Este sitio contiene una serie de relatos sin orden. No es de actualidad y por eso lo anterior es tan válido como lo último. En la columna de la derecha, en la sección "Para leer" están los enlaces a cada texto. Espero les gusten, gracias.

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Resumen del alma

Mis historias se van agotando, no todo es amor ilimitado. Por eso suelo tener largas ausencias, ya he relatado mucho. Algo queda, pero irá saliendo lentamente, mi vertiginosidad literaria corresponde al pasado.
Ese pasado queda aquí, pueden recorrerlo para conocer o releer. Les dejo los enlaces de todo lo que escribí. Será hasta que las musas vuelvan.
Saludos a todos.

Me preguntas que siento


...(Lo que ocurrió después)

...(Lo que ocurrió antes)

-No puedo creer que después de dos años de desearte estemos aquí, besándonos -le digo en la Costanera, junto al río-. ¿Porqué me mirabas tanto cuando veníamos en tu coche para acá?
-Estaba poniéndome de acuerdo si me gustabas o no. Cuantas contradicciones tengo ¿no?.
-¿Dos años y todavía no lo decidías?. Mejor dejemos esta charla, lleváme a tu casa.

-Es la casa donde vivo con mi hija ¿estás loco?
Se resiste un poco, pero finalmente acepta. Su departamento, es chico, es grato, esta sola, su hija se fue con el padre.

Me acomodo en el sillón, tomamos un café doble, me pregunta si quiero escuchar música. Pone el casete más famoso de Silvio Rodríguez, Unicornio. Se van yendo sonidos de un tema y comienza el siguiente; no puedo imaginar algo más coherente con mi sensibilidad que este momento: la íntima comodidad del lugar, dos cafés, aquel balcón, ella, su sonrisa, su perfume, la canción.
(Canta Silvio: ¡Toma de mi, todo, bébetelo bien... hay que ayunar al filo del amanecer... Toma de mi, todo, cuanto pueda ser... el sol no da de beber!)
Luego de los besos, más besos, suaves, sin apuro. Pasa la música, el tiempo y mis caricias tiernas, para nada atrevidas. Pasa otro casete, otro más. De pronto enojada me reclama:
-Decime, ¿vos no vas a insinuar nada más?. ¡Levantáte!
Pensé que me estaban dando el raje, pero no. Ni bien me levanto, saca los almohadones del sillón en el que estábamos sentados y lo abre convirtiéndolo en cama.
Con ella descubro que existen cuerpos que han sido hechos el uno para el otro. Los nuestros encajan como piezas de relojería.

Una canción, un perfume y una sonrisa son más que suficiente para paralizar un alma errante.
Cuando Carina entró al curso supe que era posible la unión perfecta de una sonrisa y un perfume. Ya estábamos todos sentados en ronda, rareza que el profesor había impuesto para la primera clase. Se acomodó al lado mío y así comprendí el motivo por el cual esa silla no había sido ocupada, algún duende travieso la reservaba para ella, o mejor dicho, para mi; raudamente su perfume me advirtió que en el mundo había más de lo que yo creía. Así conocí su gesto y su aroma; me faltaba conocer la profunda intimidad de una canción, pero aún no lo sabía.
Yo rondaba por entonces los treinta años y en el aire porteño flotaba una nueva euforia, a mediados de los 80 había vuelto la democracia a la Argentina. Volvimos a las calles, a reunirnos otra vez en las esquinas, había bronca y esperanza, los torturadores seguían sueltos pero creíamos en tiempos de justicia y solidaridad. Queríamos participar de algo, de lo que sea, y me metí a estudiar Humanidades, es decir, filosofía, religiones, meditación; llegaba otra vez la Nueva Era, si, otra vez, esa que siempre asoma pero nunca termina de aparecer. En ese curso fue que la conocí, para sufrir dos años y gozar cinco meses.

Carina era un poco mayor que yo, separada, una hija, y todo el sol en los ojos negros. Y si en un rapto de imaginación hubiera comparado su rostro con un cuento, debía haber dicho que relataba una historia con sentimientos radiantes, con belleza de paisajes, pero con fin doliente. En ella coexistían una malograda creatividad -por causa de un padre que no solo la abandonó, sino que también inhibió sus cualidades- y una inquieta búsqueda de algo que no tenía claro. Hermosamente contradictoria era, divina e indecisa. Se equivocaba mucho y luego no sabía como retractarse de sus desacertadas decisiones para aminorar el daño hecho.
Sin embargo poseía sensual embrujo y era muy bonita. Vestida normalmente atrapaba la vista de inmediato; y cuando se tiraba encima todo el vestuario se convertía en un ejemplar radiante y deseable. No era portentosa, más bien delgada, de suaves curvas; nunca supe de su pelo natural, su teñido dorado contrastaba asombrosamente con sus ojos. Y poseía aquello que me seduce irrevocablemente: elegante sensualidad.

Me llevás de paseo en coche por tu barrio, Belgrano, en esta tarde de sol. Manejás llevándome a tu lado como una prenda que te adorna, me siento bien, halagado. Bajás a saludar a una amiga que va por la vereda, de reojo me observan ambas. Al volver me contás que ella te preguntó que era “eso” que tenías ahí en el coche y que vos le contestaste “un divino con quien estoy muy bien”.
Vamos a la feria artesanal de la plaza de San Isidro, sol de otoño incipiente entre los árboles, lo disfruto a pleno. Nos encontramos con otro conocido tuyo, te halaga, a mi ni me saluda, mirándote de arriba abajo te dice “que bien se te ve hoy”, sus celos me permiten un aire de orgullo, nos vamos. Volvemos al auto, subimos una calle, observamos desde arriba de una barranca el paisaje barrial, una escalerita sinuosa se pierde bajando entre las plantas, allá lejos el río, te recostás sobre mi hombro, nos hablamos dulcemente.

Volvemos a tu departamento. Nos sentamos en el piso junto al Unicornio, al Son Desangrado, al Bosque Encantado y a todo lo que va saliendo desde esas canciones. Apoyo mi espalda en el sofá, vos apoyas la tuya sobre mi pecho. “Así pasaba la felicidad” también dice la canción; me cortan la respiración esos acordes iniciales, con el teclado de arranque y las flautitas luego, y esa letra, y ese saxo en su solo. Estos sonidos me marcan para siempre, de eso estoy seguro. Más tarde preparás una rápida cena con ciertos toques de romanticismo. -Quiero que sepas que por primera vez cocino con ganas para un hombre -me dice tímidamente, bajando la vista, como pidiendo que por favor le crea.
Y le creo.

De Carina me enamoré de golpe y con el correr de los meses mis sentimientos se agigantaron. Advertí fácilmente sus defectos, pero no pertenecían al entorno de su naturaleza, eran heredados, ella tenía mucho para dar de sí misma; conservaba frescura adolescente y era buena mina y buena compañera, carecía de crueldad y participaba de todo lo que se proponía en clase. Y por sobre todas las cosas tenía una gran necesidad de afecto, y yo de afectar.

-Vení, ponéte de espaldas en la alfombra -me dice llevándome al umbral del balcón.
-Hoy te quiero así, vestido, también me calienta verte con ropa -continúa hablándome seductora mientras me desabotona el pantalón argumentando que la única desnudez pretendida es la de mi virilidad.
Ella se saca todo lo puesto, hasta los anillos, y me mira fijo:
-Quedáte quieto, no te muevas –determina con firmeza mientras me monta suavemente. Intento acariciarla pero me ruega absoluta inmovilidad...
La luna allí arriba tiene su plateado máximo y una exquisita redondez. Los pocos sonidos urbanos de la trasnoche se meten por el balcón y una mansa calidez de verano llega como brisa a mis brazos desvanecidos sobre el suelo.
Me siento objeto, no me disgusta porque sé que está comenzando a enamorarse de mi y yo muero por ella. Miro su silueta penumbrosa agitándose en creciente lenta y su pelo comienza a interrumpir intermitentemente mi visión de la luna. Me mira, se agita aún más, siento que me posee, hace uso de mi cuerpo arbitrariamente. Su agitación se convierte en fragor, ya no es la indecisa mujer, es un vendaval azotando la pradera. Pierdo la visión clara de su rostro, ahora es solo una figura sin forma que va y viene cada vez más urgente. Y de pronto un estertor, una paralización repentina de su cuerpo, una tensión que atenaza mis brazos, una convulsión, un grito a la pared y un derrumbe sobre mi pecho.

-Gracias -me susurra carinamente.

El centro de estudios estaba sobre la avenida Corrientes, en pleno Buenos Aires. En el bar de una esquina nos reuníamos antes de entrar a clase; y en el bar de otra esquina, a la salida. Al llegar, al partir, al pararme, al entrar, al volver, al irme, al dirigirme hacia esos lugares de reunión, no pensaba más que en tenerla cerca para apurar charlas aisladas; Carina sabía de mi interés y concedía minimamente, con indecisión. No encontré durante los primeros meses la manera de seducirla por completo, siempre los “hoy no puedo”, “mañana no sé si podré”...pero jamás un “no” rotundo, definitivo.
Comencé a transitar los rumbos fatigados de la amargura, ninguna otra mujer me interesaba, no podía dejar de pensarla así como no es posible evitar la circulación de los planetas. Ella tenía toda mi atención y, al comprobarlo, sus ojos sombreaban volátiles en oscura rotación de alondra, hasta posarse en los míos para decirme “no puedo”.

... "Llego tarde, tu hija está aquí en tu casa, durmiendo, no podemos amarnos hoy"...
Ella me mira pícaramente, sabe que hay algo que podemos hacer rapidito (mejor dicho, que ella puede hacerme rapidito). Señala con su mano mi zona erógena como diciendo “dale”, acomoda su cara entre mis piernas e inevitablemente la canción del cubano aparece en mi cabeza.
No me da tiempo a entrar en clima, ella quiere beberme todo. Cada tanto eleva la vista y me mira encendidamente, esta noche está distinta, quiere arrancar mi savia sin dar tiempo a mi adaptación. Y no puedo evitarlo, lo hace con una energía tal que en pocos segundos me convierte en un loco, y en pocos minutos me voy hacia su sed.
Luego se incorpora, me observa góticamente, veo satisfacción animal en su gesto y un fino hilo blanco que se le escapa por la comisura derecha de la boca.

..."Soy tu víctima, mi vampiresa de amor"...

Transcurrió un verano, nos vimos poco aún dentro de la continuidad de los cursos, el centro permanecía abierto todo el año.
Y retornaron los meses fríos. Como una vereda que repite sus baldosas, mi soledad repetía imágenes en melancólica perspectiva, en cuyo horizonte estaban siempre su sonrisa y su perfume.
Habitualmente nos despedíamos tarde, saliendo del bar. Y ya harto de negativas en una oportunidad me metí en el primer colectivo que vi llegar; amoldé mi cuerpo agobiado en un asiento individual, aceptando que ese rincón de la noche tenía la vastedad de la angustia y la certeza de la llaga. Lloré, gemí, insulté.
Carajo con la angustia profunda que se me abría en abismos de miserias.

Para observar los paisajes del mundo me basta con estar aquí sentado, con su cuerpito frente a mi, a lo largo de la cama, con manos y boca ocultas invadiendo mi ego, dándome placer.
Detengo mi vista en su nuca, en la cascada dorada y taciturna de su pelo. ¿Cómo puede existir tanta belleza concentrada en lo que llamamos mujer? ¿Es éste atardecer más hermoso que ella? No. Ni los bosques, ni los arrecifes, ni los pájaros, ni los mares... Que sería de mis ojos si dejara de verla.
Su espalda deriva en cintura gacelada, y un mareo me tambalea al pasar por sus frutadas colinas. Le ruego que se quede así, alargada hasta la cornisa de las sábanas, para contemplar lo gentil de sus piernas, gradualmente angostadas hacia los pies, con deditos como pétalos abanicando el vacío.
-¿Qué sentís cuando te hago esto? -pregunta arrancándome de mis cavilaciones.

El grupo de alumnos de ese curso creció en amistad. Empezamos a planificar reuniones en casa de uno o de otro. Guitarreada, pizza, mate. Carina estuvo bastante ausente de esa nueva etapa grupal; por un lado me ponía mal, pero por el otro me consolaba, tal vez era cierto que no podía tener una relación, según ella los problemas familiares eran muchos, su hija le demandaba tiempo. Pero luego de unas cortas reflexiones volvía a la melancolía, eran excusas suyas, si una vez había visto que un hombre en coche la pasaba a buscar. Ella jamás había argumentado estar en pareja, pero tampoco era clara y no blanqueaba su vida.
Realmente me tenía loco, no entendía tanta contradicción. En sus ojos notaba algo de interés en mi, pero no había caso, no se decidía. En una oportunidad se me sentó al lado la chica más sexy del grupo. Carina, al verla, se me sentó al otro lado. Tuve mi momento de gloria porque el diálogo que a través de mí se generó entre ellas no solo fue delicioso, sino que estimuló mi ego. Era sabido que ninguna de las dos esa noche iría conmigo a la cama, sin embargo con la mayor sutileza femenina combatían a muerte con las palabras y los gestos para quedarse con el trofeo que yo representaba. Pero la realidad es dura y golpea fuerte, no era mi persona el punto de interés, se estaban batiendo a duelo y yo solo era el arma.

Me preguntas que siento.
Siento que floto en la nada, porque sólo en la nada puedo comprender semejante placer. Y que al tocar mi norte me das un punto de partida. Y desde ese punto tan pequeñamente gigantesco surge una capa que me envuelve entero, que me protege contra todos los males. Me siento un dios, si. Es increíble lo que puede tu húmeda tibieza, que me habla de otra manera, silenciosa pero vivamente. La siento ahí y no le temo a ningún ogro, a ningún dragón, a ninguna magia negra, me protege mi envoltura.

Siento que desde las profundidades abisales del primer mar surjo como pez sediento de aire, y doy bocanadas de ahogado, y me arrastro por la costa, y me brotan miembros y camino llenando mis pulmones, y llego a la llanura, y al incorporarme descubro que araño montañas para subir más, porque me brotan manos ante los ojos, y me toco y me descubro en dos pies que avanzan, que corren, que me depositan en un barco alado que me eleva hacia los confines y allá, más allá de todos los finales exploto en supernova, y se fragmenta mi yo, mi alter ego, mi super yo, y soy arrastrado hacia el agujero negro que aparece absorbiéndome hacia su dimensión, y al cruzar al otro lado descubro que el universo era tu boca y que la nada eras vos mi todo, y aferrándome a la sábana abro mis ojos, tiemblo lento, cedo tensión y, extenuado, quedo mirando el techo de éste, tu rincón en el mundo.

Terminé abandonando la clase. Cansado de tanto desearla decidí que lo mejor era alejarme de ella, ya no era yo, ya no razonaba ni comía ni dormía.
Pasé un par de meses más en continuada soledad. Mientras otros se divertían yo me perdía en viejos bares a leer. Nada de alcohol, no era lo mío emborracharme; litros de café hasta que los mozos empezaban a subir las sillas a las mesas en señal de inminente cierre. Entonces guardaba mis apuntes, cerraba mis libros y me entregaba a la noche, como un mal viviente se entrega a la ley. Estaba en un pozo y no escuchaba ni veía. Tres meses más así, polizón de los días, espectro de lo absurdo.

-No entiendo tus contradicciones –le digo parado frente a la puerta de su habitación..
Ella tiene una manera de hacer y deshacer -de ir sin saber adonde, de volver indecisamente- que ya me hartó, me retrotrae a los días en que sufría por no aceptar mis invitaciones. Y también me recuerda aquella otra vez que, ya siendo nosotros pareja, sin explicarme los motivos se reunió con el profesor en el edificio del centro de estudios, en un horario en el que no había actividades, sabiendo que ese hombre estaba interesado en ella. Nunca le pregunté nada, era inútil, su fuerte tendencia autodestructiva busca elementos de discordia, yo no estaba dispuesto a entrar en el juego.
Y al aparecerme de sorpresa esta noche en su casa descubriendo que tiene bolsos de viaje listos, siento que es el final; hasta allí estoy dispuesto a llegar. Carina es sensual, dulce, afectiva, de eso me enamoré; pero en su alma hay algo oscuro que jamás le permitirá ser feliz.
-Me voy de viaje unos tres días -me dice tomándome la cara con ambas manos y besándome con rara expresión- no pienses nada malo.
No le pregunto ni a donde ni con quién, pero tampoco me da explicaciones. Otra vez busca perder lo que tiene (le había ocurrido varias veces en su historia), lo nuestro ya está arruinado, es así y debo aceptarlo. Me tiro al piso y miro debajo de la cama.
-Pero ¿qué hacés? -me pregunta.

-Busco la felicidad -le respondo-, si estuvo en esta habitación, por algún lado debe andar escondida...

Luego de abandonar el curso, asomó otro verano. Diciembre, enero y llegó febrero. En marzo se cumplirían dos años que la pensaba, que la deseaba; jamás había tenido la oportunidad de estar a solas con ella, de decirle lo que sentía. Había decidido no verla nunca más, para que, si no quería tener relación conmigo. Pero un día algo modificó la situación.
Buscando datos de un conocido se cae de la agenda un pequeño papel: el teléfono de Carina. Me vinieron de golpe las náuseas de los dos años pasados al borde del abismo, buscando por todos los caminos tener una relación con ella. A punto de arrojarlo a la basura una voz interior me dijo: ¡Insistí una vez más!. Marco el número, suena, sigue sonando y a punto ya de colgar me contesta. Luego de los saludos formales, le pregunto:
-¿Algún día vamos a ir a tomar algo vos y yo solos?
-Si, hoy puedo.

(Nota: Teniendo en cuenta que a algunas personas le ha resultado confuso el juego de tiempo pasado-presente determinado por el tipo de fuente, pueden leer la historia de la siguiente manera:
Primero, los párrafos en negrita. Luego, los párrafos en cursiva itálica).

Escuchá "El sol no da de beber" de y por Silvio Rodríguez:

Veredas lejanas


Al bajar del coche dirigí la vista hacia la puerta de entrada y vi que venía hacia mí -aceleradamente y con una amplia sonrisa- una chica vestida de rosa. Larga vestimenta, propia de la fiesta en cuestión, tacos bajos, graciosamente sensual en el marco de una bien delineada redondez física: un bombón rosado. Me abrazó con fuerza y mirándome a los ojos me nombró. Pero ¿quién es?, me pregunté.

Resulta que un amigo de la infancia pasó a buscarme con su coche para ir a un salón de fiestas; se había casado otro amigo y allí nos esperaba un cuarto amigo, todos conocidos de esa época infantil y pre adolescente.
Aquellos años habían sido dulces y cálidos, con juegos elementales y sol en la espalda, días lentos que derivaron lentamente en una ingenua pubertad propia de esas décadas. Éramos apenas tres amigos, luego se sumó otro y finalmente un quinto cuando ya rozábamos la adolescencia, todos viviendo dentro de una distancia de no más de cincuenta metros.
A veces veíamos a lo lejos -casi como si fuera otro barrio- un grupo de chicas, sin identificarlas, sin acercarnos. Apenas tres o cuatro de ellas se juntaban allá en otras veredas para pasear su tierna picardía compartiendo helados o chocolates. A ninguna conocí personalmente, era solo verlas de lejos y no más que eso; caras lejanas sin rostro definido.

Pero vuelvo al momento en que -perdiéndo de vista a la chica que me saludó- entramos al salón. Era casi el final de los 80s.
Con gran abrazo me recibió el recién casado, luego su hermana y mi otro amigo. Lo convencional: sentados en una misma mesa comenzamos a compartir la comida, los brindis y las risas. Poco después todo el mundo desparramado o bailando, nada novedoso. Me había quedado charlando con quien estaba a mi derecha, y percibo que alguien se sienta en la silla vacía de mi izquierda. Ella nuevamente.
-No te acordás para nada de mí ¿no? Se te nota en la cara. Soy Ana, una de aquellas chicas de tu barrio de la infancia.
Poco después de mi pubertad, una mudanza me había llevado a otro barrio, distante. Mantuve contacto con uno de mis amigos y muy de vez en cuando con los otros. Pero de aquel grupo de chicas, ni el recuerdo. No tenía la menor idea de quien era ella ni sus amigas.
Sin darme tiempo a reaccionar, luego de servir dos copas y alcanzarme una me dijo:
-Brindemos por nosotros.
Y lo selló con un beso en la mejilla.
Sin saber como reaccionar, me dí vuelta hacia mi amigo quien, con burlona sonrisa, me susurró: "esta mina hace dieciocho años que está caliente con vos".

Dos horas en la puerta de un bar. ¿Puede ser que un hombre espere tanto a una mujer sin irse luego de, como mucho, media hora? Si, acá está escribiendo eso el paciente personaje.
Al despedirnos la noche anterior, y ante la vista de todos, deslizó por uno de mis bolsillos un papel con su número telefónico. Al otro día la llamé y quedamos para esa tarde en encontramos ahí, en la puerta de ese bar al que yo adornaba como estatua desde hacía dos horas. Pero llegó.

Tapándose la cara y con sonrisa de disculpas, se acercó a saludarme. Su cuerpo al caminar era decidido, pero tenso, esta vez vestía pantalón y remera bastante ajustada. Estaba buena, robusta y bajita, pero bien formada. Entramos.
La charla fue obvia, la infancia, el barrio, los vecinos. Ella conocía y recordaba el nombre de todos nosotros. Yo el de ninguna de ellas, las de las veredas lejanas.
Sentados muy cerca el uno del otro charlamos como dos horas y el beso en los labios llegó naturalmente. Y como cada mujer es un universo aparte -por suerte- me sorprendió una vez más: mientras nos besábamos tomó mi cara y deslizó su mano con el reverso bajando por mi pecho y sin sutileza alguna se detuvo unos segundos presionando mi miembro.
-No entendí -le dije-, ¿podés repetirme el comentario?
Y lo repitió.

Recuerdo un libro de psicología o algo así en el que se aconsejaba agradecer a la persona que nos diera placer, cada vez que nos lo diera. A mi eso me parecía ridículo, pero Ana debe haber leído lo mismo por lo siguiente.
Al entrar a mi departamento nos sentamos en el sillón grande y sin mucha vuelta comenzamos a manosearnos. Decidí que era hora de empezar a dominar un poco la situación recostándola a lo largo y boca arriba. Introduje mi mano por debajo de su pantalón y empecé a frotar su clítoris. No tardó en llegar al orgasmo y, al calmarse, me miró fijamente diciéndome "gracias". Libro estúpido.

Los últimos reflejos del día se metieron por la persiana de mi cuarto. Sobre la cama dos cuerpos agitando amores, nuevos por un lado, viejos por el otro. Por encima de mí, a un aliento de distancia, desde su boca surgieron triunfales sus palabras:
-Estoy haciendo el amor con mi amor imposible.
Tal confesión no puede ser pasada por alto. ¿Cómo no recordarla por eso tan especial y único que me hizo sentir?

Casi al amanecer, sin que hayamos dormido ni un minuto, Ana incorporó su nutrido cuerpo y desnuda se puso a recorrer el cuarto mirándolo todo. Deslizaba con extrema suavidad sus pies por el piso de madera con las manos cruzadas por detrás. Cada cuadro, cada mueble, cada detalle decorativo era observado como para no olvidarlo jamás.
Nos vestimos, la acompañé. Y fin de la primera jornada amorosa.

Regresé taconeando las baldosas del estío de mi segundo barrio. Pero mi mente esa madrugada estaba más allá, en otras veredas, intentando repasar viejos rostros olvidados. Fue inútil, las caras infantiles de aquellas niñas lejanas no venían a mi. Viví un tiempo más ese amor nuevo con toques de nostalgia por lo antiguo. Y la pasión se me consumió un día como el grato café bebido en el momento justo; el amor a veces acaba.
Podría decirse que fue atrevida, o que su actitud fue procaz, pero sería un error. Llegué a conocerla lo suficiente como para otorgarle el adjetivo justo: valiente. No dejó de soñar con lo que deseó desde pequeña y cuando tuvo la oportunidad no la dejó escapar, venciendo temores.
La sensación que hoy tengo es extraña, fue un amor de barrio... y no lo supe.

No tengo ninguna relación musical con lo vivido con ella, pero el clima más parecido lo da un también antiguo tema, como si fuera cantado por esas niñas... "Mister Sandman" por The Chordettes.