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Amores mínimos: Mabel


La puerta de la habitación se abrió lentamente y entró Mabel.
Pelo oscuro y lacio, piel trigueña, estatura mediana, ojos de negro profundo, algún kilo de más pero bien repartido entre sus rincones. Solo detalles, que no muestran para nada su verdadera virtud estética; de a poco se entenderá esto que digo.
Los momentos ansiados son al mismo tiempo temibles; es notable como obra el deseo en un hombre: en el momento justo de tener lo esperado, cuando de esa otra piel se trata, se presenta un leve escozor que reparte temores por todo el cuerpo. Suele ocurrir, si, pero no me pasó con ella; su firme sonrisa al entrar -sonrisa que con el transcurso de nuestra corta vida en relación comprendería en su totalidad- hizo que mi seguridad masculina nunca se extraviara. Habíamos quedado en que nuestro primer encuentro amoroso sería así: ella entraría sin llamar a la casa, luego a la habitación y yo la esperaría en la cama.
Ese es el momento en que el mundo deja de existir y se transforma en una penumbra sabia y creativa, desde la cual emerge la luna clara del rostro de una mujer. Puede que afuera millones de personas se movilicen con sus miserias y sus triunfos, en medio del rugir de los motores, entre disputas y regocijos. Pero esa sonrisa, ahora hechicera, estableció el claro de luna exacto desde el diseño de un círculo mágico y protector, aislante de toda urgencia urbana.
Una fina lluvia apenas rumoreaba del otro lado de la ventana trayendo el recuerdo de otra lluvia, la del día que nos conocimos, cuando -ante mi pregunta de si le gustaba el tiempo así para escuchar música- sin ruborizarse me contestó:
-En el momento del amor no escucho ni la lluvia ni la música.
-¿Y después del amor?- insistí.
-El amor después del amor-, respondió con el título de una famosa canción.
No todo en ella era procaz, sabía también esbozar una sonrisa amable. Es que era una buena mujer, sensible al mundo, solidaria con sus compañeros de trabajo. No compartimos muchas charlas, duró poco nuestra relación, conocernos y apenas tres encuentros amatorios para luego distanciarnos casi como se produce el cambio de temperatura ambiental, naturalmente. Y en lo poco que conversamos, disfruté de su particular humor; no ese humor que te desarma de risa, sino el otro, el que motiva la mueca suave. Una vez le pregunté:
-¿Te casarías conmigo?-, a lo que ella, sabiendo que bromeaba respondió:
-No.
-¿Por qué no? Dame tres razones.
-No, no… y no- dijo, contabilizando lentamente y pensativa con sus dedos.
El amor es algo difícil de medir. Puede que no hayamos tenido grandes momentos de charla compartida, pero hasta donde yo sé, aún no se ha inventado un amorímetro que determine a partir de que circunstancia hay amor y cuando no.
Y allí estábamos, ella entrando hacia nuestro primer encuentro a solas y yo estirando mi mano para tocarla, sin dejar de sentir el vértigo que produce ese acto justo en el instante en que parece abrirse un abismo a pesar de la corta distancia. Se dejó tocar y eso profundo que pensé me devoraría, volvió a ser el grato alfombrado suelo; mi ego se normalizó rápidamente al comprobar mi exageración, porque Mabel, entregada, permitió que comenzara a desnudarla -que tonto me sentí, si para eso había venido-.
Como ya dije, nuestros encuentros ajenos al mundo fueron tres. En cada una de las dos ocasiones anteriores percibí que me observaba, como si estudiara mi manera de gozar; pero fue al tercer y último encuentro que mi mente se abrió y comprendí. Ocurrió a partir de otra sonrisa suya, nueva para mí, indudablemente satisfecha; como siempre me observaba, y en determinado momento apareció un gesto leve de sus labios, diferente a todo lo anterior, acompañado de un brillo penetrante en los ojos al momento de preguntarme:
-Así es como te gusta ¿no?
Su placer consistía en generar en mí el mayor placer posible, supo cómo encontrarlo y en el momento exacto de su triunfo, sabiéndose triunfadora, lo confirmó. Creo no equivocarme si digo que todo acto humano es estético; en el amor de piel también. Al menos a mí esa actitud y esa sonrisa me resultaron de una belleza casi artística.
Años más tarde, por esos favores de internet, vi su foto, un rostro desconocido ahora cuando ayer no lo fue. No debí mirar, lo mejor ya lo habíamos vivido.

El amor después del amor, Fito Páez

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18 comentarios:

  1. Sin duda, en tu corazón quedó una hermosa huella.
    Un abrazo.

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    1. Amalia, lo interesante es que uno a veces se sorprende a sí mismo, porque nunca creí que la recordaría alguna vez. Y por algo escribí esto.
      Abrazo agradecido.

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  2. Somos curiosos del ayer, allí… muchas veces perdemos el tesoro de lo vivido, pero creo que tú lo conservas.
    Abrazo

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    1. Tal cual María del Rosario, conservar estos recuerdos es lo que busco porque no es estancarse en el pasado, es tener raíces.
      Otro abrazo.

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  3. Guau. Uf, me encanta como escribes Navegante, porque además, no escribes, vives las letras. Qué emoción ese amor en la tarde de lluvia, con tan pocas ocasiones compartidas, o tal vez no, tal vez las justas y necesarias. Esas tardes de lluvia que incitan a dejarse llevar.
    Me ha encantado esa nueva sonrisa en la descubridora al fin del compañero.
    Precioso.
    Muchos besos :D

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    1. Gracias Margarita, creo que dijiste lo exacto, fueron las ocasiones justas y necesarias. Todo pasa, nada es eterno y saber cuanto tiempo hay para cada cosa es algo que debemos aprender.
      Ahi van besos agradecidos para vos.

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  4. Una mujer especial era Mabel.
    Lo bueno es que te regalo su experiencia para que disfrutarás. Todas tus historias están tan bien narradas que da gusto leerte.

    saludos Navegante.

    mariarosa

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    1. Asi es María Rosa, lo suyo fue un regalo que se recuerda siempre.
      Saludos para vos.

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  5. Me ha gustado como has hecho este relato en recuerdo a ese amor , aunque fueran tres encuentros en ellos se lee entre lineas que a parte de haber sexo hubo algo más sino no lo recordarías con ese cariño especial .
    Saludos buen día.

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    1. Campirela, ese "algo mas" es lo que siempre destaco en mis relatos porque es lo que definitivamente me interesa. Gracias por notarlo.
      Que tengas buen día vos también.
      Saludos.

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  6. Mabel, sin duda es una mujer que sabia donde toca, seducía y acariciaba tu alma, y así poder encender en ti, emociones insospechadas. No hay mayor atracción que la de dos mentes que encajan, que se buscan y se descubren más allá de la piel y los sentidos, porque acariciar el alma, es renacer en el otro sin dejar de ser uno mismo.
    Navegante, buen relato. un abrazo.

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    1. Cristina, valoro los análisis como el tuyo, los valoro porque son la esencia misma del espíritu de lo relatado. Cada opinión así es una joya para releer de vez en cuando y enriquece lo escrito.
      Gracias, miles.

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  7. Me ha encantado este escrito, fluido, valeroso, artístico, humano. te felicito

    Paz&Vida

    Isaac

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    1. Gracias Isaac amigo, tu visita siempre es apreciada.
      Un abrazo.

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  8. Qué placer volver a leerte, y conocer a otra de esas mujeres bellísimas que han cruzado por tu vida. Qué diferente ella, y cuánta intriga me genera esa búsqueda del placer del otro al punto de que sea un triunfo. Sin duda se esconde allí aún más de lo que deja vislumbrar. ¡Un abrazo, Navegante!

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    1. Y que placer, el mío, de volver a verte por aquí. Cada mujer es diferente a su manera, eso es lo hermoso del universo.
      ¡Abrazo grandote!

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  9. Y que importante es recordar y conservar todo lo vivido en la memoria del alma.

    Precioso escrito, un placer leerte, Navegante.

    Besos .

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    1. Así es María, es mi placer tu visita.
      Otro beso.

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