Este sitio contiene una serie de relatos sin orden. No es de actualidad y por eso lo anterior es tan válido como lo último. En la columna de la derecha, en la sección "Para leer" están los enlaces a cada texto. Espero les gusten, gracias.

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Ocaso de luna (Miriam)


Me persigue un recuerdo. Improviso algunas palabras sobre el papel...
A muchos años de distancia aún no se qué fue lo exactamente vivido, pero lo viví. El universo tiene guardado para cada uno de nosotros algo enigmático, sólo los que acepten que así puede ser tendrán alguna de esas experiencias. En todos los casos no me importa el qué dirán, porque fue intenso y me acercó a una profunda filosofía; primordialmente porque pude comprobar que hubo una persona que con sólo rozar unos minutos mi vida, dejó huella imborrable.

A los veintidós años andaba por las veredas con todas las ganas puestas. El sol de primavera caía por detrás de los edificios y creaba una sombra grata sobre el asfalto; allí me encontraba a la espera de cruzar la gran avenida.
Con el permiso del semáforo me lancé a la búsqueda de la vereda opuesta, hasta las cosas más sencillas son -a esa edad- una aventura por vivir, quien sabe que historias me esperaban del otro lado. Pero es el universo el que manda y esa fracción de tiempo en el que en espiral a veces nos encontramos sumergidos, me condenó a un enigma eterno, dando comienzo a su función antes de llegar a la otra vereda.
En la justa mitad de la calle, a mi izquierda, percibí una presencia muy fuerte, tan fuerte que me sentí obligado a mirar. Y fue, lo que dicen, flechazo a primera vista. Me sonrió, le sonreí, me saludó, la saludé. Y así llegamos al mismo tiempo al otro lado -para el común de la gente la otra vereda; para mí, por lo vivido luego, el otro lado de la vida-.

Su nombre, Miriam. Delgada, pelo rubio trigal, ojos claros, estatura mediana. Un ángel (días más tarde sentiría que este adjetivo era literal).
Le pregunto:
-¿A dónde vas?
-A tomar el colectivo, allí, bajo el puente.
-Te acompaño.
-Dale.
Como se ve, todo un diálogo adulto.
El puente quedaba cruzando las vías del tren y una cuadra más, hacia la izquierda. Nos pusimos en la cola y por el arrebato que me consentía la juventud, con mi brazo envolví su cintura (rocé su ombligo y el último trozo de día se agitó en mi mano).
Me sonrió con tristeza y me dijo:
-¡Qué bueno sería!
-¿Qué cosa?, pregunté sorprendido.
-Una historia con vos, se nota que sos buen tipo, y lindo.
-La estamos empezando ¿por qué no puede darse?
La luna asomó con demasiada rapidez y la noche comenzó su acecho. Y digo bien, ya que su respuesta transformó la primavera en sombras de invierno.
-Me queda poco tiempo de vida, tengo un tumor cerebral.
La miré sin soltarla y dejé en su boca el único beso de esta historia.

Le pedí el número de su teléfono fijo (en aquellos días no existían internet ni celulares). Quedamos en que podía llamarla, pero no me aseguraba un encuentro ya que estaba pasando por un período de mucha debilidad, consideraba este paseo por la ciudad como tal vez el último suyo.
Ni por un minuto consideré un acto de egoísmo de su parte el someterme a semejante angustia, quien sabe que pasa por la mente de una persona condenada así; es como que tiene derecho a lo que sea. Y lo que sea era yo.
En las películas los besos que surgen de circunstancias extremas son ardientes, pasionales hasta la locura; pero en la vida real no siempre ocurre, en este caso ni siquiera se repitió. Cuando llegó el colectivo sus ojos me miraron con destellos de despedida, se soltó de mi brazo con lentitud y su mano deslizó una caricia lánguida sobre mi rostro como no queriendo abandonar su cuerpo de mí.
La vi subir y al mismo tiempo lanzarme su última sonrisa. Retomé mi rumbo, con la luna atardecida desde el otro lado de la calle, indicándome cada paso: última compañía de ese día que creo era de primavera, aunque su recuerdo sea invernal. 


Pasaron unos meses; no me animé a llamarla. Tal vez por el orgullo de no sentirme cobarde finalmente lo hice. Me atiende una voz de mujer mayor.
-Hola- dice, casi inaudible.
-Por favor, quisiera hablar con Miriam.
Y con voz entrecortada y de angustia me contesta:
-Miriam ya no está entre nosotros.
No sé cuánto tiempo más pasó; pero la micro historia se convirtió en anécdota y otro día, como tantos, continué con mis tareas por el barrio, lo común para mí. El camino hasta el lugar donde la había conocido era mi habitual recorrido, a la izquierda dos cuadras de cien metros cada una y a la derecha -por donde me dirigía- el largo paredón perteneciente a un convento. Soledad absoluta de horario no comercial, los coches y el barullo urbano estaban más allá de las vías. Ya había recorrido una cuadra y media dejando muchos metros atrás la puerta del convento cuando de pronto… la vi venir, por la misma vereda en la que yo iba.
-¡Ah!, pensé, así que todo fue una broma, o tal vez la persona que me atendió por teléfono se refería a que ya no vivía en esa casa, o quizás ambas cosas, pero aún estaba viva. Me arrepentí de no haberle preguntado más a aquella mujer.
No me detuve, ella tampoco. La vi bien, de pies a cabeza, hasta en algunos detalles de su ropa; esbozó al pasar junto a mí una sonrisa brillante, de enfermedad nada, me dije. Me dio rabia y por eso no la detuve, pero unos tres o cuatro pasos más adelante, arrepentido, me di vuelta para seguirla y recriminarle algo, aunque no sabía qué. Pero ya no estaba.
Me paralicé, con esa clase de susto que se tiene ante un hecho imposible. La puerta del convento estaba a demasiados metros como para alcanzarla tan rápido, de todas maneras fui a observar: comprobé que estaba cerrada con un candado, no era hora de actividades. Fui aún más allá, para mirar por la bocacalle de enfrente a ver si había doblado, aunque no era factible por la distancia, unos cincuenta metros, no… solo una calle y sus veredas vacías.
Era la siesta, comercios cerrados que apenas devolvían reflejos desde sus vidrieras. Y uno de esos vidrios ofreció mi propia imagen, ahí yo, desconcertado y con una turbación que jamás había sentido.

Mi elección es estar lúcido en todas las circunstancias que la vida me presente, así como lo cuento, ocurrió. Ante la posibilidad de que se haya metido en algún lado analicé hasta el cansancio todas las variantes. Nada.
No se trata de encontrar una explicación, se podrán decir mil cosas sobre este relato, si me decido a contarlo, es por la exclusiva razón que para mí tiene la importancia de aquellas cosas que echan raíz en otro lugar del alma, en este caso el recuerdo de alguien que se instaló en mi pensamiento de manera absolutamente distinta a todo lo que haya vivido.
Durante unos meses dormí mal, pero con el tiempo mi turbación se transformó en energía; historia eterna, sin un final que la estigmatice. El paso de Miriam por mi vida me enriqueció; gracias a ella siento que el mundo es mucho más de lo que veo y que existen muchas más cosas de lo que toco.

De tu boca escapa un ángel y se transforma en ocaso.
Ocaso de luna puesta ahí, sobre la cortina de la tarde;
de tarde delicada como esta cintura tuya
que alguna vez la eternidad diseñó
para que mi brazo tenga su razón de ser.
El último trozo de día se agita en mi mano
y no sé si fuiste ángel o fulgor,
vertiente o átomo de vida.
¡Cuántos rostros tiene la luna
aunque se diga que son sólo dos!
La calle, que es el cauce de las estrellas,
me arrastra en su corriente
y allí, en la garganta del horizonte,
será devorado mi silencio.
Con gemidos nuevos me sumaré al rantifuso coro
de grillos y abejorros para entonar mi gratitud:
ahora soy rico en eternidades, en misterios;
domador de caballos alados, barco y brújula.
De tu boca se escapó un ángel
y me transformó en ocaso.
Ocaso de luna puesta aquí,
sobre la cortina de mi pecho.

Nota: "RANTIFUSO", EN JERGA LUNFARDA DE BUENOS AIRES, SIGNIFICA ERRANTE, VAGABUNDO. Y POR EXTENSIÓN DESGREÑADO, DESPROLIJO.

Milonga del ángel, Astor Piazzolla y Quinteto
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Ultramar








Esa boca tuya.
Boca tuya, esa.
Tuya, esa boca.

Veo una boca.
Es una boca, si, estampada en el medio de la noche. Aunque no sé si es la noche o su pelo, el de la dueña de la boca encima de mí y que no creo imagine todo esto que pienso; tampoco sé si eso allí arriba son estrellas o sus ojos estrellados. Eso sí: la boca es una boca, de mujer, suya, lo sé porque es la boca que siempre esperé tener así de cerca algún día, o alguna noche. Como esta noche de boca suya allí arriba.
 
Por mi piel no han pasado muchos amores, ni pocos. Pero han sido suficientes como para comprobar que hay una relación entre la boca de una mujer y su vagina; lo que estoy diciendo es que algo existe naturalmente en sintonía entre una y otra . O mejor dicho combinan entre sí, como cuando esos zapatos quedan bien con esa ropa, que, aunque no se parezcan, a unos le va bien lo otro. No tengo dudas de que un cuerpo con determinada boca admite solo una determinada vagina.
 
Su pelo cae sobre mi cara, boca tuya, esa, la que me anticipa tus otros labios, le digo sin decirlo mientras la miro, aunque no pueda escucharme.
 
Aún no conozco su vagina, la de esta mujer digo -el momento es inminente aunque no ha llegado aún- pero la imagino a partir de los contornos de esta boca suya, la que encontré allí en medio de su pelo, negro como la noche ahí arriba. Primero su boca, luego su vagina, ese es el orden de encuentros, todavía no vi su vagina, pero la intuyo, porque ya conozco su boca.
 
Pongo rumbo hacia tu boca, dije en aquella primera tarde de café compartido junto a la ventana del bar. Los dos sabíamos que su boca era un puerto intermedio en el que yo recalaría para llegar al otro lado de su piel, en el otro puerto, el más oculto, el que otorga gloria cuando se abre para uno. Ultramar su otra boca, más allá de donde habitan todos los mares.
 
Mi punto de placer sos vos, me diría luego, convirtiendo las palabras en un océano interior por el que navegaría más lo perceptible que lo aparente. Palabras. Como las que suelen salir de las bocas, boca tuya, esa, que pronunciará palabras, como las que luego me dirás.
 
Soy hombre y suelo indagar el cuerpo de la mujer en busca del mayor placer que pueda proporcionarle. No es altivez, conozco mis limitaciones, por eso suelo dejar que el instinto sea quien timonee mi barco. Pero como hombre que soy, la razón se acomoda casi siempre entre los pliegues de mis acciones, disparando desde allí planteos casi científicos que la mujer pulveriza de inmediato con pocas palabras, con salvaje pureza, con su boca. Palabras salvajes y puras, tuya esa boca, la que pronuncia pocas palabras, justas, húmedas del aliento de esa boca tuya.
 
Pongo rumbo, si. Mi mascarón de proa lleva un caballo alado, surcar estas aguas será cruzar el rubicón de la piel acompañado de sirenas buenas; será como bailar descalzo sobre un rayo lunar, o elevar en espiral las semicorcheas de una canción marinera.
Navegaré nocturnamente, con el pecho desabrochado. Y los grises vientos que desparraman furias en vano, no impedirán este ramo de ganas que llevo por velamen, ni este aliento atrevido que deja sus miedos en la sentina del alma.
Y su beso primero y el otro beso de sus otros labios tendrán un algo de fruto prohibido y otro algo de salino regalo. En las setenta líneas de mis manos llevo el pasado arrugado, lleno de gaviotas como arrebatos que aún no han volado.
Más allá de todos los mares, más cerca del infinito que de mis horas, atraparé la gloria de un prodigio que aún no ha cesado y me vestiré de vanidades a la hora de su agasajo. Ahora dos temblores marcan mi brújula mirada: el norte carmesí de su boca visible y el oculto sur de sus prometidos labios...

Tres razones (Mabel)



La puerta de la habitación se abrió lentamente y entró Mabel.
Pelo oscuro y lacio, piel trigueña, estatura mediana, ojos de negro profundo, algún kilo de más pero bien repartido entre sus rincones. Solo detalles, que no muestran para nada su verdadera virtud estética; de a poco se entenderá esto que digo.
Los momentos ansiados son al mismo tiempo temibles; es notable como obra el deseo en un hombre: en el momento justo de tener lo esperado, cuando de esa otra piel se trata, se presenta un leve escozor que reparte temores por todo el cuerpo. Suele ocurrir, si, pero no me pasó con ella; su firme sonrisa al entrar -sonrisa que con el transcurso de nuestra corta vida en relación comprendería en su totalidad- hizo que mi seguridad masculina nunca se extraviara. Habíamos quedado en que nuestro primer encuentro amoroso sería así: ella entraría sin llamar a la casa, luego a la habitación y yo la esperaría en la cama.
Ese es el momento en que el mundo deja de existir y se transforma en una penumbra sabia y creativa, desde la cual emerge la luna clara del rostro de una mujer. Puede que afuera millones de personas se movilicen con sus miserias y sus triunfos, en medio del rugir de los motores, entre disputas y regocijos. Pero esa sonrisa, ahora hechicera, estableció el claro de luna exacto desde el diseño de un círculo mágico y protector, aislante de toda urgencia urbana.
Una fina lluvia apenas rumoreaba del otro lado de la ventana trayendo el recuerdo de otra lluvia, la del día que nos conocimos, cuando -ante mi pregunta de si le gustaba el tiempo así para escuchar música- sin ruborizarse me contestó:
-En el momento del amor no escucho ni la lluvia ni la música.
-¿Y después del amor?- insistí.
-El amor después del amor-, respondió con el título de una famosa canción.
No todo en ella era procaz, sabía también esbozar una sonrisa amable. Es que era una buena mujer, sensible al mundo, solidaria con sus compañeros de trabajo. No compartimos muchas charlas, duró poco nuestra relación, conocernos y apenas tres encuentros amatorios para luego distanciarnos casi como se produce el cambio de temperatura ambiental, naturalmente. Y en lo poco que conversamos, disfruté de su particular humor; no ese humor que te desarma de risa, sino el otro, el que motiva la mueca suave. Una vez le pregunté:
-¿Te casarías conmigo?-, a lo que ella, sabiendo que bromeaba respondió:
-No.
-¿Por qué no? Dame tres razones.
-No, no… y no- dijo, contabilizando lentamente y pensativa con sus dedos.
El amor es algo difícil de medir. Puede que no hayamos tenido grandes momentos de charla compartida, pero hasta donde yo sé, aún no se ha inventado un amorímetro que determine a partir de que circunstancia hay amor y cuando no.
Y allí estábamos, ella entrando hacia nuestro primer encuentro a solas y yo estirando mi mano para tocarla, sin dejar de sentir el vértigo que produce ese acto justo en el instante en que parece abrirse un abismo a pesar de la corta distancia. Se dejó tocar y eso profundo que pensé me devoraría, volvió a ser el grato alfombrado suelo; mi ego se normalizó rápidamente al comprobar mi exageración, porque Mabel, entregada, permitió que comenzara a desnudarla -que tonto me sentí, si para eso había venido-.
Como ya dije, nuestros encuentros ajenos al mundo fueron tres. En cada una de las dos ocasiones anteriores percibí que me observaba, como si estudiara mi manera de gozar; pero fue al tercer y último encuentro que mi mente se abrió y comprendí. Ocurrió a partir de otra sonrisa suya, nueva para mí, indudablemente satisfecha; como siempre me observaba, y en determinado momento apareció un gesto leve de sus labios, diferente a todo lo anterior, acompañado de un brillo penetrante en los ojos al momento de preguntarme:
-Así es como te gusta ¿no?
Su placer consistía en generar en mí el mayor placer posible, supo cómo encontrarlo y en el momento exacto de su triunfo, sabiéndose triunfadora, lo confirmó. Creo no equivocarme si digo que todo acto humano es estético; en el amor de piel también. Al menos a mí esa actitud y esa sonrisa me resultaron de una belleza casi artística.
         Años más tarde, por esos favores de internet, vi su foto, un rostro desconocido ahora cuando ayer no lo fue. No debí mirar, lo mejor ya lo habíamos vivido.

El amor después del amor, Fito Páez

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La desnuda piel del otoño

Aquella noche en la que te dije que amo el otoño de esta ciudad se gestó en vos la decisión de regalarme uno, a tu manera.
Fue así como en lo más profundo de mis ojos provocaste el primer relámpago de desvelo, desde tu escote en ocres de sol, desde el follaje vacilante que allí apremiaba la primera caída, provocada por tus manos al correr un bretel y luego el otro por el borde de esos hombros tuyos, como parques.
Así cayó la primera hoja, como una reina. Cayó para que se animen las demás, en ese punto de la habitación coordenada de mis ojos, donde con suavidad mitológica se deslizó tu vestido y llegó al suelo para preparar el espacio que ocuparían las hojas siguientes. Allí se concentró en una fracción todo mi tiempo vivido al deslizarse la prenda a la velocidad justa como para elevar mi temperatura otoñal. Y esperé más hojas por caer, porque la caída de todas ellas me despojaría de las dudas sobre el amor y la vida.
Fuí un privilegiado. Desde mi quietud observé el desarrollo de tu desnudo, lento, lánguido, el que me prometiste a pesar de tu timidez, el que cumplías a pesar de tus temores. Alguien dijo que el hombre que careciera de ese regalo no debería considerarse realizado, pensé que exageraba, pero en mi piel se abrieron poros negados al ver la escena que creabas, mis ojos potenciaron su visión, mis manos volvieron a nutrir fogatas y me proyecté por el tiempo en forma inversa, repleto de vestigios de masculinidad pura.
Tus manos acopiadoras de vientos amasaban un prodigio, y en su misión de provocar temblores arremetían contra la penúltima hoja. De ser cierto que existe eso llamado amanecer, entonces fue depositado en tus manos, que es donde nacen todas las cosas. Manos que allí y entonces se arremolinaban por los arrabales de tus pechos y sombreaban deseos sobre las curvas de mi destino. No era sólo el desnudo de tu cuerpo, era también el de tus ganas.
Cuando el eco de un tango crepusculado se te convirtió en jadeo para trotarme en la rea ternura de una ofrenda, desde un distraído silencio la penúltima hoja cayó en pirueta junto a tus pies. ¿Cómo escuchar la melodía muda de tu savia si yo sé que, en tus rincones, ha quedado depositado el silencio maestro del universo previo a este universo próximo a mi, heredero de todas aquellas cosas creadas para germinar -bajo la piel de un hombre- el único impulso posible que es el deseo definitivo por las formas de una mujer? De esa mujer que ahí eras vos. De este hombre que era yo al mirarte.
No percibo en el otoño la decadencia que los poetas tejen en versos con hilos de amargura; frente al árbol casi sin hojas se intuye la magia de lo latente. Como aquello también latente que dejaste en mis rincones con sabor a mañana siendo ancestral.
Goteaban los almendros fugados del verano tu melífero empeño. Entonces sentí, con versos atorados en mi boca, el punzar de una flecha. Con hambre fatal en los brazos, clandestino y bravo en afanes, este instinto mío se desbocó en galope interno cuando el ángel renegado de tu rutina dejó caer la última prenda que descifraría, al fin, mi futuro. Anhelo deshojado para siempre, pesadumbre del pasado para nunca.
Así como te ví, te veré: porque tu imagen quedó tallada en mis ojos.