Este sitio contiene una serie de relatos sin orden. No es de actualidad y por eso lo anterior es tan válido como lo último. En la columna de la derecha, en la sección "Para leer" están los enlaces a cada texto. Espero les gusten, gracias.

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El último café


-Te miro llorarlo todo, aquí, en este bar estrafalario, desde mi lado de la mesa. Te pido que guardes en un cofre lo que tuvimos, sólo dentro de veinte años sabrás si fui como lo dijiste siempre, tu gran amor. Pero llorás el mar, como si en cada lágrima cayeran las imágenes de nuestro gozo, ayer dulce, ahora salado.
Te veo como la chiquilina intensa de siempre, la que un día me habló de su falta de placer con el único novio que había tenido, la que me ofreció su amor y rechacé y más tarde -ante tu asombro- acepté. La que confesó en nuestra primera relación que nunca había conseguido el punto culminante de placer y al lograrlo conmigo vi en tus ojos, esa línea dorada de primer amanecer en el horizonte. No era el horizonte, era el límite de la habitación; no era el alba, era tu nacido éxtasis verdadero.
La misma sos, la misma luego de aquel día, hace dos años, en que por primera vez cruzamos miradas en la sala de conciertos. Cuando pasaste delante de mi butaca con todo el regocijo puesto en tu andar, luciérnagas eras al desplazarte. Amaré siempre la imagen de esa mujer que fuiste y que seguís siendo.
Nadie muere de amor. Ahora sentís un ahogo desconocido, como una muerte anticipada. Pero más allá de los extramuros que nos creamos, encerrados en un amor inolvidable, hay otra vida. ¿Acaso no recordás los gemidos que arrancaste de mi garganta? Yo no olvido tus pies danzando sobre la arena, porque sabías que me gustaban y les dabas movimiento para mis ojos; ni tus tacos altos rasgando las sábanas en aquel fin de noche cuando por entre las rendijas de la persiana se asomaba la primera pátina de luz. A partir de ahora serán recuerdos, no me olvides.
Y si bien es cierto que mi amor finalizó, también es cierto que al llegar a nuestra cumbre afectiva lo que quiero es escaparle a la caída por la otra ladera. Es inevitable, mi reina de las lágrimas. Al menos será eterno este ahora, ahora que es la hora de tanguear recuerdos prometo hilar con borra de suspiros cada paso que dimos el uno hacia el otro.
Es la hora del nunca más. Si, ya sé que lo mío suena como la misma impiedad de aquel tango que nos gustaba escuchar recostados en la alfombra. No imaginábamos entonces que su letra reflejaría casi lo mismo que ocurre aquí dentro, en este bar, en el justo momento que vos, con resignación, me propones un último café.
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El tango no canta tristezas,
es más profundo que eso.
Lo que hace es robarle a lo infinito
un poco de eternidad.

Andrea Tenutta canta
de H. Stamponi y C. Castillo
"El último café"



Lobo soy

La mujer suele identificarse con la luna, dicen que la naturaleza de ambas es dual, un lado brillante y el otro oculto. Existe una razón por la cual no me siento demasiado afectado por el futuro: he sido amado. Tal vez no tuve continuidad en ninguno de esos amores por la simple utopía de desear la llegada de aquella que me muestre sus dos caras, pero también las he amado aún dentro de lo efímero de esas relaciones. Esta prosa estuvo motivada por ese momento incomparable, el más estimulante que vive un hombre: el de sentirse claramente observado por una mujer.
Nací alma curiosa pisando gastados rastros de otros seres; pero vigoroso mi cuerpo mostró en todas sus fibras el juego intenso de la vida.
Salí entonces a retozar bullicioso y excitable sobre los pastos de la algarabía hasta perder entre desacertadas costumbres lo espontáneo de mi reír y así, combatiendo domesticaciones, busqué recuperar lo ancestral de mi sangre y me hice animal salvaje mostrándome dócil encubriendo ferocidad.
El reclamo interior no tardó en aflorar y brotó con fuerza irresistible. Supe detener el tiempo, porque la naturaleza del alma no entiende de relojes y es capaz de inmovilizar la eternidad canjeando minutos por aire. Y ese aire pasó por mis arterias en torrente inevitable llevándose todo lo instalado en mis días, lo superficial, lo caduco de mi mente joven. Radiante y nutrido sentía escaparme de un cuerpo que, aún siendo propio, parecía no responder a tanta pluralidad de impulsos. Y viví como el instinto me lo pedía, arrebatado de pasión, cegado de delicias, pateando fantasmas hasta verlos rebotar por las estrellas.
Por momentos caía a la tierra víctima de algún choque emocional. Pero mi olfato me daba desde allí abajo una pista nueva tras la cual correr con renovado impulso; el poderío de lo ancestral se mantenía vivo en mis sentidos. El resto de la manada no veía la transformación que en mí se operaba y partí, volví, reí, lloré, anuncié, callé, combatí, gané, perdí, viví...
Entonces mi caudal interior aminoró su marcha y desembocó en el lago manso de lo frecuente, dio una última evaporación que luego fue lluvia, y escampó. La brisa calma que devino dejó suaves mareas sobre mi costa adulta y fundé manadas y volví al bosque poblado de cotidianeidades recuperadas. Mi pelo se confundió con la nieve de la montaña y me hice un poco más sabio tomando viejas enseñanzas para devolverlas mejoradas.
Pero algo seguía faltando. Ese ámbito que ofrecía alimentos carecía de un centro energético donde poner a remozar mis pensamientos, y en mí se enlazaban el pasado y el presente con un renovado deseo de perpetuidad. Y la sangre volvió a palpitar en su ritmo más genuino sometiendo los sentidos a la marea de la vida, doblegándome ante ella como junco al huracán.
Y mis ayeres se transmutaron en un solo y único ahora. Vagué perdido por el bosque entre árboles añosos que reclamaban respeto por lo establecido, crucé arroyos de líquido amargo, salté desde altas rocas acumulando dolores, perdí pelaje en riñas con rivales más poderosos y me lamí las heridas solo, oculto en la oscuridad más profunda.
Y cuando ya no esperaba señales un nuevo llamado repercutió en mi alma, al final del sendero una luminosidad diferente estimuló mi naturaleza masculina. Penetré en el claro como en una catedral virgen, todo allí estaba dominado por un resplandor novedoso; por primera vez levanté hacia el cielo nocturno otros ojos, nuevos, alucinados, para descubrirte, brillante, única, con la redondez de los sueños... te vi, así te vi.
Y al verte recordé el error de haber asistido a otros llamados en torpes desencuentros de carne ajena, alimentándome mal, sin entender la savia de tu esencia ni lo sabio de tu ciencia que me venía iluminando en callado mensaje, desde el tiempo en que las mareas te siguen el paso. Tal vez no estaba preparado para verte en todo tu esplendor, pero aquí estoy, con la piel transitada y los caminos transpirados; vacío de impotencias, todo hecho fragor y con más hambre que nunca.

Cuando elevo la vista, los poros se me llenan de cumbres. Una sola altura no me alcanzará para sentirte entera, seré insaciable escalando las montañas del mundo, en busca de tu placer en mi boca y del mío en tus sueños.
Busco ahora en las partículas de tu superficie todo aquello que alimenta asombros, tostando inviernos, condimentando afanes. Y mientras tu naturaleza de mujer danza en ciclo lento por encima de árboles milenarios, al observarte intento comprender aquello que no es religión si no destreza: tu paso por el cielo de mis años atañe a lo virtuoso con filetes de magia. Estoy aprendiendo a conocer la grafía perlada de tu rotación, pura en mil sentidos, lúcida y pensante, atrayente y vestida de soledad.
Mis fauces proyectan la tormenta que arrasará tu llanto universal, no llenes esos mares vacíos con tu propia humedad, dame tiempo para volcar agua en ellos. Hoy lanzo mi aullido para que tiembles dejando deslizar tu aislamiento de satén, lameré tu palidez y mi melodía penetrará tus cráteres, aún sin tocarte.
Al borde de mis días, te he encontrado.
Vanidoso mi ego aúlla, lobo soy y tengo luna.

Veredas lejanas


Al bajar del coche dirigí la vista hacia la puerta de entrada y vi que venía hacia mí -aceleradamente y con una amplia sonrisa- una chica vestida de rosa. Larga vestimenta, propia de la fiesta en cuestión, tacos bajos, graciosamente sensual en el marco de una bien delineada redondez física: un bombón rosado. Me abrazó con fuerza y mirándome a los ojos me nombró. Pero ¿quién es?, me pregunté.

Resulta que un amigo de la infancia pasó a buscarme con su coche para ir a un salón de fiestas; se había casado otro amigo y allí nos esperaba un cuarto amigo, todos conocidos de esa época infantil y pre adolescente.
Aquellos años habían sido dulces y cálidos, con juegos elementales y sol en la espalda, días lentos que derivaron lentamente en una ingenua pubertad propia de esas décadas. Éramos apenas tres amigos, luego se sumó otro y finalmente un quinto cuando ya rozábamos la adolescencia, todos viviendo dentro de una distancia de no más de cincuenta metros.
A veces veíamos a lo lejos -casi como si fuera otro barrio- un grupo de chicas, sin identificarlas, sin acercarnos. Apenas tres o cuatro de ellas se juntaban allá en otras veredas para pasear su tierna picardía compartiendo helados o chocolates. A ninguna conocí personalmente, era solo verlas de lejos y no más que eso; caras lejanas sin rostro definido.

Pero vuelvo al momento en que -perdiéndo de vista a la chica que me saludó- entramos al salón. Era casi el final de los 80s.
Con gran abrazo me recibió el recién casado, luego su hermana y mi otro amigo. Lo convencional: sentados en una misma mesa comenzamos a compartir la comida, los brindis y las risas. Poco después todo el mundo desparramado o bailando, nada novedoso. Me había quedado charlando con quien estaba a mi derecha, y percibo que alguien se sienta en la silla vacía de mi izquierda. Ella nuevamente.
-No te acordás para nada de mí ¿no? Se te nota en la cara. Soy Ana, una de aquellas chicas de tu barrio de la infancia.
Poco después de mi pubertad, una mudanza me había llevado a otro barrio, distante. Mantuve contacto con uno de mis amigos y muy de vez en cuando con los otros. Pero de aquel grupo de chicas, ni el recuerdo. No tenía la menor idea de quien era ella ni sus amigas.
Sin darme tiempo a reaccionar, luego de servir dos copas y alcanzarme una me dijo:
-Brindemos por nosotros.
Y lo selló con un beso en la mejilla.
Sin saber como reaccionar, me dí vuelta hacia mi amigo quien, con burlona sonrisa, me susurró: "esta mina hace dieciocho años que está caliente con vos".

Dos horas en la puerta de un bar. ¿Puede ser que un hombre espere tanto a una mujer sin irse luego de, como mucho, media hora? Si, acá está escribiendo eso el paciente personaje.
Al despedirnos la noche anterior, y ante la vista de todos, deslizó por uno de mis bolsillos un papel con su número telefónico. Al otro día la llamé y quedamos para esa tarde en encontramos ahí, en la puerta de ese bar al que yo adornaba como estatua desde hacía dos horas. Pero llegó.

Tapándose la cara y con sonrisa de disculpas, se acercó a saludarme. Su cuerpo al caminar era decidido, pero tenso, esta vez vestía pantalón y remera bastante ajustada. Estaba buena, robusta y bajita, pero bien formada. Entramos.
La charla fue obvia, la infancia, el barrio, los vecinos. Ella conocía y recordaba el nombre de todos nosotros. Yo el de ninguna de ellas, las de las veredas lejanas.
Sentados muy cerca el uno del otro charlamos como dos horas y el beso en los labios llegó naturalmente. Y como cada mujer es un universo aparte -por suerte- me sorprendió una vez más: mientras nos besábamos tomó mi cara y deslizó su mano con el reverso bajando por mi pecho y sin sutileza alguna se detuvo unos segundos presionando mi miembro.
-No entendí -le dije-, ¿podés repetirme el comentario?
Y lo repitió.

Recuerdo un libro de psicología o algo así en el que se aconsejaba agradecer a la persona que nos diera placer, cada vez que nos lo diera. A mi eso me parecía ridículo, pero Ana debe haber leído lo mismo por lo siguiente.
Al entrar a mi departamento nos sentamos en el sillón grande y sin mucha vuelta comenzamos a manosearnos. Decidí que era hora de empezar a dominar un poco la situación recostándola a lo largo y boca arriba. Introduje mi mano por debajo de su pantalón y empecé a frotar su clítoris. No tardó en llegar al orgasmo y, al calmarse, me miró fijamente diciéndome "gracias". Libro estúpido.

Los últimos reflejos del día se metieron por la persiana de mi cuarto. Sobre la cama dos cuerpos agitando amores, nuevos por un lado, viejos por el otro. Por encima de mí, a un aliento de distancia, desde su boca surgieron triunfales sus palabras:
-Estoy haciendo el amor con mi amor imposible.
Tal confesión no puede ser pasada por alto. ¿Cómo no recordarla por eso tan especial y único que me hizo sentir?

Casi al amanecer, sin que hayamos dormido ni un minuto, Ana incorporó su nutrido cuerpo y desnuda se puso a recorrer el cuarto mirándolo todo. Deslizaba con extrema suavidad sus pies por el piso de madera con las manos cruzadas por detrás. Cada cuadro, cada mueble, cada detalle decorativo era observado como para no olvidarlo jamás.
Nos vestimos, la acompañé. Y fin de la primera jornada amorosa.

Regresé taconeando las baldosas del estío de mi segundo barrio. Pero mi mente esa madrugada estaba más allá, en otras veredas, intentando repasar viejos rostros olvidados. Fue inútil, las caras infantiles de aquellas niñas lejanas no venían a mi. Viví un tiempo más ese amor nuevo con toques de nostalgia por lo antiguo. Y la pasión se me consumió un día como el grato café bebido en el momento justo; el amor a veces acaba.
Podría decirse que fue atrevida, o que su actitud fue procaz, pero sería un error. Llegué a conocerla lo suficiente como para otorgarle el adjetivo justo: valiente. No dejó de soñar con lo que deseó desde pequeña y cuando tuvo la oportunidad no la dejó escapar, venciendo temores.
La sensación que hoy tengo es extraña, fue un amor de barrio... y no lo supe.

No tengo ninguna relación musical con lo vivido con ella, pero el clima más parecido lo da un también antiguo tema, como si fuera cantado por esas niñas... "Mister Sandman" por The Chordettes.