propia a cualquier precio, querer para el otro el máximo placer es una de las manifestaciones de amor más puras que al menos yo pueda reconocer. 
Con Eme no creamos una historia detallada, más bien inventamos espacios alternados de tiempo limitado pero fogoso. Después de todo la felicidad es eso, momentos.

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Primero, escena de la película "Sur" de Pino Solanas
Luego, Natalia Lafourcade canta:
"Soy lo prohibido"