Este sitio contiene una serie de relatos sin orden. No es de actualidad y por eso lo anterior es tan válido como lo último. En la columna de la derecha, en la sección "Para leer" están los enlaces a cada texto. Espero les gusten, gracias.

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Los labios de la lluvia

Hola a todos. No soy de publicar muy seguido, por lo cual de vez en cuando re-publico algo para los nuevos amigos. Aviso: este es un relato extenso, sólo para quienes aman la lectura.
Los invito a leer "Los labios de la lluvia"... un poquito más abajo...

Los labios de la lluvia


Mis primeros años pasaron dando tumbos por los baldíos, agazapándose entre ligustros para espiar libélulas o robarles frutas a los vecinos.
Vivíamos en un barrio del sur de Buenos Aires, calles de tierra y asfalto alternadas. Mis juegos eran los típicos: bolitas, figuritas, pelota.
Tendría yo unos nueve o diez años cuando comencé a tener espontáneas reacciones en mi zona erógena, en especial al dormir boca abajo. Esto fue incrementándose hasta que un día haciendo pis siento algo desconocido, imprevisto, al mirarme veo salir mezclado con la orina un líquido blanco. La sensación fue tan placentera que lo que menos me importó era saber si me había agarrado alguna peste, por entonces no existía información sexual ni los padres hablaban con los hijos, todo debía ser descubierto naturalmente. A nadie quise contarle, a ver si encima se les ocurría curarme.
Entonces yo, que había pasado años enteros jugando a juegos manuales, descubrí recién ahí que tenía manos. La naturaleza me estaba diciendo que esa zona de mi cuerpo, de ahora en más, ocuparía un lugar de privilegio por mucho tiempo.
Y así finalizó mi niñez.

Mi casa estaba ubicada en la mitad de una cuadra, al lado vivían unos tíos míos y mi primita Sandra que tenía un año menos que yo.
No se porqué, pero lo cierto es que los adultos no ejercían casi ningún tipo de control visual sobre nosotros y por eso conseguíamos estar solos en cualquier rincón de la casa. Lo cierto es que ante tal libertad, un día le pedí me muestre su partecita íntima, a cambio de mostrarle luego la mía.
-Bueno, me dijo.
Que divina, se corrió la bombachita graciosamente y lo que vi me hizo olvidar de inmediato aquellos juguetes de mi cercana infancia. Eso tan maravilloso que tenía delante de mí, una rayita vertical formada por dos labiecitos de carne y sin un solo pelo fue, categóricamente, mi nuevo juguete. La toqué y un olor salvaje pero delicado invadió, científicamente, mis fosas nasales y, emocionalmente, mi alma de pies a cabeza, en esa exacta dirección ascendente.
Otra delicia fue aquello que percibí al mover mis dedos en su intimidad. Lógicamente la excitación era algo desconocido para ella y por lo tanto su zona no se humedecía, haciendo que esa sequedad produjera un “triki cliki” apenas audible, hechiceramente sonoro. A veces pienso que mi gusto por la música tuvo allí su origen.
Nuestros encuentros eran distantes pero tenían constancia. No sólo nos tocábamos y mostrábamos las partes, si no que además intercambiábamos datos pudendos dentro de la más inocente llaneza.
Y así, durante dos años, vivimos juntos las imperceptibles transformaciones que ocurrían en la intimidad del otro, siendo la principal la aparición de una impertinente pelusa en la zona pélvica.
Habiendo por entonces logrado una plena confianza mutua, le propuse mostrarle mis habilidades manuales.
-A ver, me dijo siempre graciosamente.
Nos sentamos en el piso, frente a frente y comencé con destreza a estimular mi durito miembro. Su carita cargada de curiosidad y asombro me estimuló lo suficiente para que, sin mucha tardanza, mi joven líquido blanco se derramara sobre la alfombra. Sin desviar la vista, abrió la boca y me regaló un ¡ah…!
Y con su exclamación finalizó mi pubertad.

Tiempo después cumplí catorce años que, por entonces, no eran como los de ahora; equivaldrían mentalmente a unos ocho o nueve. No eran habituales las revistas eróticas, ni las películas porno ni nada que pudiera parecerse. Conocer algo nuevo era un verdadero milagro.
Por esos días dejé de tener la complacencia de Sandra, ella había dado forma a su personalidad y no le parecía bien seguir con los juegos íntimos. Y ocurrió algo insólito en el barrio: llegaron nuevos vecinos, cosa nada habitual en lugares donde la gente es la misma durante veinte años. Una familia de varios hermanos con hijos y primos, entre ellos una petisita que de entrada me gustó al igual que a uno de mis amigos.
Ernesto, uno de los integrantes de esa familia se integró rápidamente a mi pequeño grupo de amigos, pero nos llevaba algunos años, unos cinco más o menos lo cual generaba en nuestras madres desconfianza, todo muy propio de una época en la que nadie quería que “aviven” a sus hijos.
Poco tiempo pasó para que tomara una decisión que influiría totalmente en mi vida futura, y que me mostraría ante los demás como alguien “distinto”. Había llegado el verano y mis padres planeaban unas vacaciones, como siempre en La Pampa, donde teníamos parientes. Allí nos fuimos a comienzos de enero por quince días. Antes de partir tomé un papel y escribí mi primera carta de amor, esta fue la decisión que marcaría mi horizonte amoroso, sería medio poeta, bastante Cyrano sin saberlo. Por mi timidez no se la entregué directamente a la petisita, se la di a Ernesto, su hermano. Durante mi ausencia, ella se encargó de mostrársela a toda la familia y a toda la barra. Traidora.
Al volver intuí algo feo para mi ego, miradas esquivas de mis amigos indicaban tiempo dudoso para mí. Simplemente ocurrió que durante mi viaje ella se puso de novia con mi otro amigo, el que gustaba también de ella. Dolor, un poquito de llanto y orgullo herido por la derrota y por verme expuesto ante todos en mi carta difundida sin clemencia.
Esto hubiera sido suficiente para que olvidara cualquier deseo de ser escritor. Pero si hoy garabateo historias y poemas dedicados, se debe a una motivación inesperada: durante mi ausencia había llegado otro integrante de esa familia, para quedarse a vivir: Analía.

Analía tenía veinte años, seis más que yo, para esos tiempos una diferencia abismal. Poco tardé en enterarme de algo maravilloso, que hasta hoy me conmueve y, agradecido de por vida, lo recuerdo una vez más: ella misma me contó a los pocos días de conocernos que, mientras yo estaba en La Pampa, la petisita le había mostrado mi carta de amor. Consecuencia: sin conocerme le gusté mucho.
Era morocha de pelo, trigueña de piel, ojos negros, labios gruesos, ni gorda ni flaca, agradable en general. La típica criollita del Gardel de algunos tangos; también golondrina de un solo verano.
Ella lo hizo todo, concretamente me conquistó sin darme tiempo a pensar. Una noche de incipiente tormenta estaba en casa de ellos con mi amigo, escuchando música. Coincidió el comienzo de la lluvia con la hora de irme, me dirigí a la puerta de salida y al darme vuelta para saludarlo vi que ella le pedía con un gesto, que se vaya, que nos deje solos; aún recuerdo el aire gracioso de ese gesto, plantándose firmemente ante él con la mano en alto, expresándole el tradicional “seguí tu ruta”. Acercándose a mí, con mirada brillante ofreció su boca semiabierta, entrecerrando los ojos. Si no tomaba eso que me estaban dando, era para balearme en un rincón, también como dice un tango.
Con ese beso germinal –en la penumbra del recinto, con la puerta abierta hacia la noche y la lluvia cayendo a centímetros de mis pies- crucé un umbral de tiempo y me metí para siempre en la tormenta mansa, o en la boca estival de Analía, es lo mismo.

No se si esto que diré es aplicable a todas las mujeres, pero la mayoría de las que conocí con cierta intimidad tenían una deliciosa personalidad dual. Lejos de molestarme, o de sentirme desorientado ante sus cotidianas “contradicciones”, las disfrutaba; si al fin y al cabo era como tener dos mujeres en una.
Uso el término “general” porque en ella esto no ocurría visiblemente, o por lo menos durante nuestra relación no surgió, Analía era franca, firme y sin vueltas. Y su simpleza era extrema, no proyectaba nada, ni personal, ni de pareja, ni grupal, prefería disfrutar del momento.
Con ella jamás sufrí el torturante reclamo “vos no me comprendes”. Lejos estaba yo de pasar por alto ese rasgo de la personalidad femenina, no lo tenía en cuenta porque ni siquiera lo conocía. El hombre que toma a una mujer por lo que parece, se llevará una sorpresa; pero ocurre que yo aún no era un hombre, sino apenas un preadolescente o como se le de en llamar. Y tal vez allí radicaba el secreto de lo fluido que transcurrió todo entre nosotros: ni yo tenía idea de los cambios de ánimo femenino, ni ella manifestaba su dualidad. Jamás hubo en mi vida una relación tan invariable y cristalina.

-¿Dale que éste es nuestro tema? –me dijo una noche mientras desde el reproductor de música Salvatore Adamo cantaba Porque yo quiero.
Tema y cantante por aquellos días de mediados de los sesenta eran famosísimos; y se imponía la costumbre de que las parejas tuvieran “su” tema. La letra poco tenía que ver con el momento meloso que ella y yo vivíamos, pero a mí me daba igual.
-Dale –le dije haciéndome el interesado, pero respetuoso de esa conexión que ella establecía entre nosotros, la noche de verano, el momento, y la música. ¡Que lejanos días! Aún cuando mis gustos musicales pasan por otro lado, si hoy me faltara esta canción sentiría amputada parte de mi alma.
La habitación donde estaba ubicado el tocadiscos tenía una ventana que daba a la calle. Un pequeño jardincito perfumaba el rincón entre esa ventana y la verja en la que nos sentábamos a regalarnos afectos. Paraísos añosos hacían de techo natural; más allá la calle de tierra, trenes a lo lejos y la inmensidad colmada de grillos, luciérnagas y caricias.

No me resulta fácil explicar una relación basada solamente en la ternura; mucho más fácil es describir momentos sexuales. Pero ocurre que sexo no tuve con ella –eso llegaría un tiempo después, pero con otra chica-; fríamente analizado, fueron más sexuadas mis aventuras con Sandrita. No negaré que la falta de relaciones con Analía se debió exclusivamente a mi inexperiencia, hoy siento que hubiera sido hermoso debutar con ella y hasta me da vergüenza asumirlo. Lo real –teniendo en cuenta que éste relato es autobiográfico- es que nuestra vida amorosa pasaba por apartadas dimensiones; la falta de sexo en esa relación me inculcó una variedad de aprendizajes que años más tarde aprovecharía para darle, a mis otros amores, sensaciones más completas.
Eso si, pasamos largas horas besándonos y conociéndonos la piel aunque sólo haya sido del rostro, del cuello, de los brazos y manos. Por intuición -y no por recuerdo- sé que en esas noches aprendí que existen tres olores producidos por la piel: el propio, el ajeno y la mezcla de ambos. Amaba olernos luego de esas largas sesiones apasionadas, con mucha lengua, con mucho mordisco en el cuello y frotación de cara en los brazos; los aromas de piel fueron el alma de nuestra relación.
El despertar de ese sentido me ha otorgado más aprendizaje amatorio que la tradicional penetración.

Se fueron las noches perfumadas, llegó el frío.
Y ocurrió algo que modificaría la esencia de nuestro noviazgo: la familia se mudó a pocas cuadras de allí, a una casa sobre el asfalto, sin árboles en la puerta ni jardín floreado, con luz de gas justo delante de la entrada y lo peor, sin verja donde sentarse. Estos detalles cambiaron absolutamente todo, y nada volvió a ser igual. La casa original era parte de nuestra relación, jamás estuvimos en otro lugar que no fuera su verja; al dejar de existir para nosotros se disolvía lo que nos mantenía unidos.
El final ocurrió sin discursos, ni reproches, ni sorpresas. Una tarde, en la puerta de la nueva casa, nos miramos y alguno de los dos preguntó:
-¿Terminamos?
A lo que el otro respondió:
-Y… si.

Seis años más tarde el mundo había cambiado y yo también. Ya vivíamos con mis padres y mi hermano en otro barrio cuando un día, sorpresivamente, recibí la visita de mi amigo Ernesto. Luego del afectuoso saludo y las primeras anécdotas me entregó una cartita cuyo texto de exquisita ternura se me viene a la mente con desorden, pero sé claramente que comenzaba con mi nombre en diminutivo y finalizaba con una frase perdurablemente simple: “… te recuerdo con mucho cariño, Analía.”

¿Qué lluvia me lavará tus besos? Si la lluvia misma es tu boca.
¿Dónde comienzan sus labios y donde terminan tus nubes?
Salgo a la calle, me deslizo por la nocturna humedad de tu lengua y me envuelve el agua, o el vapor de tu aliento, no lo sé. Sus gotas o tus gotas se acomodan en los huecos de mis poros para durar cómplices del recuerdo gestando la fiebre primera, insinuando una pulmonía de amor.
La lluvia deja caer mansamente gruesos labios en embustero formato acuoso, tramando una pared en cascada, sin rayos ni centellas, llana, aromatizada con fragancias de piel trigueña: a la hora de sentir lo que siento, se me antoja que es tu boca emanando dulce ozono.
Procede entonces la tentación de quedarme a vivir dentro de ese beso para ver pasar milenios de lluvia y empaparme de asombros una y otra vez. No me queda otra que intentar un pacto con la noche, para no empantanarme en el barro iniciático, en aquello que es lo primero para siempre. Porque ese beso nunca pasará, estará en cada vapor de café, en cada baldosa con la que tropiece, en cada fiebre invernal, en cualquier patio, en cualquier giro a contramano.
Y le pido ayuda a los árboles rayados por la tormenta lenta, a los grillos callados en cuevas de juncos, a la muda soledad de la calle que se mete hacia el fondo de ese abismo cavernoso llamado horizonte. Pido clemencia para disfrutar los besos que vendrán, porque si nunca salgo de tu boca lluviosa moriré para siempre y seré fondo de charco, esperando diluvios para existir.
Esto que me moja sin piedad no es la lluvia, es un labio y el otro sobre el mío junto al otro también mío, o tuyo, que se yo; es un temblor microscópico saboreando mi carne, mordisqueando imperceptiblemente la cóncava vida que me aferrás entre los dientes.
Tu boca muele un beso en el molino de mi aliento. Y cualquier cosa que suceda luego será parte del círculo eterno, así aprenderé sin darme cuenta que puedo irme volviendo.
Y toda lluvia es esa lluvia. Y todos los besos son tu beso.

Porque yo quiero, Salvatore Adamo

La sombra del mandato


Luego de la noche en que la conocí sucedió una secuencia de correos en ida y vuelta que están entre los más dulces que he compartido y que aún conservo como tesoro. Es necesario aclarar que algunos años atrás, no existía el facebook, ni el whatsapp, la moda era comunicarse por mail. 

Esa noche el lugar estaba repleto de gente joven. Yo, con cincuenta y dos años, me sentía desubicado y con el eco de un ánimo espantoso. En un momento determinado cuando ya pensaba en retirarme, aparece una chica que me dice:
-¿Te molestaría charlar con alguien joven?
Ante lo inesperado tuve que esforzarme para controlar mi temblor.
-Al contrario, casi que ya me iba porque no me sentía cómodo -respondí-, ¿porqué conmigo? acá la mayoría es gente de tu edad.
-Sí, pero los de mi edad me aburren, prefiero hacerlo con alguien mayor.
Leticia, tal su nombre, no era una persona de burlarse de los demás, puedo decirlo ahora habiéndola conocido bastante bien; pero confieso que al principio evalué esa posibilidad.
Grata charla, claras palabras despabilando futuros, intercambio de mails y fin de la velada.

Me desperté a la hora de los ojos tuyos, amanecido en el recuerdo de tu rostro, abierto como el mar.
Todo ocurre en el pasado, digo "ahora" y ya pasó. Le sonrío a las formas que me envuelven desde anoche y veo un gorrión al tiempo que percibo una brisa que roza mi mejilla, como mensaje que llega por el sudeste de la piel.
Pero esta mañana transcurre intensa, plena y luminosa como el vientre tuyo que no conozco pero intuyo. Tu tiempo es el mío, fusionados... ¿sentiste al nacer que había un hombre esperándote? Porque me buscaste sabiendo lo que querías y lo que no.
Si solo fue casualidad, yo me hago cargo de lo que siento, vos viví tu vida en libertad.
Dejo beso como luna que se mete en el patio de tus cosas.

-Mail súper dulce, pero atrevido-, me dijo al siguiente encuentro.
Ella era dueña de una ternura que me obligaba al cuidado máximo de cómo expresarme para llegar a su sensibilidad. Y para nada provocadora, su acercamiento había sido natural, casi infantil.
Tenía veintiocho años. Estatura media, pelo con ondas y amarronado brillante, sonrisa de conejito, ojos marrones y un cuerpo perfecto, de esos que cualquier ropa le queda bien.
En un relato prolijo y detallado como el que creo estar logrando, todo parece redondo y mágico, casi de novela. Pero no fue así.
Durante el corto tiempo de la relación hubo desencuentros poco entendibles, malos humores, dudas, replanteos, abandonos espontáneos de la cita. No era difícil imaginar que había otro hombre; nada que ver, ella era honesta al extremo; lentamente la realidad me fue llevando al núcleo del problema: sus padres.

Veo por la ventana unos apenas tímidos rayos de sol, el cielo está tapado de nubes, va quedando atrás el verano. Algo murmuran las hojas y me dicen que el otoño comenzará pronto a pintarlas de ocres y amarillos.
Luego el invierno ¿vendrá con abrazos? Un día me dijiste que te saqué del encierro, esa vocación de Cyrano que tengo, espero no sea otro el que consiga el beso de la gloria...
Me he convertido en esa enredadera que no se despegará de tu muro. Aquí me quedo, junto al balcón de tu escote, a la espera de trepar hasta tus poros y brotar regado por tu aliento.
 
En la sucesión de días Leticia consiguió modificar el mal ánimo que yo arrastraba, realmente su transparencia como mujer y su cuerpo dibujado no tuvieron mucho trabajo para lograrlo.
Pero nos ayudamos mutuamente ya que vivía en un entorno opresivo, su alma estaba realmente atormentada. Creo que supe extraer de ella valores que empujaban por salir y no salían del todo -ni hablar de lo que significó para mí, pero que me necesitara de igual manera emparejaba la relación-. Su naturalidad, esa manera tan espontánea de expresarse y de asegurarme que estaba muy cómoda conmigo como hombre maduro, me obligaba aún más a ser mejor con ella.
En una oportunidad, en referencia a mis prosas -especialmente una llamada "Poblame", que le había dedicado-, dijo sentirse muy atraída y que esa atracción hizo que me observara minuciosamente como hombre. Con cierto rubor, levantó la mirada y dijo:
-Siento que me pasan cosas con vos.

Mientras escribo este mail, una brisa casi viento se transforma en voz natural al toparse con los árboles. No puedo evitar que mi pensamiento se vaya tras aquel pájaro, se suba a su vuelo y te busque entre la gente.
He descubierto en tu sonrisa un motivo para mis ganas. Y la luna sabe que algún día iluminará dos seres unidos en círculo celeste como la historia manda, como obliga la sangre escrita de los poetas de antaño.
Estoy empezando a quererte.
Besito glotón, como pidiendo no se te olvide que necesito tu dulzura.

Leticia era un fruto de cáscara dura e interior blando. Por fuera una profesora formal y rígida, distante de sus alumnos y preocupada al extremo por realizar de la mejor manera su profesión. Pero con un interior jugoso que estaba despertando a los juegos más sensuales.
Debe haber algo en mi naturaleza masculina que no atrae mucho a las mujeres experimentadas, más bien imanta a aquellas con poca experiencia amatoria. Confieso que me atraen y podría suponerse que las busco, pero ocurre que en la mayoría de los casos han sido ellas las que se me acercaron. Lo concreto es que Leticia no tardó en romper la cáscara para mostrar su interior, es más, lo necesitaba claramente. Y así sobrevino una corta época de momentos dulces; muy dulces y eróticos.
Sin embargo, no tardó en cruzar por su mente la sombra del mandato paterno; ella no debía gozar, tenía que rendir atención eterna a sus padres. Y en una noche irracional experimenté personalmente su desolación; y todo lo vivido se esfumó.

Intuyo en las pequeñas ondulaciones del agua un deseo de alcanzar a quien se le arrima; tal vez es sólo mi imaginación convertida en este río. Seguramente son tus pies los que caminan por la orilla de mis sueños dejando huellas inevitables… y siendo agua me estiro para besarlos.
Miro hacia el este, viento del sur. Pero mis pensamientos se posan en otro punto cardinal de los barrios, allí donde los atardeceres caen en cascada por tu pelo, y donde el volcán de tu boca estalla mis tristezas.
Gracias por mostrarme la rosa de los vientos.
Va beso, antes de volverte a ver (con la esperanza de que no sea la última vez).

¿Qué más contar si el final fue tan abrupto como incoherente?
Alcanza con decir que triunfó sobre su espíritu el paquete de mensajes que habían instalado en su mente, no tenía derecho a la felicidad fuera de su hogar. Sus encuentros conmigo fueron clandestinos, pude ver desde un comienzo la angustia que cargaba, pero creí inocentemente que lo construido alcanzaba para liberarla de toda esa basura mental que le habían metido. No alcanzó.
Dos años después la casualidad hizo que se comunicara conmigo una conocida en común, le pregunté por ella: lo que me contó fue dramático, estaba más hundida que nunca en su angustia, totalmente absorbida como persona.
Decidí escribirle, lo hice, me respondió… ya no era la misma, le habían anulado su esencia de mujer. Sólo pudo decirme en relación a lo nuestro “siempre rezo por vos”…
¡Pensar que fui testigo de lo bella que era desde su sensibilidad femenina cuando daba rienda suelta al erotismo! Creí que en su relación conmigo había despertado como mujer para siempre, me equivoqué, hay fuerzas más poderosas que el amor.
Su punto más alto en lo sensual se dio una noche en la que le hice escuchar un tema muy caliente. A poco de sonar se levantó, quebró la cintura, me miró fijo y deslizando con elegancia sus manos por esas líneas carnales que la naturaleza le había dibujado me dijo:
-¡Esto me va!
Cada tanto pongo ese tema y derramo alguna lágrima invisible, por lo que ya no viviríamos.

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La banda "Stukas en vuelo" 
interpreta Streap-Tease

Ocaso de luna


Me persigue un recuerdo. Improviso algunas palabras sobre el papel...
A muchos años de distancia aún no se qué fue lo exactamente vivido, pero lo viví. El universo tiene guardado para cada uno de nosotros algo enigmático, sólo los que acepten que así puede ser tendrán alguna de esas experiencias. En todos los casos no me importa el qué dirán, porque fue intenso y me acercó a una profunda filosofía; primordialmente porque pude comprobar que hubo una persona que con sólo rozar unos minutos mi vida, dejó huella imborrable.

A los veintidós años andaba por las veredas con todas las ganas puestas. El sol de primavera caía por detrás de los edificios y creaba una sombra grata sobre el asfalto; allí me encontraba a la espera de cruzar la gran avenida.
Con el permiso del semáforo me lancé a la búsqueda de la vereda opuesta, hasta las cosas más sencillas son -a esa edad- una aventura por vivir, quien sabe que historias me esperaban del otro lado. Pero es el universo el que manda y esa fracción de tiempo en el que en espiral a veces nos encontramos sumergidos, me condenó a un enigma eterno, dando comienzo a su función antes de llegar a la otra vereda.
En la justa mitad de la calle, a mi izquierda, percibí una presencia muy fuerte, tan fuerte que me sentí obligado a mirar. Y fue, lo que dicen, flechazo a primera vista. Me sonrió, le sonreí, me saludó, la saludé. Y así llegamos al mismo tiempo al otro lado -para el común de la gente la otra vereda; para mí, por lo vivido luego, el otro lado de la vida-.

Su nombre, Miriam. Delgada, pelo rubio trigal, ojos claros, estatura mediana. Un ángel (días más tarde sentiría que este adjetivo era literal).
Le pregunto:
-¿A dónde vas?
-A tomar el colectivo, allí, bajo el puente.
-Te acompaño.
-Dale.
Como se ve, todo un diálogo adulto.
El puente quedaba cruzando las vías del tren y una cuadra más, hacia la izquierda. Nos pusimos en la cola y por el arrebato que me consentía la juventud, con mi brazo envolví su cintura (rocé su ombligo y el último trozo de día se agitó en mi mano).
Me sonrió con tristeza y me dijo:
-¡Qué bueno sería!
-¿Qué cosa?, pregunté sorprendido.
-Una historia con vos, se nota que sos buen tipo, y lindo.
-La estamos empezando ¿por qué no puede darse?
La luna asomó con demasiada rapidez y la noche comenzó su acecho. Y digo bien, ya que su respuesta transformó la primavera en sombras de invierno.
-Me queda poco tiempo de vida, tengo un tumor cerebral.
La miré sin soltarla y dejé en su boca el único beso de esta historia.

Le pedí el número de su teléfono fijo (en aquellos días no existían internet ni celulares). Quedamos en que podía llamarla, pero no me aseguraba un encuentro ya que estaba pasando por un período de mucha debilidad, consideraba este paseo por la ciudad como tal vez el último suyo.
Ni por un minuto consideré un acto de egoísmo de su parte el someterme a semejante angustia, quien sabe que pasa por la mente de una persona condenada así; es como que tiene derecho a lo que sea. Y lo que sea era yo.
En las películas los besos que surgen de circunstancias extremas son ardientes, pasionales hasta la locura; pero en la vida real no siempre ocurre, en este caso ni siquiera se repitió. Cuando llegó el colectivo sus ojos me miraron con destellos de despedida, se soltó de mi brazo con lentitud y su mano deslizó una caricia lánguida sobre mi rostro como no queriendo abandonar su cuerpo de mí.
La vi subir y al mismo tiempo lanzarme su última sonrisa. Retomé mi rumbo, con la luna atardecida desde el otro lado de la calle, indicándome cada paso: última compañía de ese día que creo era de primavera, aunque su recuerdo sea invernal. 


Pasaron unos meses; no me animé a llamarla. Tal vez por el orgullo de no sentirme cobarde finalmente lo hice. Me atiende una voz de mujer mayor.
-Hola- dice, casi inaudible.
-Por favor, quisiera hablar con Miriam.
Y con voz entrecortada y de angustia me contesta:
-Miriam ya no está entre nosotros.
No sé cuánto tiempo más pasó; pero la micro historia se convirtió en anécdota y otro día, como tantos, continué con mis tareas por el barrio, lo común para mí. El camino hasta el lugar donde la había conocido era mi habitual recorrido, a la izquierda dos cuadras de cien metros cada una y a la derecha -por donde me dirigía- el largo paredón perteneciente a un convento. Soledad absoluta de horario no comercial, los coches y el barullo urbano estaban más allá de las vías. Ya había recorrido una cuadra y media dejando muchos metros atrás la puerta del convento cuando de pronto… la vi venir, por la misma vereda en la que yo iba.
-¡Ah!, pensé, así que todo fue una broma, o tal vez la persona que me atendió por teléfono se refería a que ya no vivía en esa casa, o quizás ambas cosas, pero aún estaba viva. Me arrepentí de no haberle preguntado más a aquella mujer.
No me detuve, ella tampoco. La vi bien, de pies a cabeza, hasta en algunos detalles de su ropa; esbozó al pasar junto a mí una sonrisa brillante, de enfermedad nada, me dije. Me dio rabia y por eso no la detuve, pero unos tres o cuatro pasos más adelante, arrepentido, me di vuelta para seguirla y recriminarle algo, aunque no sabía qué. Pero ya no estaba.
Me paralicé, con esa clase de susto que se tiene ante un hecho imposible. La puerta del convento estaba a demasiados metros como para alcanzarla tan rápido, de todas maneras fui a observar: comprobé que estaba cerrada con un candado, no era hora de actividades. Fui aún más allá, para mirar por la bocacalle de enfrente a ver si había doblado, aunque no era factible por la distancia, unos cincuenta metros, no… solo una calle y sus veredas vacías.
Era la siesta, comercios cerrados que apenas devolvían reflejos desde sus vidrieras. Y uno de esos vidrios ofreció mi propia imagen, ahí yo, desconcertado y con una turbación que jamás había sentido.

Mi elección es estar lúcido en todas las circunstancias que la vida me presente, así como lo cuento, ocurrió. Ante la posibilidad de que se haya metido en algún lado analicé hasta el cansancio todas las variantes. Nada.
No se trata de encontrar una explicación, se podrán decir mil cosas sobre este relato, si me decido a contarlo, es por la exclusiva razón que para mí tiene la importancia de aquellas cosas que echan raíz en otro lugar del alma, en este caso el recuerdo de alguien que se instaló en mi pensamiento de manera absolutamente distinta a todo lo que haya vivido.
Durante unos meses dormí mal, pero con el tiempo mi turbación se transformó en energía; historia eterna, sin un final que la estigmatice. El paso de Miriam por mi vida me enriqueció; gracias a ella siento que el mundo es mucho más de lo que veo y que existen muchas más cosas de lo que toco.

De tu boca escapa un ángel y se transforma en ocaso.
Ocaso de luna puesta ahí, sobre la cortina de la tarde;
de tarde delicada como esta cintura tuya
que alguna vez la eternidad diseñó
para que mi brazo tenga su razón de ser.
El último trozo de día se agita en mi mano
y no sé si fuiste ángel o fulgor,
vertiente o átomo de vida.
¡Cuántos rostros tiene la luna
aunque se diga que son sólo dos!
La calle, que es el cauce de las estrellas,
me arrastra en su corriente
y allí, en la garganta del horizonte,
será devorado mi silencio.
Con gemidos nuevos me sumaré al rantifuso coro
de grillos y abejorros para entonar mi gratitud:
ahora soy rico en eternidades, en misterios;
domador de caballos alados, barco y brújula.
De tu boca se escapó un ángel
y me transformó en ocaso.
Ocaso de luna puesta aquí,
sobre la cortina de mi pecho.

Nota: "RANTIFUSO", EN JERGA LUNFARDA DE BUENOS AIRES, SIGNIFICA ERRANTE, VAGABUNDO. Y POR EXTENSIÓN DESGREÑADO, DESPROLIJO.

Milonga del ángel, Astor Piazzolla y Quinteto