Este sitio contiene una serie de relatos sin orden. No es de actualidad y por eso lo anterior es tan válido como lo último. En la columna de la derecha, en la sección "Para leer" están los enlaces a cada texto. Espero les gusten, gracias.

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Profeta de un día


El primero de los tres días que pasamos en ese pueblo de vida lenta –casi dormido a orillas del mar- había comenzado con reflejos de sol tempranero, metiéndose por las hendiduras de la celosía hasta lamer con tibieza los pies de la cama.
-¡Buen día amor!- me susurró Silvia al borde de mi oído izquierdo mientras cruzaba un brazo sobre mi pecho.
No respondí con palabras, la inquietud de una cama al despertar acompañado incita a la fiesta del abrazo, a saludar la mañana con los deseos por desayuno. Profeta de un día, anuncié con besos el comienzo de una jornada exquisita.

Ducharnos juntos fue consecuencia de un impulso telepático. Las gotas de agua tibia nos encontraron, al caer, descontrolados sobre el piso.
La realidad suele ser difusa, pero bajo algunas circunstancias emocionales, llanamente no existe. El piso ya tibio, el repiqueteo del agua sobre los cuerpos, los gestos y los gritos prensaban el todo en lo uno.
Vi su mirada dirigida al infinito. Percibí su cuerpo en vibración, como si un corazón invicto se despertara entre sus piernas. Y en lo que me quedaba de conciencia me descubrí perdido en los arrabales del universo, con mi boca intimada a canalizar gestos de otra galaxia.
Mi cuerpo se paralizó, tal vez con la orden arcana de somatizar en un único espasmo todo el goce posible -confieso que jamás había tenido un orgasmo tan potente-. Ella y yo, allí en ese piso, convertimos la ternura en lava, infierno y cielo.

Frente al mar el mundo se ve distinto; el mundo interior, digo, aquel que convierte lo real en visiones del más allá. Olas en espuma, la sirena de un barco, el muelle que como fantasma se posa sobre las aguas… todo permite modelar la fantasía y transformar cualquier objeto en una herramienta de otra aventura, de otro legado, de otra pasión.
Así volaba mi mente mientras Silvia, con la mayor simpleza, se descalzaba para sentir la arena bajo sus pies, ajena al fresco marino del atardecer. El tiempo se deslizaba dorado, grano a grano, hasta enredarse en ese fragmento de su piel desnuda…

Volvimos para cambiarnos e ir a cenar. Tardó femeninamente en prepararse y, al salir del toilet, me sorprendió con nueva ropa, elegante y sensual; sus pies, ya no desnudos, lucían unos provocadores zapatos con taco de punta.
-Estoy lista para la cena- dijo. Y allí fuimos.
Hay un ritmo natural en las relaciones amorosas, se desplaza con armonía entre lo pasional y lo simple. El hotel estaba ubicado en un primer piso; debajo y junto a su entrada un bar; allí fuimos por unas copas, música suave, cómodo sillón. Duró poco la comodidad, el apuro del amor nos obligó a retomar el camino inverso. Al abrir una vez más la puerta del cuarto, ocupó mis ojos un reflejo plateado; así como al amanecer fue el sol, en ese momento era luz de luna la que se filtraba por las hendiduras de la celosía.
Silvia manifestó siempre una pasión desbordante hacia mí y eso le otorgaba cierta creatividad erótica. Me ocupé por unos instantes de ordenar ropa en una cajonera, al girar la vi sentada en la cama, desnuda, con los zapatos puestos. El reflejo de luna y el brillo de sus ojos se parecían mucho.
En ese instante del casi sueño al final de un día perfecto, la mente suele ocuparse de la escena cumbre. Mis visiones no pasaron por lo pasional ni por lo sexual, sino por algo más definido: el pequeño baile que me regalaron sus pies, en aquel tiempo que se deslizó dorado, grano a grano, hasta enredarse en ese fragmento de su piel desnuda, cuando...
... notó que mis ojos cayeron arremolinados y
-con dos espasmos en el desvelo de mis venas-
atrapé con mirada indigente,
la fortuna del pequeño baile
que supo verter desde los tobillos
hacia la postrera magia de sus dedos.
Quedó dibujada en tango
la rea luz de una luciérnaga,
para destronar de milenios mi ceguera
y establecer el dulzor del recuerdo amable
en el brillo quieto de esta copa vacía
que hoy vuelvo a llenar.
Y a beber.
...

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Lo que no fue (segunda parte)

El mapa del alma, extendido sobre la mesa, deja ver todos sus lugares: la plaza de la felicidad, el restorán de las discusiones, la calle de la decepción.
Poner la mirada sobre él es entender que estamos aquí por todo lo que hemos vivido. Y lo que somos como personas deviene de las relaciones pasadas en su totalidad, aún aquellas que parecen banales.
Por eso siento que las mujeres que me habitan fueron modelando mi persona, aún aquellas fugaces aves de paso. Lo que no fue de alguna manera también ocurrió.
Este día de otoño pegado a mi ventana se presentó brillante. Y su brillo, casi como un ángel a contramano, me trajo dos recuerdos sombríos. Quiero creer que lo que desilusiona también nutre.

Marcela era una morocha delgada, de pelo enmarañado y piel clara, abogada. Pocas veces me reí  tanto y sanamente como con ella; sus comentarios eran cortos y directos, pero de una gracia total. Cada palabra suya una chispa, hablaba y yo me encendía. Nos conocimos una tarde cualquiera, en un lugar cualquiera, como la mayoría de la gente: una mirada, una sonrisa y todo lo demás. Un café, un licor; nuestros diálogos volaban por encima del mantel de la mesa. Una noche decidimos ir a cenar, pero el restorán elegido estaba repleto; subimos a un taxi para buscar otro. Sobre la marcha decidió cambiar los planes y le indicó al conductor la dirección de un bar; el lugar era muy íntimo, pequeño, luces bajas, mesas en un rincón y sillones en otro, elegimos éstos. Besos, manoseo atrevido: le levanté la blusa y, con la ayuda del pálido reflejo de una luz azulada, encontré dos deliciosas razones para seguir teniendo manos. Le propuse ir a un hotel, se negó, insistí, se siguió negando, volví a insistir y aceptó; luego supe que estaba con el período. Una vez en el hotel poco pude satisfacerla, pero ella a mí lo suficiente. Se sentó en la cama, me invitó a poner mi espalda sobre sus piernas y comenzó a darme placer con su boca. Por una pequeña ventana de la habitación surgió la luna, redonda, nítida, volcándose sobre mí mientras ella obraba las artes del amor, un lujo. Con los primeros rayos de sol entrando al cuarto, comenzó a vestirse. Le propuse ir a desayunar... “tengo que ir rápido a lo de mi hermana, mi marido cree que pasé la noche allí.” ¿Marido? ¿Cuál capítulo de la novela me perdí? No había desarrollado suficientes sentimientos hacia ella, pero sus palabras fueron el velo inesperado que tapó algo del sol. Días después me llamó y le confesé mi decepción. “Pensé que eras libre como el fuego”, me dijo. “El fuego necesita aferrarse a la madera para vivir”, le respondí con la clara sensación de que cuando se cae en lo filosófico, es porque llegó el final.

Isabel tenía veintidós años, algo menos que yo. La conocí en un micro larga distancia, un viaje nocturno de varias horas. Busqué mi asiento y lo encontré entre los dobles. Me correspondía la ventanilla, pero estaba ocupado por ella, con su rostro vuelto hacia el exterior. “Perdón, es tu lugar, sentate vos”, dijo al verme, develando un rostro bonito. “Quedáte ahí, así serás parte del paisaje”, respondí sin tener en claro sentirme un tonto o un caballero. Pero le gustó y charlamos hasta la trasnoche; era brillante en su pensamiento, sus intereses pasaban por el arte, los libros… justo para mí. Nos vencía el sueño y pidiéndome disculpas dijo necesitar dormir; le ofrecí el hombro como almohada pero delicadamente se negó. Llegamos al amanecer, bajé primero y al despedirnos me dio su número de teléfono. Nuevamente en Buenos Aires, la llamé, quedamos en que pasaría a buscarla por su departamento. Al llegar al edificio miré hacia arriba y la vi en el balcón. “¿Bajás o te canto una serenata?”. Sonrió en silencio y pronto estuvo a mi lado. Me sorprendió su hermoso cuerpo, que no había podido observar durante el viaje. Una cena, un paseo nocturno por un parque, un banco y el arribo de los besos, pero se negó a la intimidad: “será en nuestra próxima salida, prometido, hoy no”. Durante la siguiente semana, charlas por teléfono y una invitación al recital de una banda en auge en esos días. Le recordé su promesa. “Si, dale, ellos me encantan, los conozco personalmente; luego vamos a un hotel”. Fue un comentario con un eco extraño, mi pecho se inquietó. Llegamos primeros, un salón amplio con una mesita en una esquina trasera, nos sentamos encima de ella. Entró alguien de la banda y saludó a Isabel con la mano. “Decime ¿de dónde los conoces, tuviste algo con alguno?”, hizo silencio y, con la vista al costado respondió “pertenecen a mi grupo de amigos, tuve sexo con dos de ellos si es lo que querés saber”. Mi pecho tenía razón. Lentamente se fue llenando el lugar hasta quedar repleto. Al comenzar la música ella sufrió una transformación, se puso frenética, saltó, gritó y se puso a bailar casi morbosamente. Esa no era la Isabel dulce y discreta que yo había conocido. Sin dudas los tiempos humanos no son siempre iguales. Me alejé en silencio y me sumergí en la ciudad como quien se hunde en un mar oscuro.

Dejo de escribir con el día aún radiante; pero un velo nuboso ya no permite al sol ser el mismo de antes.
He caminado los caminos eligiendo, pero sé que también fui elegido a veces, desechado otras. Sin dudas, los recuerdos, aun los de aquellos lugares más sombríos de la mente, recorren las calles de la decepción así como las de la alegría.
Quisiera que esas nubes no tapen el sol, pero las cosas no son siempre como uno desea.

Hada mariposa

1

Mi historia con Letu -Leticia, la flaquita- ocurrió hace muy pocos años. La conocí en un simple chat público. En la primera charla, al pedirle que me cuente como era, me dio la respuesta menos esperada: soy única. Tiempo después comprobé que en lo que decía había mucho de real.
Ella tenía veintiocho años y yo me acercaba a los cincuenta. La diferencia era mucha, pero jamás se notó en nuestra manera de relacionarnos y compartir cosas. El encuentro en persona sucedió luego de tres meses de chateo, en un bar céntrico de La Plata, ciudad en la que ella vivía. Hacia allí fui desde mi lugar de residencia pasajera cerca del dique La Florida, San Luis.
Era noviembre. Al llegar al bar elegí una mesa alejada de la ventana pero con vista directa hacia el exterior, el edificio estaba en una esquina y no sabía por que vereda aparecería ella. Luego de unos minutos algo me hizo mirar hacia afuera y al instante apareció dirigiendo instintivamente su mirada hasta posarla en mis ojos. Sin detenerse recorrió los metros que quedaban hasta la puerta de entrada y al abrirla volvió a mirarme.
-¿Cómo sabías en que mesa estaba? Me miraste sin dudarlo... -le pregunté luego de saludarnos afectivamente.
-Más bien que no lo sabía, solo sentí que debía mirar hacia aquí -me respondió llanamente. El detalle nos dejó cierta aura mágica y una anécdota que tendría mucha presencia a la hora de los recuerdos.
Era dueña de un cuerpito delicado, como de bailarina clásica. Menuda, de estatura baja, con andar pintoresco y elegante se desplazaba ligerito, rítmicamente, su cintura podía rodearse con un solo brazo. Piel muy blanca, boca de labios finos con amplia dentadura, pelito castaño, ojos oscuros. Sus formas no eran voluminosas, pero tenía curvaturas justas en lo general y una delicada caída hacia el trasero al finalizar la espalda. Letu era un hada, un hada mariposa.
Le pedí que anduviéramos por la ciudad toda la noche, al otro día debía yo regresar y no tenía nada por hacer ni con quien estar. Su respuesta fue contundente:
-Está bien, pero mirá que eso que vos estas esperando no ocurrirá, no me lo pidas.
En La Plata nos vimos tres veces incluyendo esa noche primera...y realmente nada pude forzar. Me estaba dando así los primeros indicios de aquello enigmático que insinuó la noche que chateamos por primera vez. No se trataba de trauma ni histeria ninguna, ella no se entregaba ligeramente por una filosofía de vida firme y decidida. Algo que comprendería durante sus vacaciones.
De Leticia me enamoré a primera vista, ya lo estaba desde las noches de chat, pero al tenerla cerca durante esos tres encuentros supe que si me pedía ir a estudiar la conducta de los lobos a Canadá, allá la hubiera seguido... Pero ella quería ir despacio y la seguí alentado por mi caballero interior que supo ser paciente, aún con los deseos ardidos.

2

En una de las tantas charlas virtuales de aquel enero me contó que saldría de vacaciones con su hermana y su tía. ¿El sitio elegido? San Luis. Me pidió recomendación de un lugar, sin dudarlo le dije: El Trapiche, bellísimo pueblito cerca del dique y su pintoresco lago.
Su llegada ocurrió en febrero. Nos encontramos en un bar y luego de una caminata cenamos en un restaurante chiquito frente al lago y volvimos al centro a otro bar para el café y un postrecito. Y aquí me detengo porque durante dos horas ocurrieron unos simples y mágicos eventos que intentaré relatar detalladamente.
Esa noche había una onda diferente entre nosotros, ella estaba con otro semblante, la noté más cerca de mí. Por aquellos días el tema musical del momento era Bésame, de Montaner. Sonaba en todos lados, durante mis viajes a su ciudad lo escuché muchas veces en los taxis, en los bares; y así se fue estableciendo una singular conexión en mi mente entre esa música y la imagen de Letu.
Una vez ubicados en la mesa del fondo y pedidos los cafés y el postrecito pendiente, le tomé la mano y le pedí una charla abierta, franca, diferente. Le manifesté el profundo sentimiento que se había despertado en mí por ella y a punto de responderme comenzó a sonar el tema musical en cuestión. Ese detalle me provocó un estado especial y se lo transmití, le comenté el efecto que su imagen tenía en mi cuando por azar aparecía desde algún lugar esa canción.
Con ese clima generado entre nosotros retomó lo que estaba por decir, fue clara, maravillosamente transparente en su discurso:
-No soy como la mayoría de las mujeres que, al igual que los hombres, buscan rápido sexo. Tengo un proyecto de vida de familia y solo me entregaré al hombre que despierte en mí lo que necesito. Soy virgen.

3

Leticia, con su forma de ser -pensamientos y acciones- componía algo único, no había exagerado aquella primera noche de chat.
La gente inmadura busca con rapidez la conquista y el trofeo. La flaquita carecía de experiencia amatoria, pero había cultivado su personalidad de tal manera que sin dudarlo puedo decir que no le faltaba madurez aún dentro de su juventud. No buscaba riquezas de ningún tipo, ni placeres ni victorias; su deseo era simple y conciente, sin histeriqueos ni apariencias: esperaba la llegada del hombre con el que armar un proyecto de vida, y sólo a él se entregaría. Tampoco tenía interés en divertirse con otros hasta la llegada del esperado porque ella, corriendo el riesgo de ser tildada de ilusa o antigua, simplemente restaba importancia al modelo de vida que la sociedad le imponía.
La naturaleza de la mujer instintiva suele ser sabia, protege su existencia y le recuerda todo aquello que atávicamente fue transmitido sin palabras de madre a hija durante milenios. Y Letu controlaba con firmeza el timón de su mentalidad guiándose por ese instinto que le era realmente fiel.
Las tardes y noches junto al lago fueron dulces. Teníamos por costumbre acomodarnos en la posición a la que llamábamos “nuestra”: yo cruzado de piernas a lo indio, sentado en la arena pedregosa, ella con la espalda sobre mis piernas y sostenida por mi brazo ubicado detrás de su cuello. Desde el primer instante en que nos adaptamos a esa postura mi mano libre buscó incansablemente la ruta de lo inexplorado; se trataba nada más y nada menos que de alcanzar aquello que ningún hombre había alcanzado, su cuerpo virginal me convertía en adelantado, en fundador de ciudades. Quebré su resistencia y fue como tocarle la boca a la luna, llegué a la entrepierna obteniendo total inmovilidad suya; con la vista fija en el cielo y su intimidad húmeda me daba silenciosos mensajes. Luego de unos minutos habló:
-Te doy hasta aquí porque no puedo evitarte, pero por ahora no tendrás más que esto.
Ese “por ahora” sonó a relámpago débil de fin de tormenta, a notas introductorias de primer baile en una fiesta...

4

Con la flaquita aprendí que era posible sentir amor por una parte del cuerpo, realmente amé su vagina. A toda ella la amé profundamente; pero no tengo prejuicios en decir que esa sensación de “todo nuevo” en una mujer cuya adolescencia había ya quedado atrás, me brindaba plenitud.
Ya era marzo cuando decidí viajar a La Plata para verla. Me moría de ganas de volver a tocarla y de ir más allá; lo conseguí, pero me costó otros tres viajes, sus rechazos eran briosos, categóricos. Al fin comprendió que realmente la amaba, que tenía proyectos con ella; y se entregó.
Yo paraba en un hotel céntrico, frente a un tradicional bar de esa ciudad en donde acostumbrábamos a encontrarnos. En marzo aceptó venir a mi habitación y a partir de allí ese rincón se transformó en el eje de mi universo. Me permitió desnudarla como ángel que ofrece sus alas y, al sacarle la última prenda, percibí el mismo aroma que el ozono deja en el aire al final de la lluvia.
Me mareaba su piel, pasaba horas recorriéndola toda entera, no he dejado un milímetro de su cuerpo sin besar. Sin embargo no conseguí su entrega total, tampoco en los dos encuentros de abril; recién en el mes de mayo ocurrió lo esperado por mí: el cielo se abrió.
Fui paciente en lo referente a la primera penetración; primero quise descubrir el lugar secreto de su continente y comencé abriendo apaciblemente sus piernas...
-¡Que linda es, parece una flor! –dije y al instante derramé allí besos infinitos.
Comencé de esta manera un ritual que en cada encuentro duraba decenas de minutos. No encontraba otra manera de agradecerle lo que me daba más que tomar a su flor por una maravilla de la naturaleza; sentía la responsabilidad de justificar todos esos años que ella se guardó para un hombre.
Su actitud frente a mi ritual era mansa, dócil, ojos cerrados, manos abiertas y suspendidas en el aire. Quería darle placer infinito y allí estaba yo todo el tiempo necesario, hasta su agotamiento. De vez en cuando sentía que su vientre temblaba mansamente, que su cuerpo se tensaba imperceptible para luego distenderse regulando la respiración; pero yo no me detenía y así se sucedían temblores, pequeños suspiros y una nueva distensión, muchas veces, hasta que levantaba su pierna izquierda y pasándola por encima de mi cabeza me indicaba un final que yo aceptaba solo como momentáneo...
-Si lo mío es una flor –me dijo una vez-, entonces vos sos un colibrí.

Apoyo mis labios en tus pétalos y un rocío suave me inventa júbilos. En el agridulce néctar que asoma por estos otros labios tuyos -no los de tu boca, los de tu vida-, encuentro una nueva manera de nutrirme.
Floto frente a tu corola, agito estambres con mis alas furtivas.
Me abandono en ternuras, en locos estíos, en mascaradas presumidas para lograr tu asombro interior. Y de lograrlo, seré el fermento entre las uvas; porque esta escrito desde los floreceres del milenio, que sólo un elíxir como el tuyo podría embriagar mis afanes...

Un mediodía, luego de una larga adoración de mi parte, enojada pero tierna, dijo retándome:
-¡Pará un poco, es nuevita...!

5

Pocas cosas en mi vida tuvieron tal dimensión como aquel primer arribo de mi cuerpo a su interior.
Me acomodé entre sus piernas como cóndor preparado a planear, abrí sus manos y entrelacé mis dedos en los suyos, la miré fijo, presioné mi cuerpo suavemente al principio, hasta que mi instinto de hombre surgió desde el fondo del tiempo en forma de cazador hambriento, de guerrero implacable, de tanguero arremetedor... y en un instante brusco me dio su ¡Ay! de preludio sinfónico, y escuché con mis poros la ruptura única, primera para siempre.
No fue sexo, fue un giro de la vida. Después de vagar por zonas desconocidas nos incorporamos suavemente hasta observar -ella impresionada y yo vanidoso- la mancha roja que su cuerpo pintó sobre la sábana. Por pudor se puso rápidamente la ropa interior...mas tarde le pedí como recuerdo la prenda íntima y blanca, pintada de manchitas rojas...
-¡Nooooo! -exclamó- ¿cómo te la voy a dar?, al menos no ahora, tal vez en el futuro en caso de que formemos una pareja estable.
Ese día el destino me descifró aquella canción de Silvio Rodríguez, hasta el momento poco comprensible para mí (...Al tibio amparo de la 214 se desnudaba mi canción de amor...), ahora yo también recordaría el amparo de otro rincón, mío, con un número imborrable en la puerta de esa habitación de hotel, y en mi mente.

6

Con mis viajes se alternaban los suyos. Se sucedieron así una serie de eventos compartidos de maravillosa cotidianeidad y simpleza: armar rompecabezas sobre el piso alfombrado; leer juntos un libro del tarot, consultarlo con cartas impresas y recortadas a mano; jugar bajo las sábanas a enredar piernas y brazos lo más posible para decir que así éramos uno.
Pero lo que está oculto entre las rugosidades de la ruta, acecha pacientemente. Leticia y yo recorríamos gozosos el trayecto que delineamos, sin saber que algo esperaba agazapado y atacaría operando el cambio en nuestra unión. Y así ocurrió, y ya no pudimos volver al estado anterior.
Eso que acechaba era mi lado sombrío; el que dejó de tener proyectos fui yo, con la excusa de que cuando se alcanza la cumbre ya no es posible seguir ascendiendo. Por motivos que son ajenos a un relato que pretende ser coherente no podía ofrecerle la seguridad que ella merecía, no le daría la familia que necesitaba formar. Mi amor fue siempre enorme; tal vez los fantasmas que habitaban lo oscuro en realidad fueron ángeles que en buen consejo alentaban lo mejor para ella, nunca lo sabré. Habíamos llegado a lo más alto... sin embargo me negué a continuar, no sin culpa ya que se había entregado confiando plenamente en mí. Podía haber disfrutado de lo que me daba durante mucho tiempo más, pero hubiera sido canallesco, ella estaba a tiempo de armar una pareja estable. A mi manera claudiqué por amor.

Clara, transparente, vital. Te pienso y se me transforma la jornada.
En tu risa de desayuno hay soles sobre la mesa; encuentro albores en la oscuridad. Hay algo en vos que no se explica; se siente desde siempre, se percibe oculto pero visible a los sentidos. Te nombro y los dioses, que por las cornisas buscan el génesis perdido de la primera rosa, alimentan el aire prudente de misterios.
Néctar nuevo junto al fuego en la primera hora del otoño. Influjo, hábito. Hada plateada, como la ciudad a la hora en que los corceles de baraja arrojan tu nombre sobre la mesa sabiendo que allí apuesto mis días.
Acuarela, manantial. Azahar en mis naranjos desvelados. Intensa, infinita. Gacela en los pastos de mi desvelo. Astro, ave, aventura. Alas nocturnas. Irrepetible, imperial. Azafata de los bosques. Aroma a la hora de los sueños.
Candil de caminos. Verso, cristal. Nube sin avidez robada a una bruja buena. Ígnea y marina, como efluvio de ron volcado por el lobo desvelo de mi ser que te nombra aullando historias de náufragos.
Utopía de poetas. Fragancia que sobre el fin del verano se esconde entre las hojas inquietas por caer. Naciente claro de luna. Diáfana. Canción de neblina con pájaros. Leyenda, libertad.
Única.

¡Cuánto amé a la flaquita! Y que difícil me resulta explicar esta separación, simplemente ocurrió, aún desde sus lágrimas, aún desde mi dolor.
Hemos mantenido comunicación vía mail durante estos años sabiendo que no volveremos a encontrarnos, solo saludos y la mención de algunos recuerdos de lo vivido, con mucho respeto y afecto.
Fragmento de su último correo: “aún conservo la prenda... de nada me arrepiento... siempre estarás presente en mí...”


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Ocaso de luna


Me persigue un recuerdo. Improviso algunas palabras sobre el papel...
A muchos años de distancia aún no se qué fue lo exactamente vivido, pero lo viví. El universo tiene guardado para cada uno de nosotros algo enigmático, sólo los que acepten que así puede ser tendrán alguna de esas experiencias. En todos los casos no me importa el qué dirán, porque fue intenso y me acercó a una profunda filosofía; primordialmente porque pude comprobar que hubo una persona que con sólo rozar unos minutos mi vida, dejó huella imborrable.

A los veintidós años andaba por las veredas con todas las ganas puestas. El sol de primavera caía por detrás de los edificios y creaba una sombra grata sobre el asfalto; allí me encontraba a la espera de cruzar la gran avenida.
Con el permiso del semáforo me lancé a la búsqueda de la vereda opuesta, hasta las cosas más sencillas son -a esa edad- una aventura por vivir, quien sabe que historias me esperaban del otro lado. Pero es el universo el que manda y esa fracción de tiempo en el que en espiral a veces nos encontramos sumergidos, me condenó a un enigma eterno, dando comienzo a su función antes de llegar a la otra vereda.
En la justa mitad de la calle, a mi izquierda, percibí una presencia muy fuerte, tan fuerte que me sentí obligado a mirar. Y fue, lo que dicen, flechazo a primera vista. Me sonrió, le sonreí, me saludó, la saludé. Y así llegamos al mismo tiempo al otro lado -para el común de la gente la otra vereda; para mí, por lo vivido luego, el otro lado de la vida-.

Su nombre, Miriam. Delgada, pelo rubio trigal, ojos claros, estatura mediana. Un ángel (días más tarde sentiría que este adjetivo era literal).
Le pregunto:
-¿A dónde vas?
-A tomar el colectivo, allí, bajo el puente.
-Te acompaño.
-Dale.
Como se ve, todo un diálogo adulto.
El puente quedaba cruzando las vías del tren y una cuadra más, hacia la izquierda. Nos pusimos en la cola y por el arrebato que me consentía la juventud, con mi brazo envolví su cintura (rocé su ombligo y el último trozo de día se agitó en mi mano).
Me sonrió con tristeza y me dijo:
-¡Qué bueno sería!
-¿Qué cosa?, pregunté sorprendido.
-Una historia con vos, se nota que sos buen tipo, y lindo.
-La estamos empezando ¿por qué no puede darse?
La luna asomó con demasiada rapidez y la noche comenzó su acecho. Y digo bien, ya que su respuesta transformó la primavera en sombras de invierno.
-Me queda poco tiempo de vida, tengo un tumor cerebral.
La miré sin soltarla y dejé en su boca el único beso de esta historia.

Le pedí el número de su teléfono fijo (en aquellos días no existían internet ni celulares). Quedamos en que podía llamarla, pero no me aseguraba un encuentro ya que estaba pasando por un período de mucha debilidad, consideraba este paseo por la ciudad como tal vez el último suyo.
Ni por un minuto consideré un acto de egoísmo de su parte el someterme a semejante angustia, quien sabe que pasa por la mente de una persona condenada así; es como que tiene derecho a lo que sea. Y lo que sea era yo.
En las películas los besos que surgen de circunstancias extremas son ardientes, pasionales hasta la locura; pero en la vida real no siempre ocurre, en este caso ni siquiera se repitió. Cuando llegó el colectivo sus ojos me miraron con destellos de despedida, se soltó de mi brazo con lentitud y su mano deslizó una caricia lánguida sobre mi rostro como no queriendo abandonar su cuerpo de mí.
La vi subir y al mismo tiempo lanzarme su última sonrisa. Retomé mi rumbo, con la luna atardecida desde el otro lado de la calle, indicándome cada paso: última compañía de ese día que creo era de primavera, aunque su recuerdo sea invernal. 


Pasaron unos meses; no me animé a llamarla. Tal vez por el orgullo de no sentirme cobarde finalmente lo hice. Me atiende una voz de mujer mayor.
-Hola- dice, casi inaudible.
-Por favor, quisiera hablar con Miriam.
Y con voz entrecortada y de angustia me contesta:
-Miriam ya no está entre nosotros.
No sé cuánto tiempo más pasó; pero la micro historia se convirtió en anécdota y otro día, como tantos, continué con mis tareas por el barrio, lo común para mí. El camino hasta el lugar donde la había conocido era mi habitual recorrido, a la izquierda dos cuadras de cien metros cada una y a la derecha -por donde me dirigía- el largo paredón perteneciente a un convento. Soledad absoluta de horario no comercial, los coches y el barullo urbano estaban más allá de las vías. Ya había recorrido una cuadra y media dejando muchos metros atrás la puerta del convento cuando de pronto… la vi venir, por la misma vereda en la que yo iba.
-¡Ah!, pensé, así que todo fue una broma, o tal vez la persona que me atendió por teléfono se refería a que ya no vivía en esa casa, o quizás ambas cosas, pero aún estaba viva. Me arrepentí de no haberle preguntado más a aquella mujer.
No me detuve, ella tampoco. La vi bien, de pies a cabeza, hasta en algunos detalles de su ropa; esbozó al pasar junto a mí una sonrisa brillante, de enfermedad nada, me dije. Me dio rabia y por eso no la detuve, pero unos tres o cuatro pasos más adelante, arrepentido, me di vuelta para seguirla y recriminarle algo, aunque no sabía qué. Pero ya no estaba.
Me paralicé, con esa clase de susto que se tiene ante un hecho imposible. La puerta del convento estaba a demasiados metros como para alcanzarla tan rápido, de todas maneras fui a observar: comprobé que estaba cerrada con un candado, no era hora de actividades. Fui aún más allá, para mirar por la bocacalle de enfrente a ver si había doblado, aunque no era factible por la distancia, unos cincuenta metros, no… solo una calle y sus veredas vacías.
Era la siesta, comercios cerrados que apenas devolvían reflejos desde sus vidrieras. Y uno de esos vidrios ofreció mi propia imagen, ahí yo, desconcertado y con una turbación que jamás había sentido.

Mi elección es estar lúcido en todas las circunstancias que la vida me presente, así como lo cuento, ocurrió. Ante la posibilidad de que se haya metido en algún lado analicé hasta el cansancio todas las variantes. Nada.
No se trata de encontrar una explicación, se podrán decir mil cosas sobre este relato, si me decido a contarlo, es por la exclusiva razón que para mí tiene la importancia de aquellas cosas que echan raíz en otro lugar del alma, en este caso el recuerdo de alguien que se instaló en mi pensamiento de manera absolutamente distinta a todo lo que haya vivido.
Durante unos meses dormí mal, pero con el tiempo mi turbación se transformó en energía; historia eterna, sin un final que la estigmatice. El paso de Miriam por mi vida me enriqueció; gracias a ella siento que el mundo es mucho más de lo que veo y que existen muchas más cosas de lo que toco.

De tu boca escapa un ángel y se transforma en ocaso.
Ocaso de luna puesta ahí, sobre la cortina de la tarde;
de tarde delicada como esta cintura tuya
que alguna vez la eternidad diseñó
para que mi brazo tenga su razón de ser.
El último trozo de día se agita en mi mano
y no sé si fuiste ángel o fulgor,
vertiente o átomo de vida.
¡Cuántos rostros tiene la luna
aunque se diga que son sólo dos!
La calle, que es el cauce de las estrellas,
me arrastra en su corriente
y allí, en la garganta del horizonte,
será devorado mi silencio.
Con gemidos nuevos me sumaré al rantifuso coro
de grillos y abejorros para entonar mi gratitud:
ahora soy rico en eternidades, en misterios;
domador de caballos alados, barco y brújula.
De tu boca se escapó un ángel
y me transformó en ocaso.
Ocaso de luna puesta aquí,
sobre la cortina de mi pecho.

Nota: "RANTIFUSO", EN JERGA LUNFARDA DE BUENOS AIRES, SIGNIFICA ERRANTE, VAGABUNDO. Y POR EXTENSIÓN DESGREÑADO, DESPROLIJO.

Milonga del ángel, Astor Piazzolla y Quinteto