Este sitio contiene una serie de relatos sin orden. No es de actualidad y por eso lo anterior es tan válido como lo último. En la columna de la derecha, en la sección "Para leer" están los enlaces a cada texto. Espero les gusten, gracias.

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Carta manuscrita


"¿Sabés que pasa flaquita? Qué todo en vos es como… que vuela.
Tengo instaladas en el fondo de mi cerebro las imágenes imborrables que dejaron tu sonrisa y tu mirada, esa que revoloteaba desde el otro lado de la mesa del restorán cuando me hablabas o cuando escuchabas que te hablaba yo. Esos momentos son parte de mi alimento, siempre me pregunto qué sería de mi ánimo masculino si no te hubieras cruzado conmigo en aquella esquina virtual.
Tu andar también pertenece al aire. La emoción de verte venir hacia mí desde lo lejos, como aquel mediodía de domingo de calles vacías en el que te esperaba en la puerta del café Tortoni. Se había atrasado tu tren y decidí salir a esperarte, y allí te vi venir, desde una cuadra y media de distancia, con tus brazos cruzados y tu taconear de hada, dejando sobre las baldosas un sonido como de arroyo cantarino en siestas sin nubes.
Sí, todo en vos vuela. En la intimidad también tuviste alas, yo las veía desplegarse hacia el techo cuando tenía tu rostro encima de mí, a pocos centímetros de mi aliento. Y siempre la mirada etérea que daba vueltas por la habitación posándose firmemente en mi cuerpo cuando te invitaba a que descubrieras algo más de mi intimidad en aquel, tu primer encuentro con una piel masculina. Mirada viva, auténtica, limpia, concentrada en lo que veías, así me regalaste también tus ojos etéreos, tu primera mirada de mujer sobre la desnudez de un hombre a pocos centímetros de tus manos. Tanto me diste que no sé cómo agradecerlo, será por eso que te he escrito y enviado incontables regalos en imagen durante todos estos años desde que nos distanciamos.
La foto aquella en la que tu mano sostiene el pocillo de café es de una delicadeza extrema, me mata cada vez que la veo. Todo el conjunto es de un refinamiento que sólo mujeres como vos poseen, no sé si hay otra igual. Sigue siendo una verdad absoluta aquello que dijiste en nuestra primera noche de charla: “soy única”, frase que tantos años después se mantiene indiscutible.
Recuerdo afinadamente tu figura de aquellos años, cierro los ojos y aparece sin errores, está adherida a mi mente como el musgo añoso en la piedra. Quiero que sepas  que mi deseo hacia vos no cambió en nada, a esa piel llena de pecas y lunares infinitos la besaría con tantas ganas como la primera vez; quizás te confunda que diga cosas así, porque lo lógico sería ya olvidarte, como olvida la mayoría de la gente a sus antiguos amores, pero no, no olvido nada y no dejo de tener deseos sobre vos, estar dentro tuyo fue una maravilla, allí también tus piernas fueron etéreas, abriéndose a mi pedido cuando te lo susurraba al oído derecho. Mis deseos no cambian, aún sabiendo que hay una distancia inevitable y que, inevitable, seguirá existiendo.
Una y otra vez me pregunto qué sería de mí como hombre si no me hubieras dado lo que con tu cuerpo me diste -que no fue lo único que tuve de vos, porque ese alma tuya, de mujer incomparable, también fue mía-. Eso amé infinitamente, tu feminidad, tu delicadeza, tu capacidad de ser diferente a las demás y que sólo supe demostrar poniendo en escena mi locura por tu cuerpo. Porque lo que quise lograr a través de lo sexual, era lamer tu alma, tarea imposible que motivaba mi locura pasional.
Por todo eso ahora, flaquita, ante la inminente distancia ya definitiva en la comunicación, he decidido que llegue hasta el buzón de tu casa una verdadera carta, ésta, manuscrita, como siempre lo deseaste, sólo te pido me hagas saber si el cartero hizo su trabajo correctamente. Es lo que deseaste siempre, es lo que tenes ahora entre tus dedos tersos.
Todo lo que digo no es más que una manera de intentar explicar cuanto te amo, siempre, aunque ya no vuelva a saber de vos. Por eso esta carta escrita en papel, de puño y letra; porque alguien tan femenina y delicada se lo merece y es el adiós que a una mujer de tu altura ética atañe. No te olvidaré.
Dejo un beso definitivo en el lunar más cercano a tu ombligo".

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María, selva y mar

 

María selva

Para mi gusto, María era perfecta.
No poseía ese tipo que según el parámetro establecido determina lo que debe ser o no bello en una mujer. No. Su belleza consistía en algo que estaba más allá de lo físico. Sus formas eran normales, gratas; sin exageraciones carnales ni carencias de curvas su perfección consistía en el encuentro justo entre el cuerpo y su actitud. Era bonita, si, de típico aspecto sudamericano, piel trigueña, rostro de sonrisa sensual, abundante y renegrido pelo y una contextura muscular generosa y femenina, de esas que revitalizan la piel de quienes la rozan. Y yo tuve la suerte de ser rozado por ella.
Desde esa perfección de la que hablo María sabía dar a luz aquello que no es caricia ni sensualidad, sino más bien ambas cosas en una para lo cual no existe palabra que la defina. Lo perfecto era su manera de sonreír al rodearme el cuello con sus brazos y danzar su mirada abismal al tiempo del contacto con su piel de calidez irrevocable. No era seductora ni bondadosa, era las dos cosas al mismo tiempo, un desafío para cualquier poeta que buscara la palabra justa que defina ambas en una.
Su personalidad era indivisible, las mismas manos que amasaban el amor sabían deleitar el paladar con sus artes culinarias. En cambio su cuerpo podía ser imaginativamente dividido: por encima de su cintura selva y por debajo mar. 

Creo dominar mis vigilias y también mis sueños. Pero hay un estado intermedio que no domino, es aquél que se desliza entre ambos. Es allí donde se mezclan mi pensamiento real con mi quimera y no alcanzo a determinar cuál es cual. Eso sí, mis impulsos son allí el verdadero protagonista.
Es en la selva de mi mente donde viven los recuerdos ocultos o visibles y rugen en el momento menos esperado, desde la pasión, desde el deseo incontenible. En ese estado de ensueño me perdura la frondosidad de su imagen.
Ella es la humedad que invade mis estados. Porque el sol madura allí en su piel, y su boca despeja bostezos a las aves. Bajo la placidez de su pelo arbolado duerme el jaguar y la bromelia; y un río fluye entre sus pechos mientras el aroma milenario de los pétalos emana de sus pezones rosados.
Desde la selva profunda de sus virtudes, vuelvo a despertar.


María


El recuerdo que conservo de María es el de calidez convertida en movimiento, una figura desplazándose por el cristal de los relojes.
Su forma de caminar atravesaba las horas de su cuarto, con un deslizamiento gracioso sobre el cuadriculado del piso; se movía como el tiempo que viví allí entre sus cosas: con gracia, distendidamente. Las horas eran ella.
La conocí en una reunión, no importa cual. Solo diré que busqué acercarme a ella permanentemente, pero no se dio -tres años más tarde me comentaría que ella buscó lo mismo, poca gente puede ser mucho estorbo-. Al final de la noche nos fuimos caminando en grupo, entre ellos, ella. Y poco a poco nos buscamos hasta encontrarnos para caminar juntos. Pero fue solo una charla, suficiente para que vea de cerca sus ojos, y ella los míos. Algo me decía que permitiera intervenir al destino y me despedí sin epílogo.
Tres años más tarde ya estaba casado, y con un hijo. Volviendo a casa me cruzo al caminar por la vereda con unos ojos negros, metros más adelante me vino a la mente el resto de su figura, pero no retrocedí. Sin embargo no se me iba de la mente, su delicadeza trigueña me rebotaba en todos los rincones del cuerpo, pero nada debía hacer, mis tiempos habían cambiado y ni siquiera sabía dónde y cómo ubicarla.
Pasaron algunos meses y otro cruce en la vereda provocó el encuentro, esta vez ella se detuvo y yo también. Me contó que visitaba a sus padres, justo unos metros más allá de donde vivía yo. Le conté que estaba casado, le señalé para su curiosidad cual era la entrada de mi casa y nos despedimos con una frase casi al unísono:
-¡Qué coincidencia… ¿no?!
Una mañana de la semana siguiente golpean a mi puerta… era ella (tiempo después me contaría que no había creído lo de mi casamiento, que era una artimaña mía para que viniera a visitarme, cosa que me dejó con todos los enigmas puestos ¿así funciona la intuición de una mujer?). Llegó mi esposa y no sabía dónde meterme, sus miradas se cruzaron durante unos minutos con sutileza tan elevada que me sentía en la más honda de las ignorancias, mientras ellas allí arriba se debatían en duelo de diosas. Luego de mates y trivialidades se fue con un “volvé cuando quieras” por parte de mi esposa que perfeccionó mis desconciertos.
Pasó otro tiempo corto y la casualidad causal me tropezó con alguien en la calle, un muchacho que había estado en la reunión donde la conocí. Se dio una extensa charla, que yo estiraba para poder llegar al punto: preguntarle por María. Me dijo que conseguiría su teléfono para dármelo. Y así fue.
El primer encuentro con María en terreno neutral y a solas fue en un bar, lugar que me dio uno de los momentos más románticos que haya tenido. Fui sincero, le dije que estaba bien con mi esposa, pero que no podía evitar mis impulsos hacia ella. Así me recibí de infiel, inevitablemente.
De ahí en más nuestras citas se daban en esquinas céntricas, bares ocultos o bancos de plazas para -luego de dulces charlas afectivas y pícaras miradas- derivar en el amor de alguna cama de hotel. Durante dos años.
Tuvimos un período de encuentros en un departamento que ella había alquilado, esa fue la época más tierna. Largas horas de amor de la mañana a la noche dejaron en mi piel sabrosa mezcla de selva y mar, única en ella. La miraba en su ir y venir, la tomaba de un brazo y la traía hacia mí para decirle reiteradamente que amaba su belleza clásica sudamericana, que me recordaba a esas mujeres de película en las que se deja bien en claro el tipo mestizo de estos lugares (cuando se lo decía me retumbaba en la cabeza una canción de Chico Buarque).
Asumía ella mi matrimonio y solía hablar de mi situación con la más absoluta naturalidad.
-Debés estar pasando por un gran momento en tu vida… tu primer hijo es varón, te sentís bien con tu mujer… y me tenés a mí-, me dijo una tarde de café, taladrándome el cerebro con su urgente mirar.
Dos o tres encuentros semanales de gran intensidad con una mujer (como ella) son suficientes para que un hombre (como yo) aún reviva su calidez sobre la piel. Una tarde nos desencontramos, no intenté descubrir jamás si hubo un malentendido con los horarios, pero luego de esperarla lo suficiente me alejé como quien baja de la montaña tras haber disfrutado de su cumbre. 

María mar

María sabía sumergirme en el mar de sus piernas, en la profundidad de su cavidad salada hasta apoyar mi boca en sus labios marinos, salados de vida y de aletas como mantarraya. Existe una imagen real que me lleva a un simbolismo: arrojarse al mar, primero tocar el agua con las manos, luego sumergir la cabeza, finalmente el resto del cuerpo. Simbolismo poco poético, lo sé. Pero algo similar se ejecutaba en mi cuerpo, primero llegaban a su centro mis manos y ella me devolvía su oleaje estremecido, luego sumergía mi rostro en sus aguas, llenaba de sal mis labios en esos otros labios, los marinos; para finalmente penetrar en el misterio abisal de su interior.
Ese habitante de las profundidades oceánicas de majestuoso movimiento, la mantarraya, es la imagen más cercana a lo que tenía ante mis ojos cuando con mis dedos atrapaba sus labios y los abría (aún hoy, a unos 20 años de aquella relación y en medio del mundo virtual que nos acerca todo tipo de imágenes, no he vuelto a ver labios vaginales tan abundantes como los suyos). 

La marea dibuja finas líneas entretejiendo  mensajes que lentamente aprendo a descifrar. Y presiento nostalgias del futuro, rumores oídos que van y vuelven sin dar explicaciones, pero con señales precisas de este universo abierto.
Más allá de los pescadores, la luna se insinúa pálida. Mientras, detrás de mí, los médanos crecen en oscuridad y las gaviotas se apoderan del viento, cosechando neblinas.
Vine a buscar lo que siempre vuelve, pero nunca termina de pertenecerme.
Respiro una brisa abisal, de mundo sin aire, te respiro.
Respiro todo lo que tengas por ser respirado, hasta colmarme, hasta quedar desbordado de tanto vos. Y no es el ahogo lo que me anula; es la lenta certidumbre de esos labios marinos tuyos, los profundos, los que por debajo de las aguas se abren en arquetípica mantarraya de color salado.
Desde el mar palpitante de tu entrepierna, hoy vuelvo a nacer. 


María siempre. 


Pasaron cinco años de aquel desencuentro, yo me había mudado a otra ciudad.
De trámites por Buenos Aires otra vez los dioses movieron las piezas con total dominio. Necesitaba un profesional que me ayude en determinados trámites y pensé en un abogado conocido, el dueño de la casa donde se hizo aquella reunión ya legendaria. Le pregunto por los viejos amigos, por sus hijos, por María. Me da su dirección porque teléfono ella ahora no tenía (tiempos difíciles para las comunicaciones, no existían celulares ni computadoras).
Llego hasta su edificio de departamentos a la insólita hora de la medianoche y oprimo el botón del intercomunicador que indicaba el 5C.
-¿Quién es?-, atiende ella.
-¿María?
-Sí, ¿quién es?-, insiste incómoda.
-Disculpá la hora, pero… ¿te suena conocida mi voz?
Una pausa de pocos segundos y luego del corte del intercomunicador un silencio absoluto.
Me asomo a la vereda, desconcertado. Miro hacia el pasillo vacío de la entrada al edificio tras el vidrio del portón, miro hacia ambos lados sin saber qué hacer. La calle en penumbras era el único paisaje posible. Casi a punto de irme escucho detrás de mí el sonido del portón que se abre. Me doy vuelta, es ella. Presurosa y sonriente se desliza hacia mí, invariablemente delicada. El cálido abrazo del pasado nos envuelve un largo minuto.
-¿Qué haces acá y a esta hora?, vamos al bar de la esquina-, me dice intrigada y sorprendida.
Ella se había casado, en ese momento el marido por suerte estaba en viaje de negocios, que locura la mía. No había lugar para ningún nuevo acercamiento, tampoco lo buscaba yo, y de ninguna manera ella. Era solo volver a vernos a los ojos, esos que poníamos a la mínima distancia unos de otros en aquellos días en que recostábamos las cabezas sobre la almohada, frente a frente, en instantes de amor pasado.
Un café, otro café. Me mira fija y profundamente. Sonríe y me dice:
-Hay cosas que sólo vos conseguiste-, en referencia a un detalle íntimo que jamás contaré.
Ya en la calle, al despedirnos esta vez definitivamente, la tomo del cuello para acercarla a mí y luego de ver por última vez sus ojos y ella los míos, le beso la mejilla… casi en la boca.


La canción que sonaba en mi mente al estar con María
O que será, Chico Buarque con Milton Nascimento
 

La sombra del mandato


Luego de la noche en que la conocí sucedió una secuencia de correos en ida y vuelta que están entre los más dulces que he compartido y que aún conservo como tesoro. Es necesario aclarar que algunos años atrás, no existía el facebook, ni el whatsapp, la moda era comunicarse por mail. 

Esa noche el lugar estaba repleto de gente joven. Yo, con cincuenta y dos años, me sentía desubicado y con el eco de un ánimo espantoso. En un momento determinado cuando ya pensaba en retirarme, aparece una chica que me dice:
-¿Te molestaría charlar con alguien joven?
Ante lo inesperado tuve que esforzarme para controlar mi temblor.
-Al contrario, casi que ya me iba porque no me sentía cómodo -respondí-, ¿porqué conmigo? acá la mayoría es gente de tu edad.
-Sí, pero los de mi edad me aburren, prefiero hacerlo con alguien mayor.
Leticia, tal su nombre, no era una persona de burlarse de los demás, puedo decirlo ahora habiéndola conocido bastante bien; pero confieso que al principio evalué esa posibilidad.
Grata charla, claras palabras despabilando futuros, intercambio de mails y fin de la velada.

Me desperté a la hora de los ojos tuyos, amanecido en el recuerdo de tu rostro, abierto como el mar.
Todo ocurre en el pasado, digo "ahora" y ya pasó. Le sonrío a las formas que me envuelven desde anoche y veo un gorrión al tiempo que percibo una brisa que roza mi mejilla, como mensaje que llega por el sudeste de la piel.
Pero esta mañana transcurre intensa, plena y luminosa como el vientre tuyo que no conozco pero intuyo. Tu tiempo es el mío, fusionados... ¿sentiste al nacer que había un hombre esperándote? Porque me buscaste sabiendo lo que querías y lo que no.
Si solo fue casualidad, yo me hago cargo de lo que siento, vos viví tu vida en libertad.
Dejo beso como luna que se mete en el patio de tus cosas.

-Mail súper dulce, pero atrevido-, me dijo al siguiente encuentro.
Ella era dueña de una ternura que me obligaba al cuidado máximo de cómo expresarme para llegar a su sensibilidad. Y para nada provocadora, su acercamiento había sido natural, casi infantil.
Tenía veintiocho años. Estatura media, pelo con ondas y amarronado brillante, sonrisa de conejito, ojos marrones y un cuerpo perfecto, de esos que cualquier ropa le queda bien.
En un relato prolijo y detallado como el que creo estar logrando, todo parece redondo y mágico, casi de novela. Pero no fue así.
Durante el corto tiempo de la relación hubo desencuentros poco entendibles, malos humores, dudas, replanteos, abandonos espontáneos de la cita. No era difícil imaginar que había otro hombre; nada que ver, ella era honesta al extremo; lentamente la realidad me fue llevando al núcleo del problema: sus padres.

Veo por la ventana unos apenas tímidos rayos de sol, el cielo está tapado de nubes, va quedando atrás el verano. Algo murmuran las hojas y me dicen que el otoño comenzará pronto a pintarlas de ocres y amarillos.
Luego el invierno ¿vendrá con abrazos? Un día me dijiste que te saqué del encierro, esa vocación de Cyrano que tengo, espero no sea otro el que consiga el beso de la gloria...
Me he convertido en esa enredadera que no se despegará de tu muro. Aquí me quedo, junto al balcón de tu escote, a la espera de trepar hasta tus poros y brotar regado por tu aliento.
 
En la sucesión de días Leticia consiguió modificar el mal ánimo que yo arrastraba, realmente su transparencia como mujer y su cuerpo dibujado no tuvieron mucho trabajo para lograrlo.
Pero nos ayudamos mutuamente ya que vivía en un entorno opresivo, su alma estaba realmente atormentada. Creo que supe extraer de ella valores que empujaban por salir y no salían del todo -ni hablar de lo que significó para mí, pero que me necesitara de igual manera emparejaba la relación-. Su naturalidad, esa manera tan espontánea de expresarse y de asegurarme que estaba muy cómoda conmigo como hombre maduro, me obligaba aún más a ser mejor con ella.
En una oportunidad, en referencia a mis prosas -especialmente una llamada "Poblame", que le había dedicado-, dijo sentirse muy atraída y que esa atracción hizo que me observara minuciosamente como hombre. Con cierto rubor, levantó la mirada y dijo:
-Siento que me pasan cosas con vos.

Mientras escribo este mail, una brisa casi viento se transforma en voz natural al toparse con los árboles. No puedo evitar que mi pensamiento se vaya tras aquel pájaro, se suba a su vuelo y te busque entre la gente.
He descubierto en tu sonrisa un motivo para mis ganas. Y la luna sabe que algún día iluminará dos seres unidos en círculo celeste como la historia manda, como obliga la sangre escrita de los poetas de antaño.
Estoy empezando a quererte.
Besito glotón, como pidiendo no se te olvide que necesito tu dulzura.

Leticia era un fruto de cáscara dura e interior blando. Por fuera una profesora formal y rígida, distante de sus alumnos y preocupada al extremo por realizar de la mejor manera su profesión. Pero con un interior jugoso que estaba despertando a los juegos más sensuales.
Debe haber algo en mi naturaleza masculina que no atrae mucho a las mujeres experimentadas, más bien imanta a aquellas con poca experiencia amatoria. Confieso que me atraen y podría suponerse que las busco, pero ocurre que en la mayoría de los casos han sido ellas las que se me acercaron. Lo concreto es que Leticia no tardó en romper la cáscara para mostrar su interior, es más, lo necesitaba claramente. Y así sobrevino una corta época de momentos dulces; muy dulces y eróticos.
Sin embargo, no tardó en cruzar por su mente la sombra del mandato paterno; ella no debía gozar, tenía que rendir atención eterna a sus padres. Y en una noche irracional experimenté personalmente su desolación; y todo lo vivido se esfumó.

Intuyo en las pequeñas ondulaciones del agua un deseo de alcanzar a quien se le arrima; tal vez es sólo mi imaginación convertida en este río. Seguramente son tus pies los que caminan por la orilla de mis sueños dejando huellas inevitables… y siendo agua me estiro para besarlos.
Miro hacia el este, viento del sur. Pero mis pensamientos se posan en otro punto cardinal de los barrios, allí donde los atardeceres caen en cascada por tu pelo, y donde el volcán de tu boca estalla mis tristezas.
Gracias por mostrarme la rosa de los vientos.
Va beso, antes de volverte a ver (con la esperanza de que no sea la última vez).

¿Qué más contar si el final fue tan abrupto como incoherente?
Alcanza con decir que triunfó sobre su espíritu el paquete de mensajes que habían instalado en su mente, no tenía derecho a la felicidad fuera de su hogar. Sus encuentros conmigo fueron clandestinos, pude ver desde un comienzo la angustia que cargaba, pero creí inocentemente que lo construido alcanzaba para liberarla de toda esa basura mental que le habían metido. No alcanzó.
Dos años después la casualidad hizo que se comunicara conmigo una conocida en común, le pregunté por ella: lo que me contó fue dramático, estaba más hundida que nunca en su angustia, totalmente absorbida como persona.
Decidí escribirle, lo hice, me respondió… ya no era la misma, le habían anulado su esencia de mujer. Sólo pudo decirme en relación a lo nuestro “siempre rezo por vos”…
¡Pensar que fui testigo de lo bella que era desde su sensibilidad femenina cuando daba rienda suelta al erotismo! Creí que en su relación conmigo había despertado como mujer para siempre, me equivoqué, hay fuerzas más poderosas que el amor.
Su punto más alto en lo sensual se dio una noche en la que le hice escuchar un tema muy caliente. A poco de sonar se levantó, quebró la cintura, me miró fijo y deslizando con elegancia sus manos por esas líneas carnales que la naturaleza le había dibujado me dijo:
-¡Esto me va!
Cada tanto pongo ese tema y derramo alguna lágrima invisible, por lo que ya no viviríamos.

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La desnuda piel del otoño

Aquella noche en la que te dije que amo el otoño de esta ciudad se gestó en vos la decisión de regalarme uno, a tu manera.
Fue así como en lo más profundo de mis ojos provocaste el primer relámpago de desvelo, desde tu escote en ocres de sol, desde el follaje vacilante que allí apremiaba la primera caída, provocada por tus manos al correr un bretel y luego el otro por el borde de esos hombros tuyos, como parques.
Así cayó la primera hoja, como una reina. Cayó para que se animen las demás, en ese punto de la habitación coordenada de mis ojos, donde con suavidad mitológica se deslizó tu vestido y llegó al suelo para preparar el espacio que ocuparían las hojas siguientes. Allí se concentró en una fracción todo mi tiempo vivido al deslizarse la prenda a la velocidad justa como para elevar mi temperatura otoñal. Y esperé más hojas por caer, porque la caída de todas ellas me despojaría de las dudas sobre el amor y la vida.
Fuí un privilegiado. Desde mi quietud observé el desarrollo de tu desnudo, lento, lánguido, el que me prometiste a pesar de tu timidez, el que cumplías a pesar de tus temores. Alguien dijo que el hombre que careciera de ese regalo no debería considerarse realizado, pensé que exageraba, pero en mi piel se abrieron poros negados al ver la escena que creabas, mis ojos potenciaron su visión, mis manos volvieron a nutrir fogatas y me proyecté por el tiempo en forma inversa, repleto de vestigios de masculinidad pura.
Tus manos acopiadoras de vientos amasaban un prodigio, y en su misión de provocar temblores arremetían contra la penúltima hoja. De ser cierto que existe eso llamado amanecer, entonces fue depositado en tus manos, que es donde nacen todas las cosas. Manos que allí y entonces se arremolinaban por los arrabales de tus pechos y sombreaban deseos sobre las curvas de mi destino. No era sólo el desnudo de tu cuerpo, era también el de tus ganas.
Cuando el eco de un tango crepusculado se te convirtió en jadeo para trotarme en la rea ternura de una ofrenda, desde un distraído silencio la penúltima hoja cayó en pirueta junto a tus pies. ¿Cómo escuchar la melodía muda de tu savia si yo sé que, en tus rincones, ha quedado depositado el silencio maestro del universo previo a este universo próximo a mi, heredero de todas aquellas cosas creadas para germinar -bajo la piel de un hombre- el único impulso posible que es el deseo definitivo por las formas de una mujer? De esa mujer que ahí eras vos. De este hombre que era yo al mirarte.
No percibo en el otoño la decadencia que los poetas tejen en versos con hilos de amargura; frente al árbol casi sin hojas se intuye la magia de lo latente. Como aquello también latente que dejaste en mis rincones con sabor a mañana siendo ancestral.
Goteaban los almendros fugados del verano tu melífero empeño. Entonces sentí, con versos atorados en mi boca, el punzar de una flecha. Con hambre fatal en los brazos, clandestino y bravo en afanes, este instinto mío se desbocó en galope interno cuando el ángel renegado de tu rutina dejó caer la última prenda que descifraría, al fin, mi futuro. Anhelo deshojado para siempre, pesadumbre del pasado para nunca.
Así como te ví, te veré: porque tu imagen quedó tallada en mis ojos.

¿Qué es amar?


¿Qué es amar?

Es como cuando te veo y verdeo, porque estas muy petalosa hoy, como flor en la neblina. Con tus manos tremendamente molas, voloteando al viento, mojadas de placebo lindo, dubulce, aromatical.
 
Como cuando tu mirada me barre todo y me tembleco; eso es amar. En cambio, es amor cuando me manoto desde tu caracola pura, lubricosa. ¡Que mujer! Aleteo de amor, morí varias tertulias al amarte, tertuliado de vos. Amor y amar sin mar, rompedazando las aguas.
 
¡Ay tu mirada! Cuando alli están todos tus dos ojos me calcino de tiempo completo. Y me sulfuturo, porque eso es amor, y amar. Y al revolotearme gaviotamente se me parte el instinto en diez pensámetros y floto, broto, exploto.
 
En fin, amar es inverso a rama -eso está claro-, de la que penden racimos de grisuvas que al llegar a mí desde tu boca, el ego no se equivoca.
Solo un besímetro puede calcular el peso de este beso que ya viaja hasta vos.

Ultramar








Esa boca tuya.
Boca tuya, esa.
Tuya, esa boca.

Veo una boca.
Es una boca, si, estampada en el medio de la noche. Aunque no sé si es la noche o su pelo, el de la dueña de la boca encima de mí y que no creo imagine todo esto que pienso; tampoco sé si eso allí arriba son estrellas o sus ojos estrellados. Eso sí: la boca es una boca, de mujer, suya, lo sé porque es la boca que siempre esperé tener así de cerca algún día, o alguna noche. Como esta noche de boca suya allí arriba.
 
Por mi piel no han pasado muchos amores, ni pocos. Pero han sido suficientes como para comprobar que hay una relación entre la boca de una mujer y su vagina; lo que estoy diciendo es que algo existe naturalmente en sintonía entre una y otra . O mejor dicho combinan entre sí, como cuando esos zapatos quedan bien con esa ropa, que, aunque no se parezcan, a unos le va bien lo otro. No tengo dudas de que un cuerpo con determinada boca admite solo una determinada vagina.
 
Su pelo cae sobre mi cara, boca tuya, esa, la que me anticipa tus otros labios, le digo sin decirlo mientras la miro, aunque no pueda escucharme.
 
Aún no conozco su vagina, la de esta mujer digo -el momento es inminente aunque no ha llegado aún- pero la imagino a partir de los contornos de esta boca suya, la que encontré allí en medio de su pelo, negro como la noche ahí arriba. Primero su boca, luego su vagina, ese es el orden de encuentros, todavía no vi su vagina, pero la intuyo, porque ya conozco su boca.
 
Pongo rumbo hacia tu boca, dije en aquella primera tarde de café compartido junto a la ventana del bar. Los dos sabíamos que su boca era un puerto intermedio en el que yo recalaría para llegar al otro lado de su piel, en el otro puerto, el más oculto, el que otorga gloria cuando se abre para uno. Ultramar su otra boca, más allá de donde habitan todos los mares.
 
Mi punto de placer sos vos, me diría luego, convirtiendo las palabras en un océano interior por el que navegaría más lo perceptible que lo aparente. Palabras. Como las que suelen salir de las bocas, boca tuya, esa, que pronunciará palabras, como las que luego me dirás.
 
Soy hombre y suelo indagar el cuerpo de la mujer en busca del mayor placer que pueda proporcionarle. No es altivez, conozco mis limitaciones, por eso suelo dejar que el instinto sea quien timonee mi barco. Pero como hombre que soy, la razón se acomoda casi siempre entre los pliegues de mis acciones, disparando desde allí planteos casi científicos que la mujer pulveriza de inmediato con pocas palabras, con salvaje pureza, con su boca. Palabras salvajes y puras, tuya esa boca, la que pronuncia pocas palabras, justas, húmedas del aliento de esa boca tuya.
 
Pongo rumbo, si. Mi mascarón de proa lleva un caballo alado, surcar estas aguas será cruzar el rubicón de la piel acompañado de sirenas buenas; será como bailar descalzo sobre un rayo lunar, o elevar en espiral las semicorcheas de una canción marinera.
Navegaré nocturnamente, con el pecho desabrochado. Y los grises vientos que desparraman furias en vano, no impedirán este ramo de ganas que llevo por velamen, ni este aliento atrevido que deja sus miedos en la sentina del alma.
Y su beso primero y el otro beso de sus otros labios tendrán un algo de fruto prohibido y otro algo de salino regalo. En las setenta líneas de mis manos llevo el pasado arrugado, lleno de gaviotas como arrebatos que aún no han volado.
Más allá de todos los mares, más cerca del infinito que de mis horas, atraparé la gloria de un prodigio que aún no ha cesado y me vestiré de vanidades a la hora de su agasajo. Ahora dos temblores marcan mi brújula mirada: el norte carmesí de su boca visible y el oculto sur de sus prometidos labios...