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Fui lo prohibido


Soy la aventura que llegó
para ayudarte a continuar
en tu camino.

Lo que aquí relato no es una historia, sino un recorte de ella; ocurre que la vida carece de una hilvanación prolija. Y así fue mi relación con Eme, un puñado de momentos alternados dentro de un período de tiempo determinado. Aquí el más valioso de ellos.
Mujer simple, bella persona, buena compañera y muy femenina. Se movía con sigilo entre las cosas; voz amable, suave, cálida. Le gustaba dibujar y escribía poemas de una creatividad notable. Pelo negro rizado y salvaje, bonita, su cara me despertaba ternura, mejillas amplias, gestos  de cierta timidez, ojos negros con ese leve velo de tristeza que define al pensador, al ser sensible ante el mundo.
También en lo sexual era simple. Desde un comienzo fuimos muy confidentes, por eso no tardó en contarme que jamás había tenido un orgasmo a pesar de estar en pareja desde hacía diez años, la única relación de su vida hasta entonces. Y con el tiempo me confesaría que desde un principio sintió algo distinto cuando hablaba conmigo, algo que describiría como un palpitar en su entrepierna. Y, precisamente por estar en pareja y sentir algo fuerte por mí, es que fui lo prohibido.
A su mismo ritmo, desarrollé una pronta calentura por ella, término fuerte pero es el justo para definir lo que pasaba durante nuestros encuentros. Me gustaba, esa personalidad de mujer con cierta honesta simpleza y dispuesta a pasiones intensas con quien conquiste su mente, entra en mi tipo de mujer -como se dice comúnmente-.
Por entonces y siempre ella en pareja, tuve una encantadora experiencia. Una tarde me pidió encontrarnos –no importa dónde, no hace al relato-; llegado el momento y luego de una corta charla, dirigió su mirada hacia mí y, en un impulso liviano pero dentro de un nerviosismo evidente, se levantó la ropa y me mostró sus pechos. Existe una película argentina que tiene una escena similar, aunque allí la protagonista los muestra con una sonrisa en la boca, en cambio Eme lo hizo con tensión en sus labios y un brillo de cortedad en la mirada fija hacia un costado.
No tenía en absoluto un perfil de mujer infiel. No era premeditado lo que hacía, eso me gustó ya que estaba siendo arrastrada por lo inevitable, por el fervor que se gestaba en su cuerpo y mente. Y durante ese tiempo de ingenua infidelidad escapaba de mí como quien huye de un espectro; pero al tiempo regresaba. No dormía bien, yo habitaba sus pensamientos con persistencia, situación que llevó a la separación de su pareja; a pesar de esto seguí siendo lo oculto, lo prohibido, nada comentaba a sus amigas o a su familia, quizás por el temor al que dirán teniendo en cuenta los muchos años que yo le llevaba, o quizás por ser introvertida.
A pesar de esos tiempos atormentados para ella, aunque dulces para mí, me regaló un desnudo memorable, lento y sensual, el único que una mujer llegó a dedicarme. Otras se desnudaron delante mío, sí, pero como preludio a un normal episodio amoroso; lo de Eme fue decisión libre y personal, algo que ella quiso ofrecerme por haberle despertado nuevas sensaciones. A ese acto de entrega voluntaria lo conservo como una de las caricias más intensas que mi ego ha recibido. Las aventuras realmente poderosas son aquellas que enriquecen el alma de sus protagonistas; sentí que esos momentos de nuestra relación eran precisamente una aventura que me mejoraría como hombre... y así fue. Este recorte de la historia duró corto tiempo, pero dejó marcas en mi piel.
La memoria a veces nos hace trampa, sin embargo creo recordar bastante bien su cuerpo nutrido pero de buena figura: piel rosada, piernas derechas, espalda y hombros sensuales, lindo trasero, pezones de un suave morado dentro de pechos que, vistos de frente, sobresalían tenuemente por los costados en semicírculo. Me gustaba, me hacía bien su desnudez.
En esos días tuve de Eme la vivencia de la entrega total, absoluta, que no moría en su desnudo voluntario, porque ya sin ropa se recostaba y abría las piernas para llamarme desde el abismo de cielo de su vagina abierta. -Es para vos- me decía mientras sus dedos dibujaban allí una constelación de cinco estrellas, una para cada uno de mis sentidos.
Pensé por entonces que me consideraba sólo como al hombre justo para provocarle la explosión -según una definición que compartíamos-, porque eso daría forma a la necesidad que latía en ella y que se empezaba a manifestar con la fuerza de un volcán. Por fin pude estimularla para que llegara a su primer orgasmo y pensé que allí finalizaría su interés por mí, pero no, a partir de ese momento comenzó a manifestar expresamente un amor intenso. Y también disfruté eso, es hermoso sentirse amado.
Un recorte de la vida, vertiginoso y de encuentros furtivos. Ella se ofreció con transparencia, con el fin de generar en mí el mayor placer posible; indudable acto amoroso. En un mundo en el que se busca egoístamente la satisfacción propia a cualquier precio, querer para el otro el máximo placer es una de las manifestaciones de amor más puras que al menos yo pueda reconocer. 
Con Eme no creamos una historia detallada, más bien inventamos espacios alternados de tiempo limitado pero fogoso. Después de todo la felicidad es eso, momentos.

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Primero, escena de la película "Sur" de Pino Solanas
Luego, Natalia Lafourcade canta:
"Soy lo prohibido"